
En medio de un cuadro, lógicamente, de pesimismo y desánimo, con relación a la política económica es interesante destacar algo positivo. Algo que muestra cierta racionalidad. En lo va que del año se ha dado un manejo fiscal mucho más prudente del realizado hasta fines del año pasado. Algo similar ha sucedido con la política monetaria.
En consecuencia, la enorme emisión de dinero ha bajado, por una parte. Y por otra, las reservas netas del Banco Central, han logrado crecer. Prácticamente se han duplicado.
Aunque pueda resultar reiterativo, es útil recordar que nuestra moneda ya no resulta creíble y, por tanto, no puede ser considerada estrictamente como tal. Ha dejado de ser reserva de valor por lo que el ahorro es casi inexistente y, además, no opera como unidad de cuenta en forma intertemporal.
La desaceleración en la creación de dinero por una mejor asignación de las partidas fiscales ha quedado patente hasta la fecha. Así, la emisión dineraria se redujo desde un monto de 167 millones de pesos por mes, durante lo que va de enero a mayo del año 2020, a uno de 36 millones de pesos por mes, en el mismo período del año actual.
No hay duda: de enero a mayo, la política económica se basó en un fuerte ajuste fiscal. Una suerte de baño de ortodoxia. La recaudación fiscal fue creciendo por encima de la inflación. Y el déficit primario de 2,3% del PBI en los primeros cinco meses de 2020 pasó a un estimado de 0,3% en el mismo período de 2021. Una reducción drástica… ¿no?
Con este cuadro, resultaría lógico haber tenido una baja en la tasa de inflación en este año. Sin embargo, no ha sido así dada la fuerza inercial y la desconfianza imperante, que alienta a huir de los pesos argentinos. Tantos años de inflación pasan su factura.
Además, nada asegura que este comportamiento fiscal y monetario continúe en el resto del año, dada la proximidad de las elecciones y la fragilidad de la respuesta sanitaria a la pandemia por parte del Estado. En vista del tradicional comportamiento populista del gobierno, resulta lógico aguardar un acentuado crecimiento del gasto público en dirigido a subsidios, a programas por los efectos de la cuarentena y en diferentes obras públicas de impacto en la opinión pública.
La incertidumbre creciente es la característica central para lo que resta del año. Y ella, no contribuye para nada a la reducción de la tasa de inflación dada su estrecha relación con la demanda de dinero que, a su vez, se relaciona con la confianza.
En definitiva, la inflación es un fenómeno endémico puesto que la financiación del déficit fiscal ha sido recurrente a lo largo de décadas.
Pese a todo, ésta es una relativamente buena noticia. Porque, al menos, no hay demasiados elementos, en vista de la política fiscal y monetaria aplicada en estos meses, para estimar una tasa de inflación visiblemente superior al 50%. Pese al oportunismo que caracteriza al gobierno.
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