
La juventud es uno de los sectores más golpeados por la pandemia de COVID-19, debido a que la catástrofe sanitaria y global profundizó la difícil situación que el sector ya atravesaba. Si bien son múltiples los daños causados sobre dicha franja etaria, en este artículo trataré primordialmente las dificultades en torno al desempeño laboral de los/as jóvenes.
Solo para tener algunas referencias, en el período más crítico de 2020, el desempleo en jóvenes de entre 18 y 30 años alcanzó el 26%. Además, durante el mismo año un tercio de los empleos perdidos en nuestro país afectó a personas jóvenes, con la particularidad de que fueron las mujeres de esa franja etaria las que más perjudicadas resultaron.
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Por otra parte, la enfermedad vino a complicar un mercado de trabajo en el cual ya prevalecía la informalidad en la contratación. Así, mientras que la tasa de informalidad laboral entre los asalariados adultos, de 31 a 65 años, era del 29%, en los jóvenes menores de 30 años alcanzaba el 51%, y en el tramo más joven, de 18 a 24 años, llegaba al 64%. A partir de marzo de 2020, la situación se tornó aún más compleja debido a que esta franja etaria está en un alto porcentaje, ocupada en los sectores de la economía de los servicios, la gastronomía y el turismo, que fueron los más golpeados por los aislamientos de cuidado.
Desde el punto de vista sanitario, los/as jóvenes se convirtieron, con más fuerza en esta última etapa, en un blanco de las nuevas variantes del virus, con la compleja situación de que serán estos los últimos en ser vacunados y, por lo tanto, los últimos en volver a la “normalidad” laboral. Solo para dar un ejemplo parcial, durante el 2021, cerca del 10% de las internaciones en terapia intensiva correspondieron al grupo de entre 15 y 40 años y, entre enero y junio de este año, el total de fallecidos de entre 0 y 49 años subió un 15%.
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Frente a este panorama, nace un desafío para una nueva generación del sindicalismo: se trata de pensar cómo salir de esta situación evitando que la pandemia deje su “cicatriz” en lo jóvenes, ya que, como expone la literatura especializada, la forma en que una persona inicia su relación con el mundo del trabajo marcará a fuego su desempeño a largo plazo. Debemos recoger el guante de esta problemática y enfrentarla con firmeza y también con la creatividad que demanda el momento. En este sentido, hay algunos puntos que me parece interesante resaltar.
Resulta fundamental tender puentes para lograr ampliar la sindicalización de los sectores juveniles, ahora también,desarrollando estrategias virtuales de acercamiento con los y las representadas que trabajan de forma no presencial. Esto incluye pensar nuevas formas de protesta y de demandas como ser los bonos por conectividad, que ya incorporaron algunos cierres paritarios.
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También es necesario evaluar la situación de nuevos sindicatos, surgidos a la luz de las cambiantes realidades, a los cuales les cuesta hacer pie en el complejo camino de la institucionalización jurídica. Los sindicatos informáticos, los vinculados a las App, etc, son un claro ejemplo de esto y se presentan como un renovado proceso de democratización sindical con participación juvenil.
Sería inteligente establecer una alianza estratégica entre el sindicalismo y el sector educativo en todos sus niveles con el fin de ayudar a los/as estudiantes/trabajadores al momento de insertarse en el mundo laboral. Es que este momento de la vida de los/as jóvenes es verdaderamente complejo por varias razones y entre ellas que en muchos casos se encuentran desorientados respecto a su vocación, o no encuentran la relación entre el estudio y la salida laboral. Por tal motivo, sería interesante generar programas en los últimos años del secundario focalizados en que los estudiantes tengan aproximaciones reales al mundo del trabajo así como también, que conozcan sus derechos como futuros trabajadores. Cabe destacar, que según múltiples trabajos, los/as jóvenes tienen bajas expectativas salariales en sus primeros trabajos y tampoco se preocupan por otras condiciones laborales como la estabilidad. El gran inconveniente, y aquí otra vez debemos hablar de cicatriz, es que la forma de ingreso a la profesión puede marcar a fuego su futuro laboral por más tiempo del que ellos/as imaginan.
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También hay una tarea esencial a realizar con el creciente número jóvenes que deciden ir a la universidad, ya que la cultura misma de las profesiones hace que estos no se identifiquen como trabajadores/as, lo que a su vez permite que empresarios/as aprovechen su falta de expertiz y su necesidad de adquirirla, contactándolos en condiciones precarizantes, generando un esquema de práctico profesional privatizado.
Esta situación la padecen los/as jóvenes que intentan titularse en carreras como abogacía, arquitectura, ciencias económicas, o comunicación social, entre muchas otras y es facilitada por la inexistencia de sindicatos específicos para estas actividades profesionales. Solo por dar un ejemplo, los trabajadores de estudios jurídicos hace años reclaman la personería de un gremio que los represente sin que se haya logrado avanzar en ese sentido.
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Por otra lado, necesitamos generar una articulación profunda entre el sindicalismo y el sector empresario, sobre todo en sectores productivos de la economía y la economía del conocimiento, al fin de abordar estrategias conjuntas frente al cambio de paradigma del futuro del trabajo que, por la aceleración de los tiempos, se convirtió en presente del trabajo.
El Estado es un actor clave en esta tarea y los/as jóvenes trabajadores/as debemos ser protagonistas en la gestión de las soluciones para nuestros representados participando activamente de la vida pública en todas nuestras instituciones democráticas, debatiendo leyes en el Congreso de la Nación, participando a nivel municipal, provincial y nacional, en las Universidades, en los secundarios y en todos los ámbitos en los que se discuta el modelo de país.
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El desempeño del Gobierno nacional viene siendo adecuado respecto de la atención a trabajadores en general y a jóvenes en particular. Desde el no pago de impuesto a las ganancias por parte de 1,6 millones de trabajadores, a la política del IFE, cuyos beneficiarios fueron en un 28% jóvenes de entre 18 y 24 años de edad, sentimos un acompañamiento cercano. Pero es hora de comenzar a diseñar en conjunto, Estado y jóvenes trabajadores/as, la reconstrucción del empleo en Argentina.
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