En los últimos días, las declaraciones del congresista Ernesto Bustamante sobre los nutricionistas han generado una profunda indignación entre quienes ejercemos con orgullo esta noble profesión. Y no es para menos, ya que más allá de la controversia puntual, estas declaraciones obligan a recordar algo que debería ser evidente: Los nutricionistas somos actores fundamentales en la construcción de un Perú más saludable, más productivo y con mayores oportunidades de desarrollo.
Y aquí quiero ser clara, lo preocupante no es únicamente que se haya cuestionado a una profesión, lo verdaderamente grave es que estas expresiones provengan de un representante político que participa en espacios donde se discuten políticas públicas de salud. Porque cuando se minimiza el aporte de los nutricionistas, no se está atacando únicamente a un gremio profesional; se está desconociendo la importancia que tiene la nutrición en la vida de millones de personas.
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La evidencia es contundente, la alimentación y nutrición de la población influyen en el crecimiento y desarrollo infantil, en el rendimiento escolar, en la productividad laboral, en la prevención de enfermedades crónicas y en la calidad de vida. Por ello, ningún país puede aspirar a mejorar sus indicadores de salud, reducir las brechas de desigualdad o impulsar su desarrollo humano sin contar con profesionales nutricionistas.
Basta observar la realidad peruana para comprender la magnitud de nuestra responsabilidad. Hoy, la anemia afecta al 43.4% de los niños de 6 a 35 meses y la desnutrición crónica infantil alcanza al 12.1% de los menores de cinco años. Pero detrás de estas cifras existe una realidad aún más preocupante: la inseguridad alimentaria, la cual según el reciente informe del INEI y la FAO, el 30.5% de la población peruana vive en situación de inseguridad alimentaria moderada o severa, mientras que el 3.4% enfrenta inseguridad alimentaria severa, es decir, ha experimentado situaciones tan extremas como quedarse sin alimentos o pasar un día entero sin comer por falta de recursos. La situación es aún más crítica en las zonas rurales, donde la inseguridad alimentaria alcanza al 35.4% de la población, frente al 29.3% en las áreas urbanas. En la selva rural llega al 39%, y departamentos como Loreto registran prevalencias cercanas al 47%. Además, la inseguridad alimentaria afecta al 52% de la población en situación de pobreza extrema y al 38.5% de las personas que viven en hogares cuyo jefe o jefa solo alcanzó educación primaria. Estos datos revelan una realidad alarmante: millones de peruanos enfrentan dificultades para acceder de manera regular a una alimentación suficiente y saludable. Frente a semejante desafío, resulta incomprensible que se pretenda minimizar el papel de los profesionales que precisamente trabajamos para prevenir, enfrentar y revertir estas condiciones.
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¿Quiénes trabajan diariamente para enfrentar estos problemas?
Los nutricionistas.
Por eso, las afirmaciones que cuestionan nuestra preparación profesional no solo evidencian desconocimiento sobre la formación que recibimos, sino también sobre la complejidad de los desafíos alimentarios y nutricionales que enfrenta el país. Somos profesionales de la salud con una formación universitaria de cinco años sustentada en ciencias clínicas, alimentarias y sociales, que además se fortalece mediante segundas especialidades, diplomados, maestrías, doctorados y una actualización científica permanente.
Nuestra labor trasciende ampliamente la atención dietética individual. Participamos en la prevención y tratamiento de enfermedades, la nutrición clínica especializada, la salud pública, la seguridad alimentaria, la alimentación escolar, la investigación, la docencia universitaria, la gestión de servicios de salud y la formulación de políticas públicas. En otras palabras, somos parte de la respuesta que el país necesita para enfrentar la anemia, la desnutrición, la obesidad, las enfermedades crónicas y la inseguridad alimentaria.
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Cuestionar la capacidad de los nutricionistas no constituye únicamente una descalificación hacia una profesión. También revela una preocupante incomprensión sobre el papel que cumple la nutrición en el desarrollo humano, la salud pública y el bienestar de la población.
Este episodio debería servir para abrir una reflexión más amplia sobre el lugar que ocupa la nutrición en la agenda nacional, ya que el Perú necesita fortalecer el rol del nutricionista en el sector público, incorporar con mayor decisión el enfoque alimentario y nutricional en las políticas públicas y reconocer que la prevención es tan importante como el tratamiento de las enfermedades.
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Las declaraciones que han generado indignación para nuestra profesión, deben responderse con aquello que siempre ha distinguido a los nutricionistas: conocimiento, evidencia científica y compromiso con la salud de la población.
Porque detrás de cada profesional hay años de estudio, actualización permanente y vocación de servicio. Hay nutricionistas que investigan, educan, atienden pacientes, gestionan programas, promueven cambios de comportamiento y trabajan para mejorar la calidad de vida de millones de personas.
Defender la labor de los nutricionistas es también defender el derecho de todos los peruanos a una alimentación adecuada, a una mejor salud y a mayores oportunidades de desarrollo.
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Las palabras inoportunas de cierto político pueden intentar minimizar nuestro aporte. Sin embargo la realidad demuestra la importancia de nuestro rol para este país. Por eso, más allá de la indignación, este momento debe recordarnos algo fundamental: TENEMOS RAZONES DE SOBRA PARA SENTIRNOS ORGULLOSOS DE NUESTRA PROFESIÓN. PORQUE SER NUTRICIONISTA ES MUCHO MÁS QUE EJERCER UNA CARRERA, ES ASUMIR EL COMPROMISO DE CONTRIBUIR, DESDE LA CIENCIA Y EL SERVICIO, A CONSTRUIR UN PERÚ MÁS SALUDABLE, MÁS JUSTO Y MEJOR ALIMENTADO.
Y de eso, como nutricionista, me siento profundamente orgullosa.

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