
En la noche del 1 de abril del último 2021, mientras buscábamos atrapar el sueño, Antonio me agarró la cara y me dijo por primera vez “mamá te quiero”.
Ya venía dibujando corazones expresando con gestos, miradas certeras, besos, abrazos hace rato. Pero esa noche salí de su cuarto ya dejándolo a ronquido ancho con el corazón medio saltando.
Cierren las fronteras, sigan con la grieta. Que ganen los malos. ¿A quién le importa? En un lugar del mundo pasan cosas increíbles.
Este año, en el que empecé a trabajar más intensamente para desarrollar Chat de Mamis, (el podcast que pueden escuchar en Spotify y que en la semana de estreno fue el octavo más escuchado de la Argentina) Antonio reaccionó.
Vamos a descansar mami, me decía a las 12, 1 y 2 de la mañana. En 2022 se me ocurrió habilitar el turno noche para conseguir alcanzar mejor mis metas y ahí lo tenía al tipo, mandandome a dormir. Momentos en los que fantaseas fuerte con fugarte... ¡en serio! ¿No les pasó?
Una de esas noches me declaré en “huelga de mami”.
Metí la compu en la mochila y le dije al padre, ¡despertate y arréglense solos! Me fui a un hotel a cuadras de mi casa (este dato no lo cuenten porque le dije a mi marido que paré en el centro, así se asusta y se pone las pilas). La pasé bomba: me tomé una cerveza con manies, dormí. Escribí. Pude darme un baño de media hora y al dia siguiente me desperté fresca como una lechuga.
Entonces, llegó en mi rescate Romina Dascoli, neurolingüista de Antonio y le explicó que para que mamá se sienta feliz y “enamorada” tenía que dejarla trabajar de periodista.
Y con esos dibujitos copiados del famoso monstruo de los colores (donde se plantean las emociones) logramos superar el conflicto. Ahora que mamá está feliz, nos despedimos a las 21 cuando lo duermo con el audio cuento de Wolfang Amadeus Mozart.
Me pide repetir una y otra vez la parte en la que el pequeño Mozart dio su primer concierto y fue ovacionado por un gran teatro. Enganchado de eso, estamos yendo mucho a los teatros porque el hijo de esta señora que escribe disfruta del aplauso. Como su madre. Ja.
Hoy, en el #díadelorgulloautista no lean este post y comparen.
No miren a otro niño y comparen.
No sientan frustración y por un día piensen que todo va a salir bien. Que con un redoblado camino de paciencia todo lo que nos angustia o nos da incertidumbre va a pasar.
Hoy regálenle a sus hijos orgullo de tenerlos cerca y enseñarnos todo el tiempo, más allá del trabajo que nos dan.

En el primer año que viví ya conociendo el diagnóstico de autismo de Antonio me pareció muy bizarro un hashtag que leí, decía “orgullo autista”.
Qué ridículo, pensé en ese momento.
Podés remarla, avanzar, detenerte, ¿pero Orgullo autista? ¿Qué signficado tiene?, pensaba.
Pero ahora me avivé.
Orgullo de sentir distinto, entender códigos diferentes tener la sensibilidad latiendo a cada rato frente a cada cosa y seguir y seguir. Qué coraje, cuánta paciencia. Escuchar las barbaridades que muchas veces decimos los padres. Las generalizaciones de algunos terapeutas y médicos. Ahí paraditos mientras todos suponemos que no entienden.
Sobrevivir a todo esperando que llegue SU momento de subir al ring al ritmo y espacio propio. Crecer y tener voz propia (aunque a veces no sea audible), buscar laburo, pareja o seguir un sueño no entendiendo los códigos sociales, que nada mal vendría borrarlos y escribirlos de nuevo.
Así que, perdón si estoy densa con nuestras historias, pero hoy, casi 5 años después del diagnóstico no me suena nada bizarro festejar el #díadelorgulloautista.
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