
La resiliencia es la capacidad que tenemos para adaptarnos a los cambios que se nos presentan. Esto requiere saber cómo absorber los impactos mientras se conserva la funcionalidad del sistema para autoorganizarse, aprender e innovar. A lo largo del tiempo, la resiliencia fue incorporada por diversas áreas y sectores, aunque para los sistemas de salud es algo absolutamente nuevo.
Pero, ¿por qué puede ser esto importante? Para ser sostenibles, los sistemas de salud deben ser capaces de responder a los desafíos emergentes de modo que puedan reaccionar de forma instantánea, y deben ser resilientes a los impactos internos y externos que generen efectos a largo plazo en el sistema. Lo que hizo la pandemia de COVID-19 fue desenmascarar el bajo rendimiento de los sistemas de salud en términos de capacidad de respuesta y resiliencia. No pudieron sostenerse y eso genera un riesgo importante.
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Ya sabíamos que los sistemas de salud no funcionaban de manera eficiente, eficaz, equitativa y receptiva, pero decidimos no accionar al respecto. Por ejemplo, la hipertensión nunca fue una afección muy difícil de diagnosticar o tratar y, sin embargo, los sistemas de salud de todo el mundo, no lograron controlarla. Una vez más, lo sabíamos, pero no actuamos.
Bien sabemos que el COVID-19 ha dejado consecuencias económicas y sociales como la pobreza, la inseguridad alimentaria y una desigualdad cada vez mayor. Nos encontramos en un escenario que cuenta con rupturas del pacto social, las actitudes sociales hacia la ciencia están cambiando, y están floreciendo movimientos anti ciencia muy fuertes. También vemos una polarización social en todos los países, con evidencia a favor y en contra, y sistemas de bienestar social debilitados.
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Los efectos de la pandemia en el sistema de salud dejarán daños profundos en el futuro, porque el último tiempo nos ha revelado una reducción en la evaluación y en el diagnóstico, y un acceso reducido en el servicio. Como resultado, nos encontramos con un gran número de casos sin diagnosticar o en una etapa tardía, y con un gran aumento de la morbilidad, adicionalmente al aumento en el costo para los sistemas de salud.
Esto demuestra la incapacidad por parte de los sistemas de salud para hacer frente al COVID-19. Pero la pregunta es: ¿seremos resilientes en el futuro? La respuesta es no, a menos que haya cambios radicales. En los sistemas de salud, los cambios han sido graduales y muy lentos. Necesitamos una gran transformación en lugar de los cambios inerciales que los países han experimentado a lo largo de todos estos años.
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Con este propósito han surgido muchas iniciativas de alto valor como lo es el Movimiento Salud 2030, nacido en América Latina como plataforma de co-creación con el objetivo de lograr comunidades prósperas a través de la innovación en el cuidado de la salud, impulsado por una red de colaboración. El Movimiento, que actualmente ya se está expandiendo a otras regiones del mundo, da muestra de lo que diferentes organizaciones pueden lograr al unirse y pensar de forma colectiva cómo generar sistemas de salud más accesibles y justos para todos. Con presencia en 9 países de América Latina y la participación de más de 20 organizaciones y compañías, avanza firmemente sobre las necesidades de cada país. Este es un primer paso, pero es necesario del esfuerzo en común por parte de la sociedad para lograr el verdadero cambio.
Para contar con resiliencia, es necesario desarrollar, en primer lugar, previsión e inteligencia, para tener sistemas de salud digitales y sistemas de datos de salud que nos permitan monitorear el reconocimiento temprano de amenazas. Luego, la capacidad de preparación es necesaria para contar con un sistema de comunicación y una respuesta coordinada para reaccionar y responder rápidamente a eventos. También necesitamos agilidad, es decir, la capacidad de adaptación en el sistema para mantener la funcionalidad cuando hay impactos externos, y, por último, durabilidad, para implementar sistemas de aprendizaje diseñados para establecer un nuevo equilibrio a través de la innovación continua.
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El COVID-19 trajo la oportunidad de innovación para mejorar la capacidad de respuesta y resiliencia. Esto requiere incluir estrategias de impulso (push) para ofrecer incentivos de innovación e inversión para innovar. También requiere estrategias de atracción (pull) para crear una demanda, señalizar y que con incentivos se incorpore la innovación en los sistemas. Por otro lado, necesitamos plataformas habilitadoras para ofrecer nuevos productos y servicios, e institucionalizar la innovación y las prácticas innovadoras para que en el futuro se incorporen al sistema de salud.
Para que esto suceda debemos invertir en las personas, asociaciones (público, privado, asociaciones sin fines de lucro y fundaciones), plataformas existentes y en nuevas políticas que nos permitan innovar para desarrollar sistemas de salud receptivos y resilientes.
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