
Se suele decir que “Argentina es de Boca”, aunque a juzgar por las últimas campañas eso podría cambiarse por “Boca se parece a la Argentina y Argentina a Boca”. Trazando una analogía, la actual crisis futbolística e institucional que se vive en la sede de Brandsen 805 es comparable -salvando las distancias- con la de Balcarce 50: Boca es Argentina, Román es Cristina y Battaglia es Alberto.
Hoy el entrenador está en la mira y es el principal señalado por su falta de pericia para encontrar una identidad de juego, y la gente de Boca ya no sólo expone su malestar en redes sociales sino también en la cancha. Y cuando La Bombonera habla es como cuando la calle habla.
Sin embargo, como en la sociedad, hay una grieta entre los que se permiten insultar al DT y los que no lo admiten de ninguna manera, en este caso no por la investidura del cargo -como en el caso de un presidente- sino por los pergaminos del personaje en cuestión: Battaglia es quien más títulos cosechó como jugador en la historia del club y como se suele decir, “el hincha no olvida”.
Ante este presente, pocos ven responsable de la situación a quien lo eligió y lo designó en el cargo, aun cuando muchos dudaban de su experiencia y capacidad, por tratarse de un técnico joven y sin experiencia en Primera. Y el responsable no es otro que el vicepresidente del club, Juan Román Riquelme, la gloria de la institución, un mito viviente, amado por muchos, odiado por otros. Casi como Cristina. Y al igual que ella -vaya casualidad- ostenta el cargo de vice cuando en realidad el que preside es otro.
Cristina fue, ya lo sabemos, quien eligió como presidente de la Nación a Alberto, y gran parte del pueblo tenía sus reparos en la idoneidad del candidato porque jamás había gestionado ni siquiera una intendencia, pero su pasado vinculado a tiempos mejores fueron una luz de esperanza que con el tiempo, se fue apagando.
Battaglia es Alberto, ambos cuestionados por “no hacer lo que tiene que hacer”. Riquelme es Cristina, intentan salir indemnes de esta crisis buscando seguir en sus cargos, eludiendo la responsabilidad que tuvieron y no haciéndose cargo de las decisiones que tomaron. Ambos dicen querer hacer un bien al país y a la institución que comandan, respectivamente. Pero no son pocos los que dudan de sus verdaderos intereses.
Más temprano que tarde Battaglia dejará de ser el DT de Boca y es un hecho que no será fácil encontrar un sucesor que pueda enderezar el barco ante la intromisión del “Consejo de Fútbol”, en el que no sólo pesa Riquelme sino también otros ex caudillos que vistieron esa camiseta. Al margen de no haber logrado una manera de jugar, al entrenador se le criticará no haber podido imponer su voz de mando y acatar la línea que se le bajó desde la comisión directiva, aunque diga lo contrario cada vez que se lo pregunte.
Alberto, en cambio, se sostendrá hasta el final de su mandato a pesar de un hostigamiento permanente, de un “fuego amigo” que seguirá negando sistemáticamente pero que hace tiempo es inocultable. Un calvario que padece desde hace dos años y que seguirá transfiriendo a su entorno y a la sociedad en los dos que le restan.
Por suerte para él y para los argentinos, un país es mucho más importante que un club, pero, ¿quién se anima a decirle semejante cosa a los hinchas de Boca?
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