
En su libro Leviatán, publicado en 1651 en pleno caos de la guerra civil inglesa, el filósofo Thomas Hobbes tomó el nombre de la serpiente bíblica “Leviatán” para representar la necesidad de establecer un gobierno fuerte y centralizado que pudiera mantener eficazmente el orden social y brindar seguridad a sus ciudadanos. Hobbes creía que el estado natural del hombre era la guerra permanente y en consecuencia la vida humana consistía en una existencia “solitaria, pobre, desagradable, bestial y corta”. Hobbes se preguntaba cómo podríamos frenarnos a nosotros mismos antes de caer en una anarquía que inevitablemente degenera en un mundo de violencia y horror. Consideraba que la única forma de escapar de ese estado de naturaleza era que los individuos acordaran crear un gobierno centralizado, poderoso y soberano; con autoridad absoluta para gobernarlos de manera eficaz y para protegerlos de sus propias disputas y de ataques externos. Este soberano tendría el poder de establecer leyes y de hacerlas cumplir, y utilizaría la fuerza militar y policial para mantener el orden, la paz y la seguridad. Para ello el soberano impondría tributos a sus ciudadanos. En suma, la idea de Hobbes era que los individuos sacrificaran algunos de sus derechos y libertades naturales en favor del soberano a cambio de vivir en una sociedad segura, tranquila y estable. El concepto resultaba importante porque ilustraba cómo las sociedades pueden pasar de un estado de naturaleza a un estado de civilización.
Daron Acemoglu y James A. Robinson le dan una vuelta de tuerca al marco conceptual de Hobbes para incorporar las enseñanzas del liberalismo clásico que muestran la importancia de alcanzar un gobierno limitado para garantizar las libertades individuales. En su obra The Narrow Corridor. States, Societies and the Fate of Liberty, los autores reconocen que las libertades políticas y económicas son fundamentales para el progreso y la prosperidad a largo plazo. El libro argumenta que es necesario restringir y limitar el poder del Estado. Es decir, apunta a un “Leviatán encadenado”, para que no se transforme en un Estado tiránico al que los autores denominan “Leviatán Despótico”. Con un formidable esfuerzo, Acemoglu y Robinson repasan un gran número de diferentes sociedades. Destacan que aquellas que han logrado un mayor nivel de desarrollo económico son las sociedades que alcanzaron un balance entre la capacidad de acción de un gobierno fuerte garante de la vida, de la propiedad y del acceso a la educación y a la salud, pero que no sobredimensionado al punto de afectar las libertades individuales. Un gobierno sólido pero limitado, no despótico ni avasallador de las libertades económicas y políticas de la sociedad.
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El título del libro, The Narrow Corridor, hace referencia a la equilibrada relación entre el poder estatal y el poder de la sociedad civil que resulta esencial para el éxito de un país y para evitar los excesos del autoritarismo o el anarquismo. Mal que nos pese a los libertarios, en todos los casos analizados donde el Leviatán está ausente casi por completo, las libertades disminuyen. Ya sea porque las personas deben someterse a reglas o códigos y costumbres de los clanes que les restringen severamente el libre albedrío, o incluso llegando a caer en la esclavitud lisa y llana. Situación que suele afectar más gravemente a las mujeres.
En cambio, en los países que han alcanzado un desarrollo significativo basado en la libertad y el respeto a la Ley, esto se debe a que el equilibrio logra una cierta estabilidad institucional cuando el Estado contiene una burocracia profesional, meritocrática y es refrenado por una vigorosa sociedad privada, vital e independiente. Es necesario también que las instituciones políticas y económicas sean estables y que permitan la inclusión económica y política de la inmensa mayoría de los individuos evitando por todos los medios la discriminación. Esto es lo que ha ocurrido en los países de origen anglosajón y del norte de Europa, y en algunos pocos países más como Japón o Taiwán. Las sociedades con instituciones políticas y económicas inestables y excluyentes tienden a tener dificultades para alcanzar un desarrollo económico significativo.
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En conclusión, es necesaria una sociedad civil fuerte, movilizada y con valores sanos para mantener una democracia liberal viva. Pero, analizando lo ocurrido en Brasil, Chile, Perú y otros países, conviene resaltar que no se trata de “hacer lío”, ni de tomar edificios públicos por la fuerza, ni de incendiar subtes; sino de crear instituciones de la sociedad civil, como centros de investigación independientes, partidos políticos democráticos con elecciones internas, universidades privadas, ONGs que apoyen a la educación libre y trabajen por una Justicia independiente y la defensa de la prensa libre.
Finalmente, es indispensable fiscalizar las elecciones para asegurar que los resultados de la votación sean limpios. No sirve llorar como víctimas lo que no supimos defender como ciudadanos. No sirve reclamar ex post que la derrota se debió a un supuesto fraude. Es indispensable volver a actuar ex ante y movilizarnos como ciudadanos responsables en torno al lema “ser fiscal”.
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