
Hoy hace 168 años se sancionaba la Constitución de la Nación Argentina que, como decía Juan Bautista Alberdi, es “nuestra carta de navegación”, el texto fundacional que define en palabras el contrato social concreto e intangible por el cual se limita al poder, se ordena el mismo y donde el pueblo deposita sus esperanzas e ideas de bienestar.
También nuestra carta de navegación debe entenderse, tal cual lo expresara el jurista salteño Facundo Zuviría en 1853, como “el pueblo de la nación hecho ley”. Una perfecta síntesis del espíritu y destino de nuestro texto fundacional y la justificación más precisa de conmemorar hoy su sanción.
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Ya desde su histórico Preámbulo nos llama a “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad”. Es por ello que, en tiempos de excepcionalidad, donde la Constitución parece letra muerta, resulta fundamental reivindicarla y volver a ella, así es que Joaquín V. González destacaba que “sólo el pueblo es dueño de la soberanía, y sólo él tiene poder para dictar una Constitución o delegar en sus representantes ese poder”.
Porque la Constitución no solamente es el marco jurídico que define las reglas bajo la cual se desarrolla la convivencia social y el poder político, sino que además, precisa las atribuciones, el ejercicio y el control del poder, para que reconozcan así, las libertades y derechos del hombre. Es además el símbolo de la unión nacional, una herramienta forjada al calor de años de luchas fraticidas y diferencias sangrientas, un ejemplo de como nuestros próceres supieron saltar la “grieta”, interpretar el sentir de las mayorías del pueblo, que más allá de toda rivalidad, necesitaba crecer en paz, convivencia, orden, tolerancia y progreso.
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El 1 de mayo de 1853 en el discurso de cierre del debate constituyente se podía escuchar: “Con la Carta Constitucional que acabamos de firmar, hemos llenado nuestra misión y correspondido a su confianza, como nos ha sido posible. Promulgarla y ordenar su cumplimiento ya no es obra nuestra. (...) A los pueblos corresponde observarla y acatarla so pena de traicionar su misma obra; de desmentir la confianza depositada en sus representantes y contrariarse a sí mismo presentándose en ludibrio de las Naciones que los rodean”.
La salida a nuestros problemas está en volver a la Constitución, interpretándola como el punto de partida de la reconstrucción de una verdadera República, paso insustituible para ser un país fuerte, previsible y desarrollado. Por ello, en estos tiempos de emergencia, de ánimos crispados, de palabras y gestos livianos y donde la grieta se profundiza cada vez más, lo auténticamente revolucionario es robustecer y fortalecer nuestro estado de derecho, honrar y cumplir con nuestra Constitución que es el instrumento fundamental para nuestra construcción colectiva de ciudadanía.
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