
Los informes de coyuntura económica sobre la Argentina durante se parecen mucho a pasajes de catástrofes bíblicas. Cuando se conjugan los males viejos conocidos con eventos de la naturaleza de magnitudes inéditas, es difícil disociar la dura realidad doméstica de, por ejemplo, las diez plagas de Egipto.
Por caso, no es raro encontrar párrafos como el siguiente: “La inflación aumentó aún más, mientras que la confianza del consumidor se mantuvo profundamente deprimida y el peso siguió debilitándose. Los importantes riesgos de pago de la deuda y la incertidumbre política preelectoral plantean riesgos a la baja. La sequía histórica, sumada a las heladas, está afectando las cosechas de soja y maíz. Debido a casos de gripe aviar, el gobierno suspendió las exportaciones de aves”.
Salvando las enormes distancias, sequía, heladas y gripe aviar, son palabras con puntos en común con algunas de las plagas bíblicas más notables, como granizo, langosta y peste del ganado. Pero hay un elemento de contacto aún más relevante: tanto el Egipto al momento de las plagas, como la Argentina de “La Niña”, ya estaban sufriendo una crisis social y económica, insostenible para sus gobernantes.
¿Es justo el diagnóstico terrible que se viene elaborando sobre la Argentina? Parece que sí, teniendo en cuenta los altos índices de inflación, la pobreza que vuela y una economía con poquísimo músculo como para sostener un crecimiento saludable.
Más razones en ese sentido aportan el deterioro fiscal y monetario, la falta de divisas y un panorama financiero terrorífico. En definitiva, la magnitud de la descompensación macroeconómica marca también la necesidad de instrumentar políticas económicas que serán recesivas durante, por lo menos, los doce meses siguientes a las elecciones primarias. Sin embargo, como en los relatos bíblicos, suelen existir milagros. Una mirada más equilibrada y de mediano plazo abre el espacio para cierto optimismo.
Las oportunidades
Durante 2024, aún en un contexto de fuertísimas restricciones, la Argentina recuperará su capacidad de generación de divisas. Por efecto de una potencial recuperación de las exportaciones agrícolas, volviendo a niveles previos en términos de cantidades, se podrían generar aproximadamente USD 20.000 millones adicionales que no estaban sobre la mesa en 2023.
Adicionalmente, la consolidación de las exportaciones de litio y el cambio de signo del saldo comercial externo energético colaborarán con fuerza en el mismo sentido. De forma agregada podrían terminar generando USD 24.000 millones adicionales en 2024, algo así como 5 puntos de PBI. Durante los años subsiguientes, están dadas las condiciones de competitividad del agro, la maduración de proyectos de infraestructura de energía y el avance en los planes de crecimiento de la minería del litio, para darle continuidad a esta senda de expansión.

La idea del “trade electoral” está imponiéndose con fuerza. En voz baja, se adivina un consenso alrededor del hecho de que va a existir un cambio de gobierno que traerá algunas certezas. Mayor claridad sobre como atacar con políticas de fondo la cuestión macro, más credibilidad como policy maker, frescura de ideas. Los candidatos predominantes, con sus más y con sus menos, prometen una agenda más racional.
El giro reciente en la alternativa electoral del oficialismo refuerza esta idea. Esto se ve reflejado en el precio de los activos privados argentinos que, aunque con zigzagueos muestran una tendencia creciente.
No se puede soslayar, sin embargo, que las políticas públicas a implementar deberán tener un consistente sostén político, y en ese sentido la fragilidad social y una “calle álgida” le pueden poner un límite (Jujuy debería considerarse como un caso de referencia).

Los inversores evidentemente ven una oportunidad de crecimiento en el sector privado que está divorciada de la capacidad de pago y el riesgo del gobierno.
Las oportunidades de negocios podrían imponerse, pero la evolución del riesgo país y los valores de los bonos, si bien tuvieron una mejora interesante durante los últimos días, anticipan que habrá cimbronazos y eventuales renegociaciones de pasivos del sector público. La recuperación del valor de los activos argentinos deberá atravesar un sendero espinoso.

La Argentina está conviviendo con un tipo de cambio real oficial, aquel que determina la competitividad externa y regula el comercio exterior, que la sitúa en una situación de extrema vulnerabilidad.
El dólar oficial hoy actúa como un ancla real (inútil, pero ancla al fin), y es un precio (el gran precio) distorsionado de la economía. Es la expresión de los desbalances predominantes, objeto de permanentes intervenciones, y que castiga a los exportadores y alienta a los importadores que son capaces de eludir las restricciones cuantitativas.
La estabilización de la economía promete ser un trayecto complejo que la nueva autoridad deberá afrontar. Y una de las cuestiones centrales a solucionar es la multiplicidad de tipos de cambio y el atraso cambiario real.

Un escenario probable es que, durante los próximos 12 meses y en un contexto, esperemos, relativamente controlado, se verifique una devaluación del peso (tipo de cambio oficial) por encima de la inflación potencialmente acercándose a los otras cotizaciones del dólar de referencia. En ese caso, quedará una ventana de tiempo con una paridad cambiaria más competitiva.
Las promesas electorales
Los próximos meses se desplegarán en el marco de una fragilidad macroeconómica de magnitud similar a la que se experimentó a comienzos del siglo XXI. Se requerirá de una responsabilidad inédita, tanto de los gobernantes actuales como de los futuros, y de todos y cada uno de los jugadores políticos, sociales y económicos.
Hoy como sociedad tenemos un compromiso vital con la posibilidad de acceder a un futuro diferente, de elegir, de cambiar, de descubrir las posibilidades que efectivamente existen. El compromiso seduce, genera confianza, dota de identidad, genera credibilidad.
El compromiso es clave para alcanzar lo que desea lograr, y es la base para cualquier cambio intencional en dirección al futuro deseado. Esto, siempre y cuando nos comprometamos con esa posibilidad y tomemos las acciones que lo harán posible. El compromiso es lo que transforma una promesa en realidad, es hacer que las cosas pasen, son las acciones que superan a las palabras.
Afrontar con determinación, sensatez y compromiso los problemas estructurales que emergen con mayor claridad que nunca en estos días, es una condición necesaria para aprovechar el potencial que la sociedad argentina ofrece y las oportunidades que están al alcance de la mano, reducir al máximo los niveles de conflictividad, y asegurarles a las generaciones futuras un país que merecemos.
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