Ni halcones, ni palomas: horneros

Mientras duros y dialoguistas se disputan la supremacía electoral, la Argentina se sigue desangrando. No hay debates estructurales. No se discuten políticas que aseguren un modelo de país diferente

Cámara de Diputados de la Nación
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El estereotipo más utilizado en los últimos tiempos para definir a las extremos en la política nacional es el de “halcones” y “palomas”. Muchos deben sentirse satisfechos de integrar el grupo de los “halcones”, pero deberían saber que se trata de un ave solitaria, muy dominante en su entorno. Los halcones son grandes predadores, y precisamente, entre sus presas preferidas se encuentran las palomas.

En contraposición huelga señalar la extrema sociabilidad y mansedumbre que distingue a las palomas, que a pesar de ser aves voladoras se alimentan básicamente de semillas y otras cosas que están en el suelo.

Más allá de esta somera descripción que caracteriza a estas aves extremas de la política nacional, existe un tercer grupo: “los horneros”. Poco marketinero, quizás por su plumaje vulgar o por su tamaño pequeño. El hornero se encuentra en toda la geografía argentina y está consagrado como pájaro nacional. Este laborioso arquitecto define a millones de argentinos que no nos sentimos ni queremos ser halcones o palomas. Preferimos ser horneros.

El que trabaja en pareja para construir su nido, el que cuida de sus pichones, el que no se distingue por su plumaje vistoso, ni por su velocidad, ni por su canto florido, pero que con asombrosa perseverancia consigue sus objetivos. El hornero construye su característico nido de barro y paja, una vez por año. Para su próxima camada, vuelve a construir un nuevo nido, dejando el anterior para que lo ocupe otro.

Los que nos identificamos más con los horneros creemos que la política debe servir para solucionar los problemas estructurales de nuestro país, sin estridencias, sin floreos, trabajando en la búsqueda de encontrar una salida para nuestra querida Argentina. Sin odios, sin rencores, despojados de chicanas baratas e interminables pases de factura. Con la responsabilidad que nos cabe: pensar en cómo generar más producción, más empleo, cómo agrandar la torta nacional, cómo poner la educación y la infraestructura al servicio del crecimiento. Cómo salir del fenomenal aparato clientelar que se fue consolidando en nuestro país e ir incorporando más compatriotas a la dignidad del trabajo. Esa tarea cotidiana, como la de los horneros, es la que debemos encarar como dirigentes.

Toda esa pirotecnia entre halcones y palomas sencillamente atrasa. Entretiene por un momento, los argentinos somos apasionados y las grietas resultan atractivas. Antinomias como River-Boca, Menotti-Bilardo o Maradona-Messi suelen divertir. Sin embargo, no olvidemos que se trata de nuestro país. Estamos todos en el mismo barco, el destino es para todos el mismo. La grieta, en sí misma, no resuelve problemas. Es posible que llene horas y horas en los medios, pero no le aporta al gran debate nacional que nos debemos. La dirigencia política enroscada en ese eterno pase recíproco de facturas, que cree que las soluciones están en el pasado, solo sirve para distraer y postergar el debate necesario, aumentando los prejuicios y las distancias entre quienes tenemos la responsabilidad de actuar de inmediato.

Mientras halcones y palomas discuten su supremacía, nuestro país se sigue desangrando. No hay debates estructurales. No se discuten políticas que aseguren un modelo de país diferente. Cualquiera sea, pero diferente. No nos ponemos de acuerdo en cuestiones básicas que deberían tener continuidad sin importar el signo político del poder de turno. Halcones y palomas se detienen en la discusión oportunista, en el picoteo barato de las miserias recientes. Los horneros no creemos que las soluciones vengan por ese lado. Sabemos que no.

Podríamos estar discutiendo seriamente un marco macroeconómico estable y previsible para los próximos 30 años, podríamos discutir acerca de cómo hacer sustentable nuestro sistema previsional e impositivo, cómo recrear nuestra legislación laboral para adaptarla a la realidad, qué proyectos de inversión deberíamos promover para movilizar nuestras riquezas naturales, cómo descentralizar la zona del AMBA, con qué países relacionarnos para comerciar y cooperar, qué equilibrio podemos alcanzar entre el cuidado del medio ambiente y la explotación de nuestros recursos naturales, cómo haremos para ir reasignando presupuesto destinado al asistencialismo hacia los emprendedores y el trabajo formal, definir sí continuaremos con las políticas garantistas o brindaremos un marco de orden y seguridad jurídica, o si seguiremos siendo el aguantadero del narcotráfico, establecer qué pretendemos de nuestra educación formal, o si seguirá gran parte de nuestro sistema de salud en manos de dirigentes sindicales, responder si queremos perseverar en la actual ficción de federalismo o concretarlo realmente.

Mientras halcones y palomas se picotean y montan un show simbiótico, los millones de horneros que conformamos la Argentina esperamos la discusión de estos temas.

Definitivamente la política argentina necesita menos halcones y palomas, y más horneros.

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