
El pasado 26 de marzo se celebró la cumbre por los 30 años del Mercosur, la que una vez más se realizó por videoconferencia debido a la situación sanitaria y, por cierto, por las tensiones políticas que aún enfrentan a los presidentes de las dos principales economías del bloque. Los discursos transcurrieron con normalidad, pero desde un principio marcaron las diferencias de fondo que existen entre los cuatro miembros del Mercosur a la hora de evaluar su trayectoria, pero lo que es peor, imaginar su futuro.
El Presidente argentino se mostró muy conforme con los avances alcanzados por el bloque en sus primeras tres décadas de vida, prácticamente sin mencionar los aspectos negativos. Sí fue enfático a la hora de mostrar sus desacuerdos respecto a la baja del arancel externo común del Mercosur planteada por Brasil y con permitir las negociaciones bilaterales, llegando a aseverar que el bloque es de los más dinámicos del mundo. Se trata de una afirmación que demuestra el Mercosur irreal que hoy visualiza Argentina, ya que cabe recordar que, hasta la fecha, el bloque no cuenta con acuerdos vigentes con ninguna de las principales economías a nivel mundial (no tiene acuerdos con Estados Unidos, China, Japón, Corea del Sur, la Unión Europea, entre tantos otros países).
La apuesta de Fernández no quedó allí, ya que planteó que los socios deben seguir avanzando hacia el perfeccionamiento de la unión aduanera y apostar a conformar un mercado común, incluso nombrando la ya olvidada coordinación macroeconómica entre los miembros, todas metas que hoy están prácticamente en el plano de la ciencia ficción. El tono político estuvo presente con su posición sobre Bolivia, el que insiste debe ser aceptado prontamente como miembro pleno. Venezuela no estuvo en el escenario, si bien lo está implícitamente con la reciente decisión tomada por el gobierno argentino respecto a la salida del Grupo de Lima, lo que supone un apoyo directo al régimen de Maduro. Como si fuera poco, en contrapartida del Mercosur que demanda una reforma institucional para ser más eficaz, propuso crear nuevos observatorios y en asuntos en que algunos socios no parecen tener posicionamientos comunes (por ejemplo, medio ambiente).
Tras el discurso del presidente Argentino, Bolsonaro planteó una visión muy pragmática sobre el estado actual que atraviesa el Mercosur, con una dosis de realismo mucho mayor y con algunas señales muy claras sobre el corto plazo del bloque. Insistió en la rebaja del arancel externo común, el que es bueno señalar duplica la media internacional y planteó también la necesidad de acelerar las negociaciones externas para insertarse en las cadenas globales de valor. Fue muy firme al decir que el consenso (mecanismo a través del cual se toman las decisiones) no puede ser utilizado como veto para avanzar, en clara alusión a la posición argentina, que ha bloqueado asuntos de la agenda interna y externa del Mercosur.
El presidente Abdo, muy debilitado por su crisis interna, se mostró más cauto y como suele ocurrir con Paraguay, defendiendo a un Mercosur en donde se siente cómodo debido a las características de su economía. De cualquier forma, más allá de que planteó la conveniencia de seguir negociando conjuntamente, a diferencia de Fernández y en coincidencia con el resto de los miembros, entendió que se debe ser más efectivo en las negociaciones externas.
El discurso del presidente Lacalle Pou fue el más firme desde el punto de vista conceptual, reiterando una posición que desde que asumió la presidencia sostiene una y otra vez en diferentes ámbitos y con diversos actores. Además, un aspecto nada menor, fue el único mandatario del Mercosur que se reunió personalmente con todos los presidentes de los países miembros para conversar sobre su flexibilidad. El presidente uruguayo ha utilizado diferentes expresiones para reflejar el sentir de su gobierno (y a esta altura prácticamente de todo el Uruguay) sobre el rol que juega el Mercosur en el desarrollo económico del país.
Desde esa perspectiva, el discurso de hoy fue pragmático, firme y coherente con la posición sostenida desde tiempo atrás por Lacalle Pou, algo que, no solo no llamó la atención en Uruguay, sino que no debió hacerlo en los países de la región, especialmente si se tiene en cuenta que en estas semanas las cancillerías buscaban cerrar la cumbre de ayer con una declaración conjunta, lo que no fue posible por la falta de acuerdo en cómo introducir en la misma el concepto de flexibilización.
La cumbre siguió con los discursos de Piñera y Arce, pero cuando menos se esperaba, el presidente argentino violó el protocolo y utilizó el espacio -el que por lo general está previsto para cerrar la cumbre con un saludo cordial y amistoso-, para responderle directamente a Lacalle Pou por su expresión de que el Mercosur no podía actuar como un lastre.

En un tono fuera de lo común para un ámbito de esas características y mostrando una actitud de fortaleza más propia de la política interna, Fernández invitó a Uruguay a bajarse del barco si el mismo actuaba como un lastre (el Mercosur), sin darse cuenta de la gravedad del planteo que venía realizando (en especial por la simplificación de algo que es mucho más complejo), lo que lo terminó llevando a una reacción extrema y casi absurda, frente a una posición legítima de un Uruguay que no hizo más que defender sus intereses nacionales.
Se trató de un exabrupto diplomático lamentable, que tensionó una cumbre en la cual otra vez quedaron en evidencia las diferencias de fondo entre los miembros, la politización del Mercosur, la falta de liderazgo de las economías mayores y una ausencia de visión a futuro. Todo esto afecta la cohesión mínima que los miembros deben mantener para querer seguir siendo parte de este club, el que nadie quiere abandonar, pero el que la gran mayoría de los miembros quiere reformar y modernizar para enfrentar una nueva época.
Ahora deberá superarse este traspié rumbo a la reunión de abril del Consejo del Mercado Común. Allí se abordará la reforma del arancel externo común y la flexibilización del Mercosur a la hora de negociar con terceras economías. En estas semanas, cada parte deberá llamarse a la reflexión, entendiendo que los intereses que plantean algunos socios no solo son legítimos, sino que además justificados por la realidad que atraviesa el Mercosur tras 30 años de existencia.
Forzar un quiebre del bloque no es el mejor camino para nadie, pero mucho menos para Argentina, ya que, de seguir con esa postura intransigente y negacionista de la realidad, podría quedar sola en un barco a la deriva.
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