
Aunque leer depende de muchas causas sociales y familiares, pienso -para arrimar al respecto- que la escritura y el placer del encuentro tiene algo genético, algo del rodar de los dedos sobre una mesa, del azar. Hay quienes no leen nunca -con derecho- y quienes nacen omnívoros, tanto en la charca como en una región cómoda. Un destino.
Hay pequeñas pruebas acerca de leer muy poco y sus consecuencias: hablar con el empleo de un lenguaje pobre, a rebencazos y chillidos como ocurre en el circo político local es un ejemplo. Sí, desde los clásicos hasta el romanticismo, el clasicismo, el objetivismo, el realismo, lo que sea. Vale como estudio y método, sí, pero no para los que leen porque sí, porque algo llama a Cervantes, a Ellroy, a Aristóteles, a Jorge Amado -nada menor- a Dickens, a Marechal, a Borges, a Quevedo y a Góngora, a Góngora, a Mujica Láinez, a Amorin, ocupar un universo tumultuoso y feliz. Nadie puede intervenir ni hackear el diálogo entre el libro y el que lee. No existen mejores amigos. Los libros no abandonan. Cambian - cambia el que vuelve 20 años después y aún así quedará- porque ese diálogo silencioso será el mismo. O casi.
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El triunfo del thriller
En sus últimos años, en Madrid, en la cama, fumando y tomando el whisky cercano -no se levantaba- Juan Carlos Onetti solo leía novelas policiales -se llamaron, se llaman así- hasta la llegada del thriller, de thrill, en inglés, estremecerse, sacudirse. El autor de La Vida Breve -uno de los mayores escritores de la lengua en cualquier tiempo- había llegado o continuaba una trayectoria desde lejos. Thrillers “buenos” y “malos”. Y nada más.
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Es que desde Wilkie Collins hacia 1600 –Borges reparó y lo leyó temprano en la biblioteca del padre-, con estación en Poe (no digan Pou, por favor, sean buenos) y su detective Dupont -primeros cuentos policiales con su forma y su deducción-, Doyle (Sherlock), la colección El Séptimo Círculo, creada por Borges y Bioy Casares -se la regalé a una suegra muy guapa y muy bondadosa- no dejemos a pie al gran John Conolly con el atormentado Charlie Parker, ni a Hammett, ni a Chandler con Philip Marlowe triste, solitario y final.
La literatura thriller es una narrativa que no idealiza ni aborrece la especie: la cuenta cada uno a su manera. Los deductivos y los que rompen caras o producen una sociedad que puede producir náuseas. Por empezar el final -irreversible- aquí tiene la serie de Petros Markaris con el comisario Kostas Jaritos de la policía de Atenas. Siempre pregunto si hay algún relato nuevo este autor, ahora de 85, dramaturgo, traductor, guionista y, ya con ventas y celebridad por los casos del protagonista.
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El personaje nos encuentra, nos deja ver que ya era policía durante la guerra de los coroneles en Grecia y que conoció con un preso que tal vez haya sido uno de sus guardianes. Transcurridos esos años terribles, una curiosa relación entre Jaritos y el revolucionario y miembro de un grupo revolucionario y terrorista “Zizis” que llega a una amistad sincera y consulta dudas y encrucijadas a la manera de Seis problemas de Don Isidro Parodi como Bustos Domecq (Borges y Bioy). Solo que “Zisis” está libre mucho atrás y que Jaritos siente un afecto tan profundo que integra a la familia Jaritos.
La familia importa tanto como los casos criminales: un mujer regañona y adorable (Adrianí), una hija que se casa y tiene un hijo llamado Lambros, el verdadero nombre de “Zizis“, un departamento chico, un Seat que es viejo y tose: nada roza la corrupción del Kostas Jaritos, trabaja en serio para revelar crímenes que uno sigue encantado en sus inteligentes golpes, vislumbrones de inteligencia junto a su gente y presionado por el poder político que pide resultados.
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La estructura, el relato mejor, corre en dos planos. Resolver cada delito sin ignorar que no ocurre en un mundo precisamente limpio, y la casa donde Adrianí cocina de maravilla (”lo de mi madre y mi abuela, nada de cosas raras”), en particular los tomates rellenos que compartimos como sentados a la mesa.
Jaritos ya ha dejado la juventud sin lamento, pero es enérgico y un interrogador sagaz del animal humano. Cumple su trabajo y está al tanto sobre la sociedad griega donde, no es tontería, puede tomar cada mañana el café con una medialuna, acceder a medios, caminar por la calle. Un burócrata al servicio del Estado, quiere ascender, encontrar los culpables materiales y llevarlos presos después de un proceso.
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Los enigmas no son enormes y algunas fórmulas son previsibles, es verdad, pero la mágica fascinación gris aparece. Como enigma, a mí me queda uno: ¿con qué rellena los tomates Adrianí?
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