
Y un día se murió. Se murió su cuerpo, ése que lo hizo único. Ese maravilloso artefacto de la naturaleza que seguramente no tenía noción del tiempo y la distancia, porque se manejaba en otra dimensión. Tenía otra métrica. Otro ritmo. Eso que lo hizo diferente y espectacular. Que le permitió convertir una práctica deportiva un en espectáculo artístico, mezcla de ballet, batalla, drama, aventura, atletismo, humor y destreza. Nadie lo logró antes. Nadie después. Nadie lo hizo como él.
Y fue a ese artefacto milagroso al que le tocó acompañar el alma que lo habitaba. Esa que hoy se fue a otro lado pero que está ahí. Acá. Al lado tuyo y mío, porque lo que pasó con este muchacho, este señor, este padre amoroso, loco lindo, genio y a la vez monstruo desbocado, excesivo, marginal, es que estaba habitado por nosotros.
Este fue el milagro o el hechizo. Primero se metió él dentro nuestro. Lo adoptamos, lo hicimos carne de nuestra carne. Lo incorporamos a nuestros gestos, nuestra cultura, nuestro lenguaje. Llegó a ser más representativo que nuestra bandera o nuestro pasaporte. No me lo contaron. Lo viví en lugares donde ni siquiera podían pronunciar mi nombre.
Este hombre fue invadido por nosotros. Tenía metido en el cuerpo a cuarenta millones de personas que lo hicieron suyo. A cien millones de personas que querían que se comportar como cada uno de ellos imaginaba que debería ser.
No se trata de un duende bueno y uno malo. Millones de almas, de males de ojo, de envidias de amores, declarados y secretos, de oraciones a todos los dioses, de todas las religiones, de odios lanzados al ruedo o escondido como faca o puñal entre las toallas de un vestuario cualquiera o de las pastillas de una vitamina o de los calmantes que ese cuero reclamó cuando el afuera le partió la rodilla, el tobillo, el alma, el corazón.
Estaba poseído. Nosotros lo poseímos y en esa posesión se convirtió en una síntesis de todas nuestras virtudes y todas nuestras miserias. Un espejo en el que nos podemos mirar y si somos sinceros, calmos, si tomamos un poco de distancia, nos reconoceremos.
Mientras el fútbol lo acompañó, pudo balancear esa presión. Tanto lo apasionaba, que los espíritus debían mantenerse a raya. Tenían que esperar a verlo en el próximo partido. Pero luego, cuando desnudo de pelota tuvo que seguir viviendo en ese mismo cuerpo, nosotros, sus fantasmas lo atormentaron! .
Que fuera buen padre, que fuera galante, que hiciera política, que no la hiciera, que cantara, que bailara, que uniera al futbol nacional, que se alzara contra Grondona, que mejor no. Que dirigiera a la Selección, que adelgazara, que no se drogara, que legalizara la marihuana, que venga con Carlos, con Hugo, con Néstor, con Fidel, con Cris, (con Mauri no, mejor no).
En él, en su tiempo (corto) de gloria (que nos apropiamos), en su larga decadencia (que aún hoy sufrimos y viene para un rato aún), estamos todos, como individuos, como Nación. Cada uno en un cachito de su contradictoria y múltiple personalidad. Ayer, en ese entierro desmesurado, caótico, injusto y hasta ilegal, nos velaron a todos un poco.
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