
A medida que se acercan inexorablemente los plazos legales decisivos para definir las candidaturas de cara a las primarias presidenciales de agosto, las internas en el oficialismo se intensifican, la atmósfera de la ruptura sobrevuela el escenario y la incertidumbre se extiende aún más allá de lo imaginable.
Los objetivos a todas luces incompatibles de los principales sectores que animan el Frente de Todos, sumados a una situación económica crítica que llevó nuevamente al Ministro de Economía a tomar decisiones drásticas para evitar el descalabro, y un contexto electoral que plantea importantes desafíos para quienes ostentan poder territorial en el peronismo, han venido generando un clima de ansiedad y frustración que se manifiesta en el enfrentamiento abierto que hoy se vive en el seno de la coalición oficialista.
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El Presidente que sostiene su delirante proyecto reeleccionista y exaspera al cristinismo. La Cámpora que fustiga permanentemente al primer mandatario a través de sus principales figuras, quien contesta a través de su verborrágico Ministro de Seguridad. Una vicepresidenta que sigue alimentando su “cruzada” contra la Justicia y -por necesidad- manteniendo viva la expectativa en torno al “operativo clamor”. El gobernador bonaerense, atrapado entre dos fuegos: cada vez más alejado del gobierno nacional -con roces cada vez más evidentes como el del envío de los gendarmes-, empieza a sentir la presión de sectores del kirchnerismo duro que lo imaginan como el candidato presidencial de la “derrota digna”.
Ministros que polemizan públicamente, con sorprendentes chicanas y diatribas, como Kelly Olmos y Wado De Pedro. Un referente de los movimientos sociales y funcionario nacional que critica abiertamente al gobernador. Un Ministro del Interior que ningunea públicamente a Daniel Scioli. Gobernadores otrora albertistas, como Omar Perotti, que hoy coquetean con el espacio que articulan Schiaretti y Urtubey. Y, un Ministro de Economía no sólo sometido a fuertes presiones, sino también cada vez más cansado de los rumores y trascendidos que alimentan desde las propias filas del gobierno.
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Un verdadero aquelarre que parece dejar más que claro que ya no hay unidad posible, y que la posibilidad de un consenso en torno a la estrategia electoral y las principales candidaturas es cada vez más difícil. Una situación en la que si bien está claro que los tres principales líderes del oficialismo, es decir, el Presidente, Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa, no tienen la capacidad de ordenar por sí solos el espacio, todos conservan -en diferentes medidas- una cierta capacidad de condicionar procesos, vetar ciertas decisiones, y provocar “daños” en las estrategias de sus adversarios internos.
Como agravante, todo esto ocurre en el marco de una situación económica sumamente crítica, que exacerba las tensiones, genera incertidumbre y obliga a repensar escenarios y recalibrar estrategias. Como evidencia de la profundidad e intensidad de esta crisis, basta analizar la última decisión del Ministro de Economía de pesificar los bonos dolarizados del Fondo de Garantía Sustentable del Anses, otrora una “vaca sagrada” del kirchnerismo, que respaldó en silencio la medida.
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La inflación que, pese a las expectativas del equipo económico, no da tregua, y la renovada tensión cambiaria amenazan ya no sólo las chances presidenciales de Sergio Massa sino su propia gestión al frente de la economía. Por ahora cuenta con el apoyo de los banqueros, gran parte del establishment, y de la propia CFK.
Sin embargo, empieza a mirar con desconfianza al presidente y su entorno que, en lo que pareciera ser otra muestra más de las más primitivas pulsiones caníbales que arrecian en el oficialismo: buscar horadarlo para bajarle sus “acciones” en el plano electoral, ya sea alimentando trascendidos a través de su flamante jefe de asesores Antonio Aracre (el desdoblamiento cambiario), alimentando las expectativas de su archirrival Daniel Scioli o recibiendo a Martín Guzmán, cuya salida del gobierno en julio pasado desató la tempestad que terminó con el ingreso al gobierno del líder del Frente Renovador.
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Así las cosas, para el oficialismo el horizonte aparece plagado de incertidumbres que se acumulan a las tensiones que ya anidan en la coalición desde hace bastante tiempo, y que se agravan por las nuevas incógnitas y desafíos que se plantean tanto en el plano económico-financiero como en el político-electoral.
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