Ya no hay incertidumbre: mientras sopla el viento de cola, la Cristinomics recargada arría las velas

La tarea de Guzmán consistirá en tratar de minimizar los costos, insinuando un discurso pseudo ortodoxo, mientras el resto del gobierno se encarga de “regular” y de ir reemplazando el capitalismo de amigos por el estatismo de enemigos

Economista
Martín Guzmán y Cristina Fernández de Kirchner durante un anuncio en la Casa Rosada (foto archivo: Juan Mabromata/Pool via REUTERS)
Martín Guzmán y Cristina Fernández de Kirchner durante un anuncio en la Casa Rosada (foto archivo: Juan Mabromata/Pool via REUTERS)

Se dice que “el monto de una herencia es un error de cálculo”. Yo prefiero definirla como un ejemplo del proceso de toma de decisiones bajo incertidumbre. Lo mismo sucede con las salas de espera en los consultorios de los médicos, o los salones VIP de los aeropuertos.

Si supiéramos el momento exacto en que vamos a dejar este mundo, podríamos calcular con precisión qué activos legar y cuánto gastar. Si todos tuviéramos la certeza del horario en que un médico nos va a atender, las salas de espera de sus consultorios no tendrían razón de ser. Si pudiéramos predecir con exactitud el tiempo que se tarda en llegar al aeropuerto, hacer los trámites para el check in, pasar migraciones y llegar a la puerta correspondiente a nuestro vuelo, los salones VIP estarían vacíos, y nadie portaría esa tarjeta que da acceso a todas las salas de espera de los aeropuertos del mundo, salvo a la que necesitás ingresar el día en que la partida de tu vuelo se demoró cinco horas.

El año económico argentino, en cambio, arrancó sin incertidumbre. El discurso de la Vicepresidenta en La Plata nos dio la certeza de que la batalla entre la Cristinomics y la Guzmanomics, ya está definida. Las prioridades electorales del oficialismo, y su particular visión respecto de la relación entre ciertas medidas económicas y el resultado electoral, han inclinado la balanza a favor de la Vicepresidenta y su “modelo” macro. Digo particular visión, porque al contrario de lo que se pregona, el oficialismo perdió las elecciones del 2013 y del 2015, con la Cristinomics funcionando a pleno, y perdió las elecciones del 2017, con la Macrinomics funcionando a pleno.

Pero, tengan o no razón, lo cierto es que el gobierno ya decidió ir por la Cristinomics macro en el corto plazo, mientras pergeña una versión recargada de la Cristinomics estructural.

Repasemos. La austeridad fiscal y la moderación en la emisión monetaria prometida por el ministro Martín Guzmán en octubre se está diluyendo. Diciembre, como era de esperar, implicó un fuerte aumento del déficit fiscal, y una emisión monetaria que, sólo en ese mes, expandió la Base Monetaria en más del 10%. Mirando hacia adelante, cuando termine el período estacional de mayor demanda de pesos, y dado que el Banco Central no permite que la tasa de interés actúe como disuasor de la demanda de dólares, es probable que retorne la presión sobre la brecha cambiaria, sobre la tasa de inflación, ya instalada en el intervalo del 3-4% mensual, y sobre las reservas líquidas.

Al respecto, el Banco Central ya inauguró el “doble mercado” para las importaciones de bienes. En efecto, hasta ahora, había dos mercados y dos precios para el dólar, en el segmento financiero del mercado de cambios. El Banco Central limitaba la venta de dólares de las reservas al pago de deuda financiera, dentro de ciertas condiciones, y a la compra de dólares para atesoramiento, también con muchas limitaciones. El resto de las transacciones financieras, se canalizaban por el segmento “libre” del mercado de cambios. Ahora, le ha agregado a ese mercado la importación de ciertos bienes, no necesariamente “suntuarios”. Es decir, el precio del dólar libre no sólo “juega” para las transacciones financieras y de ahorro, sino que también empieza a “contaminar” el precio de ciertos bienes y de sus sustitutos cercanos. (Artículos para el hogar, electrónica y automóviles principalmente).

Siguiendo con el mercado de cambios y los “precios múltiples”, la Cristinomics retomó la idea de “defender la mesa de los argentinos” prohibiendo las exportaciones de maíz, para que, con la caída de la demanda de los exportadores, los precios internos bajen. Más allá de la efímera influencia que esta medida pueda tener en la tasa de inflación que, como se habrá hartado de leerme, responde al desequilibrio macroeconómico y no al encarecimiento de la polenta, lo cierto es que aquí también desaparece la incertidumbre. Cada vez que la demanda internacional presione sobre los precios de productos o insumos que se consuman en el mercado interno, la respuesta será el cierre de las exportaciones. La reacción de los productores también la conocemos. Si pueden sustituir la producción de esos bienes por otros que no tienen la misma restricción (soja, por ejemplo) o pueden “llevarse la inversión” a otro país donde reciben el precio pleno o las regulaciones son diferentes, lo harán.

En el pasado, esas medidas llevaron a que cayera la oferta de maíz, trigo, carne, gas, petróleo, etc. En el futuro, pasará lo mismo.

Por su parte, la prometida actualización de los muy retrasados precios de los servicios públicos y la consecuente reducción de los subsidios económicos que pegan en el gasto público ya ha quedado postergada, como mínimo, hasta marzo.

Otra mala señal ya conocida, porque precios desalineados respecto de los costos generan derroche por el lado de la demanda y desinversión por el lado de la oferta.

Y hablando de precios, la otra “genialidad” digna del Nobel, de la Cristinomics es la idea de “subir al mismo ritmo todos los precios, junto con los salarios y las jubilaciones”. Obviamente, salvo que estemos en un “equilibrio de estado estacionario” (un cacho de cultura no viene mal), que no es el caso, algunos precios se mueven con relación a los otros, no pueden subir (o bajar) todos los precios relativos simultáneamente.

Como el resultado de todo esto implica prolongar el desastre macro que ya tenemos (sin contar las nuevas olas de COVID y la necesidad de compensar las limitaciones a la actividad, impuestas o consecuencia de la propia pandemia), la tarea del ministro Guzmán consistirá en tratar de minimizar los costos de este programa, insinuando un discurso pseudo ortodoxo y colocando deuda ajustada “por lo que suba más” para cubrir el déficit, mientras el resto del gobierno se encarga de “regular” y de ir reemplazando el capitalismo de amigos, por el estatismo de enemigos, (incluyendo la vieja idea de estatizar el sistema de salud, tema para otra nota).

También tendrá don Martín la ingrata tarea de convencer a la “política” del FMI, de un acuerdo inaceptable para “la técnica” del FMI. Al respecto, ¿qué opinarán en el Board del Fondo, los representantes de gobiernos, cuyas empresas están siendo “expropiadas” en forma indirecta, con controles de precios, declaraciones de “servicios esenciales”, rupturas de contratos, etc. etc?

Por supuesto que siempre se puede estirar la negociación con el FMI hasta después de las elecciones, pagando las cuotas de este año, o entrando en default temporario, o logrando alguna solución de compromiso de corto plazo.

En síntesis, ya no hay incertidumbre en la Argentina, y mientras sopla el viento de cola internacional, con la suba de los precios de los commodities y la hiperliquidez de la tasa de interés cercana a cero, la Cristinomics recargada se encarga sin prisa, pero sin pausa, de ir arriando las velas.

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