
Anochece en San Nicolás de los Arroyos. Desde las pronunciadas barrancas del Yaguarón, un brazo del canal del Paraná que acaricia toda la ribera de la ciudad, se avizora una imagen que duele, el vivo anaranjado de las decenas de focos ígneos que arrasan los humedales del delta.
El nicoleño se sensibiliza, no puede comprender que año tras año esta situación se repita. Pese a que el humo proveniente de las quemas pretenda impregnarse en nuestras narices como algo cotidiano, de ninguna manera se asimila como algo normal. La indignación es general y no hay vecino al que le resulte indiferente.
Algunas noches la ciudad adquiere una estética londinense, pero no por la espesa niebla que caracteriza aquella ciudad inglesa, sino por la densidad del humo y las cenizas que la cubre, e invade las calles y hogares. No se exagera cuando la gente manifiesta que no se puede respirar.
La quema injustificada de pastizales en esta zona del delta, año tras año, ha desencadenado una catástrofe ambiental. Son miles de especies, de la flora y la fauna, que se ven afectadas. Pero no sólo se está acabando con la biodiversidad autóctona, sino también se producen efectos irreversibles sobre todo el ecosistema del lugar.
Los humedales, “suministran agua, ofrecen regulación hidrológica regional y climática, alimentos y medicinas, nutrición del suelo, filtrado y retención de nutrientes y contaminantes, amortiguación de inundaciones (regulan las cuencas hídricas), retención de carbono, control de la erosión costera, recarga de acuíferos, recreación y bienestar. El Delta del Paraná es un gran sistema de humedales (19.300 km cuadrados). Alberga unas 700 especies de vegetales y 543 especies de vertebrados, mientras que su gran riqueza en aves, con 260 especies, representa el 31 por ciento de la avifauna de Argentina”.
No existen reglas claras acerca de las actividades productivas que pueden desarrollarse en estos espacios. Varios fueron los intentos de avanzar con una Ley de Humedales para establecer un marco jurídico que determine con precisión zonas de humedales que prohíban cualquier tipo de actividad industrial, ganadera, inmobiliaria, etc. Similar a lo que establece la Ley de Bosques.
La coyuntura agrava la situación. La peor sequía del Paraná de los últimos 50 años provoca que estas áreas de humedales también se sequen, haciendo que las consecuencias de los incendios se agraven. El fuego no discrimina especies de animales, ni de plantas, y avanza hasta que la vera del río lo detiene.
Mientras escribo miles de hectáreas se siguen quemando, las enormes columnas de humo tocan el cielo y el aire queda raro. Debo entrar la ropa que colgué para secar hace un rato, si es que ya no está todo impregnada del triste olor a naturaleza quemada. Pienso en mi amigo, que tiene asma, en cómo esta vez le afectará sus pulmones. Miro el pronóstico, pueda ser que llueva o cambie el viento, suplicó en voz baja, o pueda ser que este año tomemos verdadera conciencia y acabemos con las quemas.
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