
El derrotero de los acontecimientos y desavenencias políticas que viene desgranando a un escenario económico frágil e inusitadamente grave pareció haber conmovido los orgullos personales de los líderes de los espacios que conforman la alianza gobernante y trazar una débil tregua, que –vale la pena aclarar– no ha conseguido mayores logros. El gobierno, sin dirección y sin rumbo como desde el 10 de diciembre de 2019, se encuentra protagonizando una nueva temporada de la serie Los Simuladores.
El estruendo de la asunción de Massa se apagó velozmente con la procesión que insumió la aceptación del cargo de su viceministro. A esta altura de los hechos, ansiamos volver a esos capítulos, puesto que mientras se intentaba recobrar el aliento luego de la intempestiva renuncia de Guzmán, el elenco se mantenía en segundo plano.
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Aunque la gimnasia a la que nos acostumbramos en este país permitía conjeturar que las audiencias judiciales por la causa Vialidad, en su etapa de alegatos por la fiscalía, iba a concentrar la atención de una de las protagonistas de la serie, principal imputada en el juicio, la virulenta reacción de la sindicada y su séquito no se hizo esperar. Contrariando el principio jurídico de preclusión y el moral de dignidad, al negársele mayor diálogo en el capítulo, se lanzó a proferir cuanto su antojo le indicó. Pero ni eso la satisfizo porque debe haber sentido que era como hablarle a la luna.
Entonces, haciendo gala de su advertencia en una de sus tantas alocuciones por cadena nacional en la que nos previno de que había que tenerle un poquito de temor, ordenó procedimiento, método, acciones, recursos, carpetazos, movilizaciones y generación de caos y temor.
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Lo que no esperábamos era que quien superara todos los límites fuera quien ya creíamos que había caído en lo más bajo después de la fiesta de Olivos. Y sí: para sorpresa de todos, se puede incurrir por obsecuencia en la bajeza más mezquina.
El servilismo puesto en escena por el Presidente de la Nación en la entrevista del programa “A dos voces”, ha terminado por derruir los escombros de la figura presidencial.
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Tan ruin como calificar de suicidio el fallecimiento del fiscal Alberto Nisman, cuando aún no ha sido definido y los peritajes indican que fue asesinado, es apurarse a sostener la amenaza hacia el fiscal Luciani por haberse atrevido a solicitar condena para la vicepresidenta, fustigándolo además con descalificaciones sobre su criterio jurídico.
Ufano en cuanto párrafo pronuncia de su faceta de profesor universitario de derecho penal, este Simulador cumple con el dicho “dime de qué te ufanas y te diré de qué careces”. No soy abogado, pero tengo la impresión de que las manifestaciones vertidas por Alberto Fernández encuadrarían en tipos penales como amenazas, instigación al suicidio e injurias. En una sinergia descarada, y fiel a su estilo pandémico, al día siguiente lo negó.
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Al igual que lo que dijo años atrás sobre la vicepresidenta, no pasó, no existe, no sucedió. El pobre Alberto es una víctima de los medios y la oposición.
Lejos de preocuparse por los límites que la Constitución le impone y respetar adecuadamente la división de poderes del sistema republicano, nos encontramos frente a un ciudadano servil a los intereses de la vicepresidente, con la agazapada distancia del superhéroe.
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Estamos en manos de un Presidente que ha renunciado a su dignidad hace tiempo y a una vicepresidenta que por acusada está dispuesta a que el caos y el temor nos invada a todos.
No sé si el Presidente está en condiciones de seguir cobrando ese sueldo , porque está claro que no detenta ese cargo hace mucho. El servilismo es una decisión personal que sería irreprochable si no fuera el Presidente. Incurrir en delito desde la más alta magistratura es inaceptable. Banalizar un magnicidio y deslizar amenazas a un fiscal de la nación no es una casualidad ni un lapsus.
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Lo que sí sé es que la mayoría de los ciudadanos sólo quieren vivir en paz, democracia, orden y justicia. No nos quedemos callados ni dejemos que nos gane la patota.
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