
La Inteligencia artificial (IA) debe aumentar la inteligencia humana, no reemplazarla. Esta interesante tesis, planteada por el gran maestro de ajedrez Garry Kasparov junto con el académico David de Cremer, publicada en marzo de 2021 en un artículo del Harvard Business Review, cuestiona la actual visión que sostiene que la IA reemplazará a la fuerza de trabajo de las personas.
Los autores explican que es incorrecto asumir que ambos tipos de inteligencia tienen las mismas capacidades y habilidades: si bien los sistemas basados en IA son más rápidos, precisos y consistentemente racionales, los seres humanos somos intuitivos, emocionales y culturalmente sensibles. Por eso, plantean que el gran potencial del futuro del trabajo está en expandir las capacidades colaborativas entre las dos inteligencias.
Desde esta perspectiva, no se observa a la IA como una amenaza sino como una herramienta que permitirá resolver grandes problemas de la humanidad en diversas áreas, como las de salud y medicina, educación, agricultura, transporte y seguridad. Para lograrlo, debe trabajar junto con las habilidades propias de la inteligencia humana y, por supuesto, con una adecuada regulación basada en valores éticos.
En el ámbito del derecho, la IA es uno de los temas que más nos convoca a reflexionar, ya que está presente en todos lados y trae enormes desafíos en cuestiones de privacidad, discriminación, amenazas a la seguridad y manipulación, entre otros.
La Comisión Europea publicó en abril el proyecto de regulación del uso de la inteligencia artificial más completo hasta el momento. La iniciativa establece obligaciones para quienes desarrollan y comercializan IA dentro del contexto europeo, con el objetivo de asegurar la adopción de una “inteligencia artificial fiable”.
La Argentina no cuenta con legislación específica que regule el uso de la IA. Lo más relevante fue la adhesión en mayo de 2019 a los principios de la inteligencia artificial de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que si bien no son jurídicamente vinculantes influyen al momento de diseñar políticas públicas y legislación.
Las aplicaciones de la IA son infinitas y están cambiando la forma de vivir e interactuar con la tecnología. Los algoritmos de la IA nos sugieren qué serie ver en Netflix o qué canciones escuchar en Spotify en base a nuestros gustos, nos ofrecen publicidades teniendo en cuenta nuestros consumos previos, son capaces de ayudar a diagnosticar una enfermedad y deciden si somos idóneos para recibir un préstamo bancario.
El objetivo de la IA, en definitiva, es construir algoritmos capaces de resolver problemas que los individuos solucionamos a diario o realizar tareas que por su gran escala no podemos realizar. Con transparencia y seguridad, esta tecnología debe colaborar con las personas, respetando el estado de derecho, los derechos humanos, los valores democráticos y la diversidad.
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