
Dormir de más durante el día podría ser una señal de alerta para los adultos mayores. La cantidad, la frecuencia y el horario de las siestas diurnas se asociaron con un mayor riesgo de muerte por cualquier causa en personas de 56 años o más, según un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Harvard y otras instituciones de los Estados Unidos.
La investigación, que se publicó en la revista JAMA Network Open, analizó los hábitos de siesta de más de 1.300 adultos durante un seguimiento de hasta 19 años. Sus resultados plantean una pregunta que pocas veces aparece en los consultorios médicos: ¿cuándo y cuánto se duerme de día dice algo sobre la salud de una persona?
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El trabajo fue elaborado por Chenlu Gao, Ruixue Cai, Xi Zheng, Arlen Gaba, Lei Yu, Aron Buchman, David Bennett, Lei Gao, Kun Hu y Peng Li, todos vinculados al Departamento de Anestesiología del Hospital General de Massachusetts y la Escuela de Medicina de Harvard.
También participaron investigadores del Centro para la Enfermedad de Alzheimer de la Universidad Rush, en Chicago.
Dormir de día: lo que la ciencia no había medido

Los estudios anteriores sobre la siesta y la mortalidad tenían un problema de base: dependían de lo que los propios participantes recordaban y declaraban sobre sus hábitos de descanso diurno. Ese tipo de información, llamada autorreporte, es subjetiva y propensa a errores.
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La mayoría de esas investigaciones se concentraba solo en cuánto tiempo dormían las personas de día, sin atender a otros aspectos igual de relevantes: con qué frecuencia lo hacían, a qué hora y qué tan irregulares eran esas siestas de un día para otro.
En cambio, el nuevo estudio buscó llenar ese vacío con mediciones objetivas. Su objetivo fue determinar si la duración, la frecuencia, la variabilidad y el horario de la siesta se relacionan con el riesgo de muerte por cualquier causa en adultos mayores que viven de forma independiente.
Para lograrlo, los investigadores recurrieron a la actigrafía, una tecnología que registra el movimiento y el reposo de manera continua mediante un dispositivo similar a un reloj de pulsera, sin depender de lo que la persona recuerde o informe.
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Siestas matutinas y más horas dormidas

Los datos provinieron del Proyecto de Memoria y Envejecimiento de la Universidad Rush —conocido como Rush MAP, por sus siglas en inglés—, un estudio de largo plazo iniciado en 1997 con adultos reclutados en comunidades de retiro, viviendas subsidiadas y grupos de iglesia en el norte del estado de Illinois, en Estados Unidos.
Un total de 1.338 participantes de 56 años o más usaron el dispositivo de actigrafía en su muñeca no dominante durante un promedio de 9,58 días.
La edad promedio del grupo fue de 81,40 años; el 76% eran mujeres. El seguimiento se extendió hasta 19 años, con datos recopilados hasta abril de 2025.
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La siesta diurna se definió como cualquier episodio de sueño entre las 9 de la mañana y las 7 de la tarde. Los participantes se clasificaron en tres grupos según el horario habitual de su siesta: mañana, primera tarde y tarde avanzada.

Al cabo del seguimiento, 926 participantes —el 69,2%— habían fallecido. Los análisis estadísticos mostraron que cada hora adicional de siesta diurna se asoció con un 13% más de riesgo de muerte, una vez ajustados factores como la edad, el sexo, las enfermedades crónicas, los medicamentos y la calidad del sueño nocturno.
Cada siesta adicional por día se relacionó con un 7% más de riesgo de muerte. En términos comparativos, ese incremento equivale al riesgo asociado con tener aproximadamente 0,6 años más de edad.
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El horario de la siesta también resultó relevante. Quienes dormían habitualmente por la mañana tuvieron un 30% más de riesgo de muerte en comparación con quienes lo hacían en la primera tarde. Los investigadores señalaron que una siesta matutina puede reflejar somnolencia excesiva o una alteración del ritmo circadiano —el reloj biológico interno que regula los ciclos de sueño y vigilia—, lo que podría indicar problemas de salud subyacentes.
La variabilidad en la duración de las siestas —que un día se duerma mucho y otro muy poco— no mostró una asociación estadísticamente significativa con la mortalidad, una vez ajustadas las variables de control.
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La siesta como señal

Los investigadores plantearon que incorporar dispositivos portátiles para monitorear las siestas en la práctica clínica podría ayudar a identificar de forma temprana a adultos mayores con mayor riesgo.
El seguimiento de estos patrones permitiría activar evaluaciones o intervenciones preventivas con mayor oportunidad.
El estudio reconoció varias limitaciones. La actigrafía puede confundir el descanso en quietud con el sueño real, y la muestra es predominantemente blanca y proviene de adultos retirados de Illinois, lo que limita la posibilidad de extrapolar los resultados a otros grupos étnicos o culturales.

La siesta después del almuerzo es una práctica habitual y considerada saludable en culturas hispanolatinas y chinas, algo que esta investigación no pudo explorar en profundidad.
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Futuros estudios en otros grupos raciales y étnicos son necesarios para entender las implicancias de la siesta en la mortalidad según el contexto cultural.
Los investigadores concluyeron que las siestas largas, frecuentes y matutinas medidas con actigrafía se asociaron con una mayor mortalidad por cualquier causa, incluso después de ajustar por la calidad del sueño nocturno y el estado de salud general.
Aclararon que el estudio no establece que la siesta cause la muerte, sino que puede ser un marcador de condiciones de salud subyacentes que, si no se atienden, elevan el riesgo de fallecer.
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