
Los sucesos acaecidos el pasado 1° de septiembre en las inmediaciones del domicilio de la vicepresidenta, y a medida que se conocen detalles en el marco de la investigación judicial, ameritan detenerse en una apreciación sociohistórica para intentar comprender la coyuntura.
Las políticas aplicadas durante el período kirchnerista en materia social y cultural explican la causa del deterioro en el que está inmerso nuestro país. Un tejido social putrefacto, en alarmante estado de descomposición. La política clientelista ejecutada a la perfección, con la idea de aceitar la maquinaria de pobreza, hizo trizas la movilidad ascendente.
“M’ hijo, el dotor”, ese ideal que motorizaba el esfuerzo de la clase trabajadora para el progreso y bienestar de las generaciones posteriores a través de la educación no existe más. Un anhelo que, tristemente, ya forma parte de los libros de historia.
La aciaga realidad también contrasta considerablemente con los valores del mérito y esfuerzo para el mentado ascenso social. Y, además, confirma la destrucción del modelo familia como núcleo de socialización primaria.
Los integrantes de la denominada “Banda de los copitos” son el reflejo de esta decadencia en la que naufraga la Argentina.
Seres marginales con una veintena de años que ni siquiera han podido acabar su secundario, con certificados de discapacidad falsos que les permitían moverse libremente de manera holgazana, sirviéndose del esfuerzo de todos a costas del Estado. Subvencionados, viviendo en el ostracismo, sin producir.
A la espera de los demorados resultados del último censo poblacional, es menester acudir a una serie de datos que ilustran el contexto.
La tasa de desempleo joven en Argentina supera la media nacional. Según un relevamiento de Adecco Argentina y la ONG Cimientos, el 46% de las compañías tiene dificultad para encontrar el perfil joven que pretende.
En otro orden, un informe reciente del Centro de Estudios de la Educación Argentina de la Universidad de Belgrano, confeccionado con datos publicados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), arrojó que los denominados jóvenes “Ni-Ni” -que no estudian ni trabajan-, trepan al 24,1% entre la franja de 18 a 24 años.
La síntesis cabal del producto kirchnerista, emergentes de la “Década Ganada”. El camino que quieren allanarle a la maravillosa juventud está a la vista, mientras el futuro asoma sombrío y desolador.
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