
El país se asoma a uno de los procesos electorales más trascendentales de la historia reciente en el marco de una inédita incertidumbre política, que convive además con una profunda y persistente crisis económica y social. Pese a la encrucijada histórica y la inminencia de las elecciones presidenciales, las dos grandes coaliciones que han venido hegemonizando el escenario y estructurando la dinámica política y electoral desde hace una década siguen atravesadas por internas y disputas que no terminan de encauzarse.
Así las cosas, a poco más de seis meses de la fecha en que se celebrarían las PASO una pléyade de precandidatos se anotan -explícita o implícitamente- en ambos espacios, sumando más incertidumbre a un proceso electoral con final abierto y, al mismo tiempo, profundizando no sólo la crisis de confianza en la dirigencia política sino también condicionando fuertemente la gobernabilidad de un futuro gobierno. Así, la incertidumbre que prima a nivel general se replica hacia el interior de ambas coaliciones, donde las disputas y pujas internas conspiran contra la emergencia de liderazgos con perfiles nítidos y proyectos con amplios consensos.
Mientras en Juntos por el Cambio la clave de bóveda para despejar las incógnitas pareciera por estos días estar en la “Puerta de Hierro” patagónica que alberga a un Mauricio Macri que sigue especulando y jugando al misterio, en el oficialismo la situación es aún más compleja. Como cruda evidencia de ello está la situación del propio presidente Alberto Fernández, en rigor, hoy el único autoproclamado candidato dentro del amplio espacio del oficialismo.
Una situación a todas luces paradójica. Un presidente cada vez más solo, que sufre el desprecio y hostigamiento de quienes en 2019 fueron los artífices de su propia candidatura, que -según las encuestas- es rechazado por casi dos tercios de los argentinos, que agobiado por la crisis económica depende de la gestión autónoma del equipo de Sergio Massa para evitar el colapso, sostiene aún su proyecto reeleccionista. Una tesitura que, por cierto, exaspera al kirchnerismo duro, que sigue intentando compatibilizar sus críticas al presidente con su apoyo a la gestión económica de Massa.
Claramente, una paradoja que únicamente se explica por las dificultades que tiene el peronismo para construir un candidato competitivo y por la percepción (por convicción o pragmatismo) de que pese a las profundas diferencias expuestas reiteradamente, los diferentes sectores internos del cada vez más heterogéneo espacio peronista tienen más para perder con la consumación de una fractura que con una frágil y precaria unidad.
Sin embargo, la convicción de que de alguna manera están atados a un mismo destino (el del gobierno y el frente nacido en 2019), no obtura las diferencias internas. Así, el Frente de Todos pareciera entrar al proceso electoral preso de un dilema de cuasi imposible solución, casi una trampa mortal: el fracaso del gobierno o el caos económico, no le conviene a nadie; pero los hipotéticos logros o triunfos que pudiesen materializarse en el plano económico en los meses venideros, podrían percibirse como derrotas por algunos sectores internos.
Es que si la inflación baja y se percibe una recuperación en la actividad económica, tanto Alberto como Massa podrían capitalizarlo electoralmente. Y mientras el primero ya es desde hace tiempo visto por el kirchnerismo como un enemigo, el segundo no logró pasar de aliado circunstancial al cual siempre se mira con recelo y desconfianza. Frente a ello, cabe preguntarse si habrá aún margen para que la vicepresidenta revea su decisión de no competir por candidatura alguna, sabiendo que solo de esa manera podría realmente ser gravitante y conseguir que los objetivos electorales coincidan con sus expectativas y necesidades concretas.
Algunas de estas cuestiones comenzarán a dirimirse en una mesa de diálogo formal que ya fue acordada entre la Casa Rosada y el kirchnerismo, y que ya cuenta además con el visto bueno de los gobernadores, sindicatos y movimientos sociales. Una mesa sin fecha y lugar confirmado, que enfrenta un desafío que va mucho más allá de estas formalidades y simbolismos propios de la liturgia peronista: definir los términos y alcances de la convocatoria.
Un reto que, a la luz de las primeras reacciones, podría poner en peligro está iniciativa tendiente a descomprimir la tensión y buscar asegurar la unidad de cara a las presidenciales. Es que mientras el Gobierno la concibe como una “mesa electoral” para discutir estrategias electorales y reglas de juego para la competencia interna, otros sectores -fundamentalmente el kirchnerismo- la ven como una “mesa política”, no solo para discutir los temas de fondo de la gestión sino también para delinear una estrategia conjunta para enfrentar lo que desde algunos sectores se concibe como una “proscripción” a Cristina.
A esta altura, con ya todos convencidos de que -para bien o para mal- el punto de no retorno quedó atrás, por lo que están definitivamente atados a un destino común en octubre de 2023, resulta difícil pensar que la gestión pueda escindirse de las discusiones electorales y la definición de candidaturas.
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