
Enseñar es mucho más que pararse en el frente y narrar una anécdota histórica o demostrar un teorema; no consiste en hacer estudiar de memoria datos e información vacía de un manual o de fotocopias roídas, sino que implica proponer problemáticas variadas para que los estudiantes resuelvan, aprendan y puedan aplicarlo a situaciones cotidianas.
Un docente se prepara durante cuatro años o más para formarse como tal, más la capacitación continua que se le exige para trabajar, la cual, sumada a la socialización profesional, es decir, a la experiencia que va incrementando en las escuelas, harán que pueda planificar el qué y el cómo trabajar en su aula y que sus decisiones sean las mejores -o las más nefastas- para un alumno.
La maestra ya no es considerada “la segunda mamá”, como antaño. Quien está al frente de un grado es un profesional preparado y formado para tal fin, para tomar decisiones acerca de qué enseñar, cómo hacerlo y con qué recursos didácticos. Si fuera tan fácil enseñar como lo plantean algunos, alcanzaría con tener a mano a Google, este motor de búsqueda que pareciera tener toda la información; sin embargo, un sitio con información solo es eso, un espacio de consulta y no alcanza para reemplazar a un docente.
Ser profesor no implica tener cantidad de información, sino distinguir cómo emplear lo que se sabe, cómo acceder o cómo manejar dicha información y cómo aprender más.
Las buenas prácticas han adquirido un significado propio en las últimas décadas. Litwin (2004) plantea que la buena enseñanza implica una construcción en la que los docentes abordan múltiples temas de su materia y se expresan en el tratamiento de los contenidos, el particular recorte de estos, los supuestos que maneja respecto del aprendizaje, los vínculos que establece en la clase, el estilo de negociación de significados que genera y las relaciones entre la práctica y la teoría. Se evidencia una clara intención de enseñar y de favorecer procesos de construcción del conocimiento.
La buena enseñanza es aquella que deja en el docente y en los alumnos un deseo de continuar enseñando y aprendiendo, a la vez que la incorporación y el dominio de nuevos conocimientos, y no corresponde a una única manera de actuar, sino a muchas, ya que refiere a qué estrategia elegimos, qué modo de explicación, qué tipo de preguntas, o a una metáfora o si construimos un caso.
El uso del adjetivo “buena” no es simplemente un sinónimo de exitosa, de modo que buena enseñanza quiera decir enseñanza que alcanza el éxito, y viceversa. Por el contrario, en este contexto, la palabra buena tiene tanta fuerza moral como epistemológica. Preguntar qué es buena enseñanza en el sentido moral es preguntar qué acciones docentes pueden justificarse basándose en principios morales y son capaces de provocar acciones de principio por parte de los estudiantes. Preguntar qué es buena enseñanza en el sentido epistemológico, es preguntar si lo que se enseña es racionalmente justificable y, en última instancia, digno de que el estudiante lo conozca, lo crea o lo entienda.
En la buena enseñanza es imposible separar las dimensiones personales y profesionales. Enseñamos aquello que somos y, en aquello que somos, se encuentra mucho de aquello que enseñamos. Es fundamental que los profesores se preparen para un trabajo sobre sí mismos, para un trabajo de autorreflexión y de autoanálisis, en el sentido de una mejor comprensión de la enseñanza como profesión de lo humano y lo relacional.
Una enseñanza de calidad implica la manera como los estudiantes comprenden, experimentan o conceptualizan el mundo que les rodea. Y un rasgo distintivo que distingue a este tipo de enseñanza es la claridad, que consiste en que el profesor sea organizado, presente el contenido de manera lógica, utilice ejemplos, explique el tema de manera simple, enseñe paso a paso, responda adecuadamente las preguntas de los estudiantes, retroalimente sus acciones, enfatice los puntos importantes, resuma lo enseñado en la clase y pregunte a los estudiantes para verificar que hayan comprendido, además de crear una atmósfera propicia para el aprendizaje y estimular la participación de los alumnos (Hativa, 2000).
Y, especialmente, es aquella enseñanza que provoca aprendizajes relevantes para su vida cotidiana, que les permita reflexionar y aportar para vivir mejor.
Si en los próximos años no somos capaces de reflexionar más profundamente acerca de algunas de las complejidades de la enseñanza, si no somos capaces de valorar el papel que desempeñamos como docentes, estamos condenados a seguir repitiendo prácticas obsoletas. Se necesitan profesionales de la educación que sean capaces de desarrollar competencias en los estudiantes que le sirvan para toda la vida, pero fundamentalmente que tengan en el aula experiencias enriquecedoras a la hora de aprender.
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