
Pocos días atrás resonaron las fuertes palabras del Primer Ministro de Australia, Scott Morrison, quien calificó la decisión de Facebook de bloquear los contenidos de noticias en Australia como “arrogante y decepcionante”, y aseguró que su país “no se dejaría intimidar por el gigante tecnológico”.
Facebook tomó dicha medida en respuesta a un proyecto de ley impulsado por el gobierno australiano que obliga a las empresas tecnológicas a pagar por el contenido de las noticias que comparten. Más allá de que finalmente la empresa y el gobierno australiano hayan alcanzado un acuerdo –Facebook volvió a compartir noticias, cuidándose de explicar su accionar, y el gobierno se comprometió a introducir modificaciones en la ley– el incidente es revelador de un escenario de creciente politización del entorno de negocios que enfrentan las empresas a nivel global. No hay que irse tan lejos para encontrar ejemplos de los riesgos de operar en entornos políticamente volátiles, como muestra el caso de la empresa IMPSA y su vínculo con el gobierno de Venezuela para la fabricación de la central hidroeléctrica Tocoma.
Antes de la pandemia de Covid-19 ya existían importantes tendencias de fondo que hacían que el escenario en el cual operaban las empresas con mirada y ambición global fuese complejo. Estas tendencias se han acelerado y profundizado como consecuencia de la pandemia. Entre las principales podemos mencionar la creciente importancia de la agenda de cambio climático y las políticas para enfrentar y mitigar su impacto; el incremento de las posturas proteccionistas y enfoques nacionalistas por parte de muchos gobiernos en relación al comercio y las inversiones; la competencia geopolítica entre naciones, manifestada principalmente en la rivalidad entre EEUU y China; la aceleración en la digitalización de nuestras vidas (trabajo, comercio, relaciones sociales, educación) y la creciente competencia por el dominio de la tecnología y el control de los datos; el acrecentamiento del malestar social y la polarización en muchas sociedades. Estamos claramente ante un mundo con un mayor grado de riesgo político, lo que incrementa aún más la complejidad del entorno donde se desarrollan los negocios.
Estas tendencias producen fuertes impactos en empresas de todos los sectores –pensar en los mayores costos e interrupciones en las cadenas de suministro; aumento de los riesgos reputacionales; incremento del costo de operar y hacer transacciones en diferentes mercados; limitaciones para transferir y usar datos a través de las fronteras; dificultades para cumplir con una multiplicidad de nuevas normas y regulaciones- y abren también oportunidades de posicionarse y aprovechar el nuevo escenario. Para poder navegar de manera exitosa este mundo cambiante es imprescindible que las empresas, sobre todo aquellas con presencia internacional o que dependen en gran medida del mundo para sus ingresos, incorporen consideraciones de política global en sus estrategias. En palabras de Richard Haass, Presidente del prestigioso ‘Council on Foreign Relations’, “Las empresas deben ser mucho más creativas, innovadoras y pensar realmente en términos de política exterior”.
Para alcanzar sus objetivos y seguir prosperando en el siglo XXI las empresas con presencia internacional deberán, cada vez más, estar atentas a la geopolítica y desarrollar su diplomacia corporativa: hacer un seguimiento y entender las principales tendencias globales y regionales allí donde operan, analizar cómo las mismas pueden afectar sus intereses, anticipando posibles consecuencias negativas así como eventuales oportunidades, y generar alternativas y cursos de acción para gestionar esos impactos, incorporando estos aspectos en las decisiones estratégicas de la empresa. En tiempos de “capitalismo de las partes interesadas” –concepto central del último Foro Económico Mundial– esto incluye necesariamente vincularse de forma activa con actores y grupos de interés –los famosos stakeholders- en diferentes países que ayuden a entender y gestionar el riesgo político.
Estas consideraciones aplican también a las empresas argentinas. Entre los unicornios del sector tecnológico, las empresas agroindustriales, farmacéuticas, energéticas y del sector industrial existen jugadores con importante presencia e intereses en Latinoamérica y otras partes del mundo. Es importante que ellas también adopten una mirada de diplomacia corporativa y desarrollen capacidades que las ayuden a seguir creciendo en un mundo cambiante y cada vez más politizado.
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