
El 2 de abril será siempre un día de recogimiento, memoria y respeto por los caídos, los veteranos y las veteranas, como así también una buena oportunidad para recordar las conductas heroicas que dejaron muchos de los que combatieron en Malvinas.
A la vez, es un día de ratificación de la plena reivindicación soberana que Argentina debe seguir llevando adelante por la vía diplomática.
Para nosotros, desde el radicalismo es también un día para recordar la estatura de dirigente político de Raúl Alfonsín. El hombre que dijo no, cuando aún la democracia era una utopía y cuando la dictadura había vuelto sobre sus pasos para acrecentar su poderío de la mano de Leopoldo Fortunato Galtieri.
Ese No casi solitario es una ratificación de las convicciones, de esas certezas que, sin embanderamiento partidario, atraviesan la historia y la transforman. Estar a la moda, subirse a la ola es la tentación endémica de la mayoría de la dirigencia política. Lo fue en la hora de Malvinas; lo es hoy, cuarenta años más tarde.
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Alfonsín con esa valentía y ese coraje para plantar bandera, marcó un quiebre y sembró el camino de aquellos que no creyeron en la escalada bélica y el desembarco, como camino para la recuperación soberana.
Tal vez si el conjunto de la dirigencia hubiera acompañado su madurez y su convicción en favor del camino de la paz y el diálogo, de ese camino que ya había sembrado la histórica resolución 2065 de Naciones Unidas durante el gobierno de Arturo Illia, otra hubiera sido la historia. Es un tal vez doloroso, es una repregunta que muchos deberían rehacerse a cuarenta años. El belicismo nada bueno podía traernos en 1982, el belicismo nada bueno trae cuarenta años más tarde y es bueno reiterarlo en este complejo tiempo que nos toca transitar.
Seguramente no fue fácil enfrentar la tentación triunfalista, la plaza eufórica repleta de gentes, las banderas y el patriotismo exacerbado de ex compañeros liceístas que colmaron los balcones de la Casa Rosada. Tampoco debe haber sido sencillo negarse y no plegarse a las decenas de miles de anónimos que fueron hasta el centro porteño a “celebrar la reconquista”.

El sueño de la eternización, de la arenga militar de la voz aguardentosa con amplificadores que sedujo a una mayoría de la dirigencia política, social y estudiantil de esa etapa de la Argentina; y también a muchos sectores de la ciudadanía que se inscribieron por propia voluntad para ir al frente, o colaboraron, con el dinero que no tenían, para ser parte de una maratón solidaria motorizada por el principal canal público.
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Días más tarde, la asunción del gobernador militar en las Islas fue acompañada por un avión lleno de dirigentes partidarios de las más diversas fuerzas que dejaron atrás sus viejas internas y se subieron abrigados a avalar la intentona bélica. Desde los más enfrentados a la dictadura hasta los colaboracionistas, decenas y decenas viajaron sin dudar.
Nada de eso duró, la historia ya la conocemos y dejó como saldo trágico, 649 muertos, 323 de ellos fuera de la zona de exclusión total, y más de 1.600 heridos. En su mayoría, jóvenes de dieciocho a veinte años bajo bandera que cumplían con el servicio militar obligatorio, en muchos casos con escasa instrucción estratégica y mínimos conocimientos en el uso de armas de guerra, sin vocación militar y pobremente pertrechados para soportar las temperaturas extremadamente frías. Todos los nucleamientos de ex combatientes sostienen que son más de 350 de sus colegas, los que se quitaron la vida a su regreso de las Islas en estos cuarenta años.
El lunes 14 de junio cesaron los combates. El gobernador de las Islas, Mario Benjamín Menéndez firmó la rendición y todo terminó tras 74 días. Galtieri cayó en horas y asumió Reynaldo Benito Bignone el 1° de julio.
El viernes 16, tras seis años, tres meses, y diecinueve días de silencio total para la actividad de los partidos políticos, hubo un hombre que dijo basta. Esa misma noche, fue Alfonsín el que nuevamente no tuvo miedo y llenó la Federación Argentina de Box para contarle a los miles que se acercaron que se acababa la dictadura y que llegaba la democracia para los tiempos. Como le pasó con Malvinas, no se equivocó.
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Tras la tragedia, llegó un nuevo país y se entreabrió una puerta para la irrupción de una nueva dirigencia. Alfonsín desempeñó el papel principal, la democracia está próxima a cumplir 39 maduros años, en gran medida gracias a su valentía y coraje para oponerse a la ola en aquellos días de otoño de 1982.
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