
El 30 de noviembre falleció el diplomático español Carmelo Angulo Barturen, a los 75 años. Sé que no me equivoco si digo -y muchos coincidirán- que fue el artífice del Diálogo Argentino, proceso nacido en diciembre de 2001 como una instancia tripartita entre el Gobierno Nacional, la Iglesia Católica y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que luego se extendió a otros credos, a organizaciones de la sociedad civil y a un gran número de dirigentes políticos, empresariales y sociales.
Carmelo, en ese momento a cargo del PNUD en Argentina, previó que el país iba a entrar en una gran crisis y comenzó a contactar, asesorado por José Ignacio López, a importantes referentes argentinos.
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Vivíamos un tiempo de enorme complejidad y angustia colectiva; en el marco de una grave crisis política, económica y social; esa iniciativa que Carmelo supo promover y coordinar, evitó el crecimiento de la violencia, brindó un ámbito para el ejercicio del diálogo entre actores con muy diversos niveles de representatividad e intereses y se plasmó como instrumento de generación de consensos básicos para contener la crítica situación por la que atravesaba el país.
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Las distintas mesas de trabajo que se organizaron -Justicia, Participación, Salud, Educación, Reforma Política (de la que fui parte) y otras muchas- expresaron los deseos más profundos de una sociedad ansiosa de ver plasmados en políticas de estado proyectos que consolidaran el bienestar colectivo.
Aquel proceso de diálogo, tan exitoso en sus comienzos, no supo sostenerse pero dejó una enseñanza que, lamentablemente, no muchos han aprendido: el diálogo es crucial para la pacificación frente a la crisis y los riesgos de anomia y disolución social que ésta genera.
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El 14 de enero, a veinte años del lanzamiento formal del Diálogo Argentino se organizó un evento en el que participaron varios de aquellos protagonistas para extraer algunas lecciones para el presente de lo que fue aquella gesta.
Carmelo tuvo una conmovedora intervención desde Toledo, ciudad de España donde estaba viviendo. Nos recordó que “el diálogo es un puente, que necesita de un grupo promotor que utilice una rigurosa metodología que permita aunar a todos los actores sociales”.
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Carmelo Angulo Barturen era Licenciado en Derecho, tenía varios posgrados y desarrolló una larga trayectoria como diplomático. Fue Embajador de España en varios países -en Argentina desde 2004 a 2006 -, recibió premios y condecoraciones, fue parte activa de distintas organizaciones abocadas a la defensa del bien común. Y fue, esencialmente, docente.

Docente de esos que se recuerdan con mayúsculas. No se podría disociar su porte de Quijote de sus persistentes “aventuras” para construir una sociedad mejor. Como el ingenioso hidalgo de La Mancha, desde el lugar donde le tocaba actuar, esgrimía valores y los ponía en práctica, y contagiaba el entusiasmo de quien opta por los ideales antes que por la resignación. En lo que para algunos podía significar un desafío loco él imponía su cordura mostrándonos el mundo desde otro lugar.
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No es casual que en los últimos tiempos haya vivido en Toledo, “la ciudad de las tres culturas”, que fue poblada durante siglos por cristianos, judíos y musulmanes, también conocida como “el pueblo de la Mancha”, donde inician su recorrido Don Quijote y Sancho Panza. El lugar donde Cervantes pasaba temporadas.
¡Qué falta nos haría hoy en Argentina un Quijote Carmelo, en este país que él quiso tanto y donde sostuvo a lo largo del tiempo entrañables amistades!
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