Borges y los judíos

El escritor argentino nunca ocultó su amor por el pueblo de Israel y su defensa de su Estado

Crédito: Editrama - "Jorge Luis Borges a Fondo con presentación de J. Soler Serrano"
Crédito: Editrama - "Jorge Luis Borges a Fondo con presentación de J. Soler Serrano"

A la memoria de mi hermano, mi maestro, José Levin zl´

Andamos la vida cosechando maestros. Los que han vivido nuestro tiempo, o caminado nuestras calles, o maestros que heredamos del tiempo. A veces personas que compartieron años importantes de nuestra vida u otras, de quienes escuchamos sólo una frase que nos inspiró para siempre. Esta semana, el texto bíblico que estudiamos nos habla del misterio de la muerte, como también de las historias y mensajes que viven para siempre.

Borges dijo: “La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene”. El camino inevitable hacia el final, nos intima a hacer de nuestra vida un mensaje. Una poesía. Esta semana se cumplieron 35 años del fallecimiento del gran poeta argentino. Bioy Casares al recordar la pérdida de su eterno amigo, dijo: “Seguí mi camino pensando que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges”. Sin embargo, el mundo nunca se queda sin aquellos que son inmortales.

Otra vez Borges: “El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho”. Prosa inmortal. Sus ojos frágiles, le entregaron visión. Hecho de todos los tiempos, conocía su esencia. Se sabía parte de una cosmovisión multicultural. Desde esa sustancia, nunca ocultó su amor al pueblo judío y su defensa al Estado de Israel: “La más antigua de las naciones, es también la más joven”. Sea esta nota un homenaje al maestro, en su vínculo profundo con el pueblo de Israel.

En los años 30, bajo el Mandato Británico en Palestina, cuando no existían reclamos de liberación de nación palestina alguna ni mucho menos asentamientos en Cisjordania, la Argentina ya había importado la moderna ideología nazi desde Europa. En el año 1932, en una nota en el diario comunitario de la época “Mundo Israelita”, Borges alertaba acerca de la “obscena doctrina llamada Antisemitismo”.

Aquella misma ideología de persecución, “acusó” entonces al escritor del Aleph de tener una “ascendencia judía maliciosamente ocultada” (Revista Crisol, enero de 1934). Borges respondió ese ataque en la Revista Megáfono (Abril 1934), con una nota que tituló “Yo, Judío”:

“Como los drusos, como la luna, como la muerte, como la semana que viene, el pasado remoto es de aquellas cosas que pueden enriquecer la ignorancia…Es la estación famosa y predilecta de las mitologías. ¿Quién no jugó a los antepasados alguna vez, a las prehistorias de su carne y su sangre? Yo lo hago muchas veces, y muchas no me disgusta pensarme judío”.

En su nota, Borges dice sentir la aventura de un judaísmo sin palabras. Comparado a la belleza de las canciones de Mendelssohn. Sin embargo, después de traer registros históricos sobre su innegable ascendencia española, continúa:

“Doscientos años y no doy con el israelita, doscientos años y el antepasado me elude”.

Estadísticamente los hebreos eran de los más reducidos. ¿Qué pensaríamos de un hombre del año cuatro mil, que descubriera sanjuaninos por todos lados? Nuestros inquisidores buscan hebreos, nunca fenicios, garamantas, escitas, babilonios, persas, egipcios, hunos, vándalos, ostrogodos, etíopes, dardanios, paflagonios, sarmatas, medos, otomanos, bereberes, britanos, libios, cíclopes y lapitas. Las noches de Alejandría, de Babilonia, de Cartago, de Menfis, nunca pudieron engendrar un abuelo, sólo a las tribus del bituminoso Mar Muerto les fue deparado ese don.

“Más allá de las aventuras de la sangre, más allá del casi infinito y ciertamente incalculable azar de los tálamos, toda persona occidental es griega y judía”.

En el año 1969 en su visita a Jerusalén, Borges le dijo al Primer Ministro David Ben Gurión esas mismas palabras: “Todos somos judíos y griegos”. A su regreso, escribió un poema titulado “Israel”. En él describe de manera única el dolor del exilio, la nostalgia eterna por el retorno, la mixtura de naciones hecha una, el milagro del idioma sagrado, y el judío dispuesto a luchar. Por esa historia, por esa tierra, por ese pueblo.

“Temí que en Israel acecharía con dulzura insidiosa la nostalgia que las diásporas seculares acumularon como un triste tesoro en las ciudades del infiel, en las juderías, en los ocasos de la estepa, en los sueños, la nostalgia de aquellos que te anhelaron, Jerusalén, junto a las aguas de Babilonia. ¿Qué otra cosa eras, Israel, sino esa nostalgia, sino esa voluntad de salvar, entre las inconstantes formas del tiempo, tu viejo libro mágico, tus liturgias, tu soledad con Dios?

No así. La más antigua de las naciones es también la más joven. No has tentado a los hombres con jardines, con el oro y su tedio sino con el rigor, tierra última. Israel les ha dicho sin palabras: olvidarás quién eres. Olvidarás al otro que dejaste. Olvidarás quién fuiste en las tierras que te dieron sus tardes y sus mañanas y a las que no darás tu nostalgia. Olvidarás la lengua de tus padres y aprenderás la lengua del Paraíso. Serás un israelí, serás un soldado. Edificarás la patria con ciénagas: la levantarás con desiertos. Trabajará contigo tu hermano, cuya cara no has visto nunca. Una sola cosa te prometemos: tu puesto en la batalla.

Eso es el pueblo de Israel. El que ve un hermano en esa cara que nunca ha visto. El que viene de todos los confines, de todos los exilios, de todas las nostalgias, de todas las tierras. El que ha dado batalla al tiempo, en toda la historia. El que decide aprender la lengua del Paraíso. Porque nunca partió su espíritu, de su Tierra Prometida.

El pueblo judío resulta la memoria histórica de todos los pueblos en los que habitó. Por eso el judío es sefaradí y ashkenazí, porteño y americano, ruso y turco, polaco y alemán, falaya y español. Es de Oriente y de Occidente, blanco, negro, amarillo, pelirrojo, rubio, moreno y sabra. Es un joven religioso en Jerusalén y un escritor porteño en su vejez en Ginebra. Jurará en nombre de su propio Dios que el varenike de su bobe y el lajmashin de su abuela fueron siempre comidas judías, por más que fueran en verdad comidas típicas de Varsovia y de Damasco. Al judío lo quemaron en la hoguera por creer que pertenecía a una religión y lo gasearon en Auschwitz por creer que era parte de una raza. Pero no entendieron que el judío era otra cosa. Se hizo de retazos de cada frontera, de fragmentos de cada era. El judío siempre fue parte de una familia. La familia de la diversidad de toda la Humanidad. Un mensaje que trasciende al tiempo.

Amigos queridos. Amigos todos.

Borges escribió: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.”

Los maestros inmortales son aquellos que nos dejan no sólo un mensaje, sino una misión. El destino colectivo a alcanzar, exige sabernos. Saber nuestra esencia, nuestra sustancia, nuestro tiempo. Si tal como rezó el maestro, todos somos griegos y judíos, estamos entonces llamados a reconocernos como esa gran familia humana. Como sociedad a veces tan fragmentada, cada uno en lo diverso de su propio idioma sabernos convocados a retomar el diálogo. Lo que nos hará trascendentes será volver a hablarnos en la lengua del Paraíso. Una cita con la inmortalidad.

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