
En las economías donde persisten variables macroeconómicas estructuralmente desequilibradas -inflación crónica, déficits fiscales recurrentes, volatilidad cambiaria y políticas monetarias expansivas- se activa un mecanismo silencioso: la clase alta protege e incluso incrementa su patrimonio, mientras la clase media ve erosionado el suyo. Esta dinámica no es producto de un accidente ni responde a una fatalidad cultural; se deriva de cómo operan los incentivos y las herramientas de protección financiera en contextos de inestabilidad.
La inflación, según explicaba Milton Friedman, “es una forma de tributación sin legislación”. No necesita aprobación parlamentaria ni consenso social: erosiona el poder adquisitivo de salarios, ahorros en moneda local y jubilaciones. Es, en esencia, un impuesto regresivo. La mayor carga recae sobre los asalariados de clase media, cuyos ingresos dependen de contratos que solo se ajustan con retraso.
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Por su parte, los ricos acceden a dólares, activos reales como inmuebles y acciones, cuentas offshore y diversas estructuras financieras que funcionan como salvaguarda. Las carteras de quienes pueden anticipar la desvalorización se revalorizan con la devaluación; los salarios medios no tienen ese resguardo.
La inflación no distorsiona solo los precios: destruye el ahorro de la clase media y provoca una transferencia silenciosa de riqueza hacia los sectores que pueden adelantarse al descalabro monetario
Friedrich Hayek ya lo señalaba décadas atrás: “La historia es, en gran medida, una historia de inflación, usualmente inflaciones orquestadas por los gobiernos para beneficio de los gobiernos”.
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La inflación no distorsiona solo los precios: destruye el ahorro de la clase media y provoca una transferencia silenciosa de riqueza hacia los sectores que pueden adelantarse al descalabro monetario. En economías de alta inflación, el desempeño social y patrimonial adopta la forma de una “K”: la cumbre (ricos y grandes empresas) crece, la base (asalariados y pequeños ahorristas) cae.
El impacto de la inflación en la población
Los datos de la región reafirman este patrón. En Argentina, según estudios de la consultora de investigación de mercados Moiguer, la clase alta (6% de la población) concentra el 34% de la riqueza y requiere alrededor de USD 7.900 mensuales por hogar para sostener su nivel de vida. Mientras tanto, el sector de ingreso medio típico debe conformarse con USD 2.750. Esta diferencia no obedece a la “codicia” de los ricos, sino a la disponibilidad de herramientas que solo están a su alcance: dólar, plazos fijos UVA, activos financieros, propiedades o criptomonedas como resguardo.
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Para la franja cuyo ingreso depende principalmente del salario en pesos y del consumo local, el impacto es contundente: cada ciclo inflacionario licúa no solo el sueldo, sino también el ahorro y la expectativa de movilidad ascendente.

Este fenómeno no es exclusivo de Argentina. Se observa en buena parte de América Latina cada vez que emergen desequilibrios estructurales: en Venezuela, en Argentina hasta 2024, y en episodios puntuales de Perú o Brasil en el pasado.
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En estos contextos, los sectores acomodados dolarizan su patrimonio, mientras que la clase media cae en situación de vulnerabilidad y termina, en muchos casos, proletarizada.
Ejemplos regionales y globales de movilidad social
¿Existe una dinámica inversa? Sí, y el siglo XXI ofrece casos concretos. Los países que lograron expandir la clase media y abrir la puerta hacia el ascenso social lo hicieron apostando por el crecimiento económico, no solo por la redistribución.
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El caso de Chile ilustra este proceso en la región: entre 2006 y 2017, la clase media pasó del 43% al 65% de la población, según cifras del Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Incluso tras la pandemia, en 2024 recuperó terreno, alcanzando cerca del 47%. El fundamento: crecimiento sostenido, promedios del 4% al 5% anual durante décadas previas, un marco de estabilidad macroeconómica, apertura comercial y reglas de juego claras.
En Chile, la baja de la inflación y el crecimiento sostenido y apertura de la economía, provocaron una caída drástica de la pobreza y un fenómeno de movilidad ascendente de la población
El resultado fue una caída drástica de la pobreza y un fenómeno de movilidad: cientos de miles de hogares pasaron de la vulnerabilidad a la clase media baja y luego a la media-alta, gracias a la productividad, no exclusivamente por políticas asistenciales.
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Uruguay, por su parte, consolidó la mayor proporción de clase media de América Latina (alrededor del 60% en distintas mediciones) gracias a una combinación de crecimiento estable, instituciones sólidas y políticas sociales focalizadas que no desincentivaron la inversión.

Más allá de América Latina, los llamados “tigres bálticos” y el caso de Polonia ofrecen ejemplos contundentes. Polonia, tras la caída del comunismo, ingresó en la Unión Europea en 2004. Desde entonces, creció a un promedio anual del 3,8%. Su PBI per cápita partía de niveles inferiores al 40% del promedio europeo y superó el 85% en 2025. La clase media se expandió y mejoró: millones de polacos accedieron a ingresos que les permitieron comprar autos, viviendas y acceder a la educación superior.
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Estonia se transformó, mediante revolución digital y libertad económica, de ex república soviética pobre a una de las economías con mejor desempeño per cápita de Europa del Este. En ambos casos, la estabilidad monetaria -con el zloty gestionado responsablemente en Polonia y el euro en Estonia-, la baja corrupción, la apertura económica y la fuerte inversión en capital humano fueron determinantes. Así, la clase media creció y ascendió hacia segmentos medios-altos.
Los caminos posibles para Argentina
La historia reciente de Argentina, en cambio, refleja una realidad inversa: décadas de desequilibrios macroeconómicos y volatilidad han convertido la protección patrimonial en una habilidad reservada a una élite. Los sectores altos se resguardan, y a veces prosperan, a través del dólar, bienes raíces o el arbitraje financiero.
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El sector medio enfrenta, una y otra vez, la erosión simultánea de ingresos, ahorros y expectativas de ascenso social durante cada ciclo inflacionario. La consultora de investigación de mercados Moiguer resume este proceso con contundencia: “ser rico es barato” en el contexto local, gracias a que la base se ha reducido drásticamente.
Cambiar esta dinámica exige lo que han hecho Chile, Uruguay, Polonia o Estonia: estabilizar las variables macroeconómicas, abrir la economía a la inversión y la competencia, fortalecer la educación para potenciar el capital humano y construir instituciones que premien el esfuerzo y la innovación. Solo así podría dejar de achicarse la clase media y abrirse nuevamente la posibilidad de crecimiento para la mayoría.
El autor es Analista Económico y director de la consultora Focus Market
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