Debemos organizar el mercado, no combatirlo ni eliminarlo

Casi cinco décadas sin generar ni riqueza ni trabajo, carentes de propuestas deambulamos en un mar de denuncias que agobian y se agotan

Guardar
Nos educamos acostumbrados a asumir
Nos educamos acostumbrados a asumir recuerdos de nuestros abuelos inmigrantes, ahora somos testigos del exilio de sus nietos

El capitalismo implica la aceptación del egoísmo humano, tan necesario como valioso, solo que el Estado, representante de las necesidades colectivas, debe encauzarlas y limitarlas, caso contrario, podrían causar tanto daño como la triste miseria que nos rodea y que atañe también al socialismo. La política es un arte, en consecuencia, tan urgido de sutilezas como vulnerable a la grosería. El peronismo fue un capitalismo de la era industrial sin embargo, usurpando su nombre se intentó destruir el Estado y convertirnos en una colonia de importadores e intermediarios. Finalmente, en nombre de pretendidos “derechos humanos” edificados sobre el dolor de los deudos y manejados por los amantes de la violencia, se inauguró la era del resentimiento marxista, actitud de seguro fracaso propia de los prejuicios de las peores burocracias.

Aquí estamos, intentando un socialismo capitalista que no funciona en ninguna de sus dos versiones, ni cuando se aprovecha del Estado que ocupa ni cuando persigue a los productores que considera sus enemigos o favorece el peor de los capitalismos privados. Casi cinco décadas sin generar ni riqueza ni trabajo, carentes de propuestas deambulamos en un mar de denuncias que agobian y se agotan. ¿Cuál es el talento que invierten aquellos que sobreactúan en la acusación del enemigo? Dos canales de televisión dedicados a procurar la cárcel uno del otro, puestos a festejar errores y a reiterar lugares comunes. Dogmáticos, gritones, complicada mezcla de intereses y convicciones que terminan siendo simétricos espejos de una misma realidad.

La miseria crece en los necesitados más que los odios en sus precursores. Hubo culturas que pagaban “lloronas”, mujeres que inventaban un dolor despidiendo muertos desconocidos, ese ritual era parte de una escenografía que hoy con parecidos fines se ha vuelto habitual en nuestros medios. Nada expone más la pobreza de las ideas en boga que el desmedido fanatismo de sus propagadores, el miedo a la duda expresa como nadie la inseguridad de sus convicciones. Luego viene el eterno dilema de nuestra impotencia, ¿nos hundimos porque roban o sin proyecto común no hay moral que se imponga? Opino que no tenemos un rumbo colectivo, no sabemos qué producir, cómo dar trabajo e integrarnos en el mundo. El oficialismo imagina enemigos como si nunca hubiera gobernado, la oposición despliega una derecha sin talento ni discurso y comparado con los países hermanos como Uruguay, Bolivia, Chile o Brasil, nuestra dirigencia da vergüenza. Leemos encuestas como si fueran horóscopos que prometen futuros ajenos, o, mejor dicho, candidatos sin contenido. Expertos en moralinas e impuestos describen una realidad cual pitonisas que leen las borras de café de una sociedad sin destino.

Nos educamos acostumbrados a asumir recuerdos de nuestros abuelos inmigrantes, ahora somos testigos del exilio de sus nietos. Arrastramos casi cinco décadas sin rumbo, desde que una dictadura decidió asesinar para imponer el “fin de la sustitución de importaciones”. Luego se multiplicaron los bancos hasta que desapareció el crédito. Desde ese golpe se instaló el extravío, recuperamos la democracia y sus derechos, nunca más el rumbo que nos hacía patria. Multitud de bancos ocuparon el lugar de la industria, concentraron el comercio y se ocuparon de generar deuda y fugar divisas.

La política que debería ocuparse de devolvernos un destino, hoy solo se apasiona por administrar la decadencia. Se generó entonces una sociedad donde las empresas no encuentran trabajadores y los desocupados no encuentran trabajo. Quienes desean invertir no tienen dónde y quienes necesitan capital no logran obtener un crédito. El presidente de Chile impone una concepción de izquierda racional y pacífica que cuesta entender desde nuestras agresivas miradas. Todo su discurso contiene un modelo de sociedad, nosotros sólo mostramos prejuicios. ¿Cuándo agotaremos el hecho de hablar de las diferencias entre el presidente y la vicepresidenta? Suponemos que existe política en la curiosidad malsana de una fracasada relación personal.

El Gobierno no se debilita más porque la oposición no logra consolidar su dimensión de heredera. Las etapas se cierran cuando lo nuevo ilusiona. Este gobierno es hijo del fracaso del anterior y su fortaleza, la agonía de aquel recuerdo. Patética etapa que se agota. Quienes cortan las calles obviamente tienen sus derechos, pero permitir que lo hagan erosiona el poder del Estado. Una expresión sin destino que no le sirve a nadie. Sociedad sin rumbo intoxicada por supuestas ideologías que solo son prejuicios que se arrastran. No logramos forjar una ley de alquileres, en ella debería estar vigente la renta y también la justicia, sería premiar al inversor sin dejar indefenso al inquilino. En esa simple ley se expresa toda nuestra impotencia. Si el inversor en Argentina pierde en relación a quien lo hace en otro país, estamos dañando nuestro futuro. La vieja ley de alquileres fue un error del peronismo, la última fue un error colectivo. El Estado podría facilitar un sistema de garantías para ayudar al inquilino y darle seguridad al propietario, tanto como un desalojo automático luego de cierto tiempo de mora. En rigor, se trata de asumir que el mercado necesita inversores y que sus leyes forman parte esencial de toda sociedad. Favorecer el libre entendimiento entre las partes y luego darle forma a legislar sobre el posible conflicto.

Hay fortunas que se podrían invertir en vivienda y hoy huyen del mercado, por eso lo más importante es asegurar rentabilidad al inversor porque sólo desde allí podremos multiplicar las ofertas y bajar los precios. El mercado existe, solo los monopolios y los socialismos lo destruyen, debemos organizarlo no combatirlo ni eliminarlo. Mientras invertir en otro país sea más rentable y más seguro nos seguiremos hundiendo en la miseria. Desarrollar capitalismo con un gobierno pretendidamente socialista es suicida y hace tiempo que no logramos superarlo. La política suele ser una danza que se baila de a dos, gobierno y oposición. En mis tiempos, a los malos bailarines los llamaban “patadura” pero hoy parecen ignorar la música incapaces de adaptarse al ritmo, como si ni siquiera les importara hacerlo. Y una nueva generación, duele decirlo, desnuda la ausencia de estadistas y la abundancia de vocacionales “pilatos”, esquivan los problemas hablando de otra cosa. Se necesitan jóvenes apasionados, duele, todavía no asoman.

SEGUIR LEYENDO: