Gobierno abierto: caja de cristal o panóptico inverso

El nuevo paradigma implica comunicación, participación y gestión directa

Los ciudadanos de las sociedades modernas se están acostumbrando peligrosamente, en su mayoría, a esquemas de control estatal que los han expuesto de modo total y radical luego de la primera referencia foucaultiana del panóptico de Bentham donde las instituciones se asimilaban a recintos cerrados y modeladores de la conducta.

Adicionalmente, la tecnología aplicada durante esta pandemia, ha aportado el mayor desarrollo en cuanto a técnicas de vigilancia que han permitido seguir las conductas, hábitos y formas de interrelacionarse de los individuos, en particular y como ciudadanos, frente a un Estado cada vez más poderoso. Ya no es necesario que las personas estén dentro de las instituciones sociales que los modelan y vigilan como son las fábricas, oficinas, escuelas, cárceles y cualquier otro edificio que controlase sus tiempos y cuerpos.

En la sociedad de la comunicación y la información, el Estado (como gobierno) cuenta con la tecnología para el seguimiento de la conducta y vigilancia social. Las cámaras de seguridad urbana, las bases de datos, tarjetas magnéticas, resúmenes bancarios, fiscalización informática en general: todas éstas, son formas de vigilancia estatal moderna que permiten calibrar los mecanismos por los cuales el poder político define sus directivas.

Ya lo había imaginado Gilles Deleuze, perfeccionando la descripción del panóptico biopsicosocial estatal de Michel Foucault. Hoy existe una gran masa de datos humanos contenidos en el concepto moderno de Big Data, una herramienta más para ayudar a mejorar las relaciones humanas en las grandes urbes.

El gran problema ha sido y será (hasta que no se solucione), ¿quién controla a los controladores? La República moderna ha sido concebida como una solución a este problema de controles del Poder. Parafraseando a Montesquieu, para que el poder pueda ser vigilado y controlado, es necesario que sea dividido en funciones que permitan los controles horizontales (accountability) entre los mismos como balances beneficiosos del ejercicio del mismo.

De más está decir que esto no se aplica como debiera de forma generalizada, principalmente por la persistencia de democracias delegativas y presidencialismos fuertes, cuando no, populismos para nada afectos a dejarse controlar. Tal situación permite oscuros espacios de poder que se traducen en corrupción, pérdida de eficiencia y eficacia en la instrumentación de políticas públicas.

En síntesis, el fin de la existencia del Estado está limitado a la permanencia en el mismo de una “casta” política que renueva sus contratos y administra sus propios recursos con ejército burocrático propio, permitiendo que el clientelismo y la corrupción se extiendan por todo el armazón virtual que lo vertebra.

La demagogia aparece como un recurso destinado a maquillar la necesidad de disponer de ciertos recursos, traducidos en políticas públicas (excesivamente decoradas de marketing político) para cumplir con el principio republicano de devolver a la sociedad, en bienes y servicios, lo que recauda en impuestos.

La realidad nos muestra que el atraso de las políticas públicas destinadas a corregir los graves problemas institucionales, que llevan un lastre de décadas, no se revierten con demagogia, además de que el gasto público destinado a publicidad de tales acciones es un despropósito y se corresponde con acciones de propaganda partidaria más que publicidad de los actos de gobierno como requisito republicano.

Dichas políticas no suelen sostenerse en el tiempo, producto de la corrupción y la ineficiencia en la puesta en marcha de tales programas por incapacidad estructural o fundamentalmente, porque el poder político no tiene entre sus fines la solución final de los problemas de fondo de la sociedad. Sin embargo, aquellas políticas que sí permiten obtener un rédito político de reaseguro de un electorado cautivo, se perpetúan como esquemas clientelares de control y reproducción dentro del mismo aparato burocrático.

La tecnología como aliada del ciudadano

Ante esta situación terminal donde el Estado resulta ser un botín para los politicastros, el objetivo estatal de administración pública de recursos y mejora de la calidad de vida de los ciudadanos resulta ser una utopía cada vez más lejana. No obstante, la solución comienza desde la administración pública con un paradigma nuevo.

Las herramientas tecnológicas, que han servido, primero al Poder para continuar vigilando y moldeando pautas de consumo y desarrollo, también serían útiles para empoderar al ciudadano y llevarlo al máximo del control posible del Estado y de sus administradores. El “Gobierno Abierto” es un modelo de administración pública que se ha conocido en el mundo como aquel que acerca al ciudadano a la práctica política diaria y ha comenzado a tener éxito en pequeñas comunidades políticas tales como municipios, es decir, gobiernos locales.

Una manera simple y sencilla de entender de qué hablamos cuando hablamos de Gobierno Abierto o, en inglés, Open Government (oGov), es a través de la irrupción de internet con los canales de comunicación que ha abierto para lograr que, la Administración Pública y la Ciudadanía, se conecten directamente y produzcan soluciones inmediatas a problemas comunes. Es decir, el Gobierno Abierto implica comunicación, participación y gestión directa.

Cuando una Administración Pública provoca los cambios necesarios para estar permanentemente en contacto con los ciudadanos, con el objeto de oír sus peticiones y reclamos, tomando decisiones ajustadas a dichas necesidades y preferencias, facilitando un monitoreo conjunto y permanente de dichos procesos, comunicando lo que decide y hace de forma abierta y transparente, decimos que dicho Gobierno es un oGov, un Gobierno Abierto.

El concepto de oGov se centra en un modelo de administración “en red” donde las relaciones interpersonales son fundamentales. Decir oGov implica estar abierto a la ciudadanía como también a otras administraciones en otras jurisdicciones o niveles, lo mismo ocurre con otras entidades del tercer sector.

Sobre cómo lograr que un Gobierno alcance el status de oGov

Para alcanzar el nuevo paradigma en el seno de la administración pública es necesario promover ciertos cambios en la Cultura, la Organización, sus procesos y relaciones. Veamos qué significa para cada aspecto:

1- Desde la Cultura de la Administración Pública, se torna imprescindible reconocer como objetivo primario el servir a los ciudadanos e interpretarlo como foco y centro de la gestión pública. Por ello es fundamental un cambio revolucionario y una actitud diferente por parte de los funcionarios públicos.

2- Desde la Organización, se requiere una transformación radical en el modelo organizacional jerárquico orientado a la eficiencia. Para ello, es fundamental la reorganización de los organigramas, plantillas y puestos de trabajo con el objetivo de alcanzar un estándar más adecuado al trabajo en red, con un modelo orientado a los proyectos y al cumplimiento de metas pautadas.

3- Desde los Procesos, se requiere una reingeniería total para adecuar los mismos a la nueva Organización, orientada al trabajo en red. Implica cambiar o erradicar los procesos que no sean funcionales a la interacción esperable con los ciudadanos.

4- Desde las relaciones y sus formas, es preciso entender la necesidad de eliminar el viejo paradigma del mostrador reemplazándolo por la mesa redonda, de la comunicación postal a la dinámica interactiva on-line con los ciudadanos, de la necesidad de la presencia física a las formas virtuales de contacto y resolución de procesos.

En síntesis, se busca establecer una relación adulta con las personas, impulsando en ellos, un rol activo y participativo. Un oGov implica colaborar, compartir, con el consiguiente cambio del modelo de propiedad del conocimiento, más precisamente con el software libre.

El Gobierno Abierto apuesta a un cambio radical en la cultura del trabajo, dejando de lado el sacrificio como vínculo sentimental del esfuerzo laboral, en aras de un concepto basado en la creatividad, la libertad y la pasión por lo que se hace. También con el cambio de rol de la ciudadanía, pasando del voto esporádico a la implicación activa en los asuntos de la comunidad.

La Caja de Cristal, metáfora para Gobierno Abierto

Para poder salir del esquema de comodidad del electorado que asume su responsabilidad de manera delegativa y bajo el prejuicio de que sólo hay un partido que puede gobernar, es preciso disponer de una imagen (un significante vacío), un mito, tal como lo definiera Roland Barthes. Esta metáfora debiera ser lo suficientemente abarcativa para que pueda concentrar la atención de todo el electorado disponible siendo el principal activo a comunicar la necesidad de establecer una tregua, dada la debilidad concreta que hoy exhibe nuestra democracia para la resolución de conflictos y entendimiento entre los partidos políticos.

La Caja de Cristal es, tal vez, ese mito capaz de penetrar en la retina de cada elector y canalizar esa exigencia de transparencia desde el Estado, el Gobierno y las instituciones políticas que, en su actual imagen mental, representan, o bien quien provee, o bien quien recauda para sí. Para el ciudadano de a pie, la “política” suele estar asociada a una mala palabra y “los políticos”, son conceptuados como seres parasitarios del Estado que buscan un beneficio personal sin contraprestación alguna más que algún favor de apariencia clientelar. La Caja de Cristal es la garantía de reversión de tan peligrosa y preocupante actualidad.

Es así como un planteo discursivo inverso al mito de “Gran Hermano” como el que aparece en la obra “1984” de George Orwell, como concepto de Estado totalitario, vigilante y opresor, puede resignificarse en un Estado transparente, disponible, accesible y útil. Dar vuelta el panóptico es un principio de observación que permite situar al vigilante ciudadano con su mirada haciendo foco en todo aquello público. Sin limitaciones ni recovecos, más que para lo sensible como lo es la defensa nacional o seguridad interior (aunque allí también puede haber vigilancia no pública, a los efectos de resguardar al Estado de injerencias extra-estatales).

La Caja de Cristal representa la necesidad de que la corrupción “que mata” sea erradicada para siempre de las prácticas sociales. No sólo la oferta sino también la demanda, ya que quienes pretenden hacerse con micro-negocios dentro del Estado, lo hacen bajo la necesidad de quienes “sufren” la ineficiencia del Estado y buscan esos atajos que cínicamente han puesto quienes administran recursos o facilitan trámites.

La transparencia que se pretende con la instalación del Gobierno Abierto es resistida por una importante porción de los políticos y también la burocracia que atiende infinidad de negocios incompatibles con esta visión ética de la administración de los recursos públicos. Su aplicabilidad y su puesta en funcionamiento dependen de un riguroso y “atractivo” paquete de medidas que permitan su instauración progresiva e ineluctable.

Asimismo, implica una revaloración del concepto de “carrera” en la función pública mediante la estricta observancia del requisito constitucional de idoneidad para el acceso a los cargos públicos, la estimulación de la meritocracia con base ética, y la reorientación de aquellos empleados que no encuentran satisfacción en sus actividades diarias y pueden desempeñarse con mejor productividad y esmero en otras áreas.

La necesaria monitorización absoluta de toda la actividad pública, implica asumir, por parte de todo funcionario, que sus actuaciones son de igual carácter mientras se encuentren prestando servicios al Estado. Es entonces que se tornaría necesario reducir la carga horaria del empleado público para corresponder con esa sujeción absoluta a la vigilancia total que pueda implicar una carga psicológica negativa. Por supuesto que tal compensación debe ser absorbida con el mismo salario o considerada bajo la figura de trabajo insalubre, si es que tal carga psicológica implica afectación de salud.

Poniendo en práctica el mensaje

La estrategia comunicacional basada en un concepto de transformación radical del Estado y los consiguientes beneficios asociados, tales como la extirpación de la corrupción estructural, la eficiencia en la gestión pública y la eficacia en el logro de las metas de las políticas públicas instrumentadas, corre con la ventaja de que los actuales partidos gobernantes puedan devolver nada más que ataques o burlas a los planteos de transparencia en la gestión pública. Las fuertes sospechas de negociados que los involucran, desde la cima del poder, llegan hasta las redes de corrupción paraestatales, donde el narcotráfico, las redes de trata y prostitución pueden compartir la asociación ilícita con los miembros de la casta política gobernante.

Los clivajes fundamentales que vertebran la comunicación política de la presente propuesta son Transparencia versus Corrupción y Gobierno Abierto versus clientelismo estadual. La referencia visual a lo transparente remite a las paredes de cristal mientras que, lo obsoleto y lo corrupto, se sostiene en la oscuridad de los pasillos de la burocracia clientelar.

Al hacer visible “lo invisible”, se desnudaría la excesiva discrecionalidad para la aplicación de los fondos públicos administrados por el poder de turno, y en consecuencia, las desviaciones que dejan en flagrante evidencia la crisis de los sistemas de salud, educación, seguridad y justicia.

Un posible slogan elegido para impulsar una campaña ciudadana bien podría ser: “Un Gobierno Abierto a la Transparencia es un Gobierno Cerrado a la Corrupción”.

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