
“Los jóvenes de hoy en día son unos tiranos, devoran la comida y no respetan a sus maestros”, Sócrates, S. V AC.
Es común escuchar definiciones unívocas acerca de los jóvenes, con fuertes estereotipos rígidos, como portadores de un estigma por el solo hecho de tener una edad determinada que los ubica en dicha categoría. Sin embargo, la juventud es un concepto que debe ser entendido desde una perspectiva de construcción sociocultural, que contempla a su vez la historia de vida y los contextos en los cuales se constituyen como tales los sujetos en cuestión.
Es fundamental, entonces, desnaturalizar la idea de joven que tenemos, interrogarnos y repensar aquellas frases, algunas prácticas e incluso cuestionar la mirada de algunos medios masivos que sostienen y refuerzan al joven como problemático o vago. Basta solo con buscar algunos artículos para notar cómo el concepto adolescencia se identifica con esta categoría de antaño. No siquiera el avance científico en psicología ni la difusión masiva de información en la web pudieron romper con esa definición que usaban nuestras abuelas que refería a “la edad del pavo” o a la diversión eterna.
A modo de ejemplo, si googleamos la palabra adolescencia, las imágenes que devuelve la web son reflejo de los estereotipos mencionados: se muestra a los jóvenes como una categoría inmutable, con características homogéneas, tales como diversión, alegría, disfrute, en un escenario “aséptico”, con el fondo blanco de algunos retratos o el verde del aire libre, a modo de identificarlos con la felicidad.
Por tanto, intentando romper con una visión sesgada, es indispensable comenzar a interpelar algunas de las concepciones para volver a crear otras que los vean como ciudadanos activos, personas trabajadoras, sujetos políticos y/ o futuros profesionales. Esto nos permitirá reconocer en ellos las singularidades y las particularidades de sus historias personales.
Es necesario reconocer que, si bien la edad permite delimitar la condición juvenil, no es este criterio excluyente, ya que la misma solo es un referente biológico, y no alcanza para definir a la juventud, debido a las distintas interpretaciones que se le deben dar al interior de una misma sociedad. No es lo mismo ser joven en barrio urbano marginal que en pleno centro de la gran ciudad, o vivir en una comuna de 3000 habitantes o en una gran metrópoli. Las costumbres y los estilos de vida se imbrican en esta definición y nos lleva a identificar cientos de maneras de ser joven, diferentes entre sí, que van cambiando según los espacios y los tiempos.
Cientos de ejemplos en las costumbres cotidianas los ubican en una escala de menor jerarquía; mirada, propia de muchos, adultocéntrica, que los deprecia y los desvaloriza como sujetos activos de la sociedad que conformamos todos. Incluso, ciertas experiencias nefastas en este sentido pueden dejar marcas en los jóvenes y tener repercusiones en su posicionamiento social durante otros momentos de la vida.
Más allá de identificar a la juventud con una edad determinada, entre 15 y 29 años, es necesario reconocer las diferencias que la caracterizan en función de las trayectorias individuales y socioculturales, a fin de ampliar la mirada a nuevas juventudes, potenciando el diálogo intergeneracional y la participación conjunta para el bien común a través de la acción colectiva. Jóvenes protagonistas que dialoguen y aporten acerca de cuál es la mejor sociedad para vivir.
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