
Acaba de renunciar el ministro Martín Guzmán. Además de agradecerle los servicios prestados, la coalición gobernante, ya sin margen de maniobra, deberá enfrentar el dilema que no logra resolver desde la derrota electoral de noviembre del año pasado.
En efecto, después de este punto de inflexión, el kirchnerismo duro y blando debían decidir si, acuerdo con el Fondo mediante, encaraban un mini programa de ordenamiento de los precios relativos, tipo de cambio oficial, tarifas, tasa de interés, y algo de ajuste fiscal para moderar la financiación monetaria del déficit, o si, por el contrario, volvían a la cantinela de que la emisión no genera inflación y que los mercados se manejan con la policía y con voluntarismo, en lugar de hacerlo con política económica.
A primera vista, parecía que triunfaba la postura de sobrevivir, aguantar, no empeorar las cosas, y postergar cualquier “locura”, eventualmente, para bien entrado el período electoral.
Pero, como se vivió en estos meses, el gobierno estuvo alternando entre ser pseudo ortodoxo por la mañana y tirar la emisión del Banco Central por la ventana por a la tarde. Los tiempos se acortaron.
Y así nos fue. Aceleración de la inflación y menos reservas en el Banco Central y ya en las últimas semanas, suba de los tipos de cambio libres, más brecha, serias dificultades para renovar la deuda pública, emisión de más de un billón de pesos en un mes, etc. etc.
La realidad económica, contrariamente a lo que pretende el kirchnerismo duro, demanda un urgente giro a la moderación y una vuelta al contexto, hoy totalmente desbordado, del acuerdo con el Fondo.
Pero el kirchnerismo duro considera que ese camino lo lleva, inexorablemente, a la derrota electoral el año próximo.
Con ese diagnóstico, el riesgo de “profundización” del desastre actual no es menor.
Más policía y controles en el mercado de cambios. Más presión sobre las empresas en los precios. Más voluntarismo barato y más fracaso.
Si se intenta este camino, un desorden macro mucho mayor está a la vuelta de la esquina.
Decía en mi columna del domingo pasado que, hasta ahora, en situaciones similares, el kirchnerismo duro siempre frenó a dos metros del precipicio. Si mantiene su espíritu de supervivencia debería hacerlo ahora también y darse por satisfecho con haber logrado que se fueran los “malos” del gobierno.
Pero la historia, en la Argentina, a veces, nos da desagradables sorpresas.
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