
Se cumplen 40 años del conflicto del Atlántico Sur y lo primero que debemos hacer es honrar a los caídos y homenajear a los veteranos que con gran valor lucharon por la Patria. También es una buena oportunidad para reflexionar acerca de lo que llamamos “la Cuestión Malvinas” que no comenzó ni concluyó en abril de 1982 sino que tiene una historia de casi 190 años.
Sin interrupciones, desde el 3 de enero de 1833, fecha de inicio de la ocupación británica de las Islas, nuestro país ha reclamado por la restitución de las mismas en todas las instancias internacionales y bilaterales. Esta coherencia histórica confirma que ningún gobierno argentino consintió nunca la ocupación y este hecho refuerza la consistencia y solidez de la posición argentina.
Con el nacimiento de las Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial comenzó el desarrollo de los procesos de descolonización en el llamado “tercer mundo”. En ese marco, la ONU adoptó la Resolución 2065, que reconoce la existencia de una disputa de soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, a la que denominó la “Cuestión de las Islas Malvinas”. En esa Resolución, la ONU exhorta a la Argentina y a Gran Bretaña a buscar una solución pacífica y duradera al conflicto y reconoce, a su vez, que se trata de un caso excepcional al cual no se le debe aplicar el principio de la libre determinación por cuanto, a diferencia de los casos “clásicos” de colonialismo, en la “Cuestión Malvinas” no existe un “pueblo” sojuzgado, sometido o explotado por una potencia colonial, sino que se trata de un territorio ocupado por una potencia extranjera, en violación de la integridad territorial de un Estado.
Así llegamos a 1982, año en que la dictadura militar rompe la tradición argentina de reclamo por la vía diplomática y decide comenzar una guerra que no estuvo concebida para recuperar el ejercicio pleno de la soberanía sobre las Islas, sino para intentar sostenerse en el poder ante su inevitable ocaso. Tal como se expresa en el Informe Rattenbach, la irresponsabilidad con la que la cúpula militar pretendió enfrentar a uno de los aparatos bélicos más poderosos del mundo, sin estrategia, sin planificación y sobre todo sin tener las condiciones técnicas y profesionales a nivel organización, funcionamiento e instrumento militar deja al desnudo el nivel de improvisación y falta de cálculo.
La traumática experiencia de la guerra ha dejado lecciones marcadas a fuego y una de ellas, sin duda, es la importancia del planeamiento estratégico y del accionar militar conjunto de las Fuerzas Armadas, ya sea en sus tareas de adiestramiento como de adoctrinamiento. El costo de ese aprendizaje fue muy caro para nuestro país, para las Fuerzas y por supuesto para los soldados que pelearon.
La doctrina militar que adopta hoy nuestro país tiene como guía fundamental el documento denominado “Directivas de Política de Defensa Nacional” que el Presidente Alberto Fernández aprobó en 2021 y que marca los lineamientos estratégicos de nuestra Defensa Nacional. Allí se establece que la política de defensa argentina es defensiva, autónoma y debe estar acompañada por una estrategia de disuasión.
Sobre el tema Malvinas, en la actual DPDN se expresa que: “La República Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser estos parte integrante del territorio nacional. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes y conforme a los principios del Derecho Internacional, constituye un objetivo permanente e irrenunciable del Pueblo argentino, de conformidad con la Cláusula Transitoria Primera de la Constitución Nacional. La presencia militar británica en el Atlántico Sur genera una tensión innecesaria e injustificada en toda la región, reiteradamente denunciada por la República Argentina ante la comunidad internacional. Particularmente preocupante resulta el despliegue de submarinos de propulsión nuclear británicos con capacidad de portar armamento”.
Nuestra presencia en el Atlántico Sur es estratégica por eso seguimos fortaleciendo la soberanía en nuestro mar, en nuestras tierras y en nuestros cielos, vigilando, controlando y protegiendo lo que por legítimo derecho nos pertenece. Allí yace el futuro de nuestros hijos y la perspectiva de una Argentina bicontinental que cuida sus recursos naturales renovables y no renovables.
En este nuevo aniversario de la guerra, sigo creyendo que el camino es una mayor presencia diplomática en todos los ámbitos multilaterales y regionales para continuar visibilizando que en el siglo XXI no hay lugar para el colonialismo.
Por la sangre de nuestros caídos y porque esa tierra nos pertenece, el reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas, es una política de Estado que exige constancia, persistencia y firmeza. Sólo así lograremos sentar en la mesa de negociación al Reino Unido para dialogar sobre los derechos soberanos que nos asisten, tal como la comunidad internacional y nuestra propia Constitución lo indican.
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