
Los recursos naturales del planeta no cambiaron, desde el inicio de los tiempos. No obstante, las poblaciones aprendieron cómo arreglarse, para albergar cada vez a más gente. A partir del 1700, aceleraron su progreso. En los 170 años siguientes, el período de los descubrimientos más famosos, el PBI mundial se triplicó. Y en los últimos 40 años se intensificó aun más.
Más que los inventos y nuevas tecnologías, los cambios institucionales fueron los verdaderos causantes del progreso. Porque debilitaron la denominada Ley de Malthus, el economista y demógrafo inglés que la formuló. Desde el inicio de los tiempos, hasta el siglo XVIII, los humanos, como todas las especies, expandían su población hasta el nivel de subsistencia, marcado por la producción de alimentos.
Con cada aumento de la disponibilidad alimentaria la población crecía. Hasta que el hambre y la enfermedad acabara con las gentes sobrantes. ¿Derecho a la vida? La inmensa mayoría perduraba, a duras penas, en el límite de subsistencia. Los peor alimentados, más débiles, sucumbían en silencio.
En 1688, la Revolución Gloriosa, en Inglaterra, marcó un cambio institucional, profundizado un siglo más tarde, con la Constitución de los EEUU y la Revolución Francesa, cuyo lema era “una misma e igual ley y medida, para todos los humanos, para todos los tiempos”. La demanda de una misma medida eclosionó en “los cuadernos de quejas”, la encuesta encomendada por la Convención de Francia, en todos pueblos y aldeas.
La injusticia que, en todas las transacciones, el “patrón”, superior jerárquico, imponía la medida de lo entregado. En reacción para asegurar la unidad constante de las medidas, legaron el Sistema Métrico Decimal, hoy Sistema Internacional que rige en todo el planeta, facilitando enormemente el comercio mundial.
La consecuencia de estas innovaciones fueron los derechos y la evolución de la propiedad individual competitiva. Que descubrieron habilidades individuales para atender necesidades personales novedosas, impensadas. De ahí en más, todas las gentes podrían aspirar a mayores goces, que antes eran patrimonio exclusivo de los reyes y señores privilegiados.
Suprimiendo privilegios, esto es reglas desiguales, consiguieron disfrutes mayores, extendidos por las sociedades que acordaron la justicia de las mismas reglas y medidas para todos.
Tales innovaciones debilitaron paulatinamente la ley de Malthus, al paso que reconocían las ventajas de la propiedad individual competitiva. Ya las personas podrían contratar con otros para aumentar el valor de los ingresos y disponerlos a lo largo de ocasiones y tiempos.
Singular brecha de ingresos
La propiedad individual competitiva libera a la humanidad de la condena a la indigencia acordando reglas iguales para todos los humanos, y generó resultados agregados singulares.
El PBI/HAB mide dólares de similar poder adquisitivo
Sin embargo, y a pesar que los conocimientos científicos están disponibles para todos los interesados, la propiedad individual competitiva rige con mayor plenitud en las escasas naciones cuyos sistemas políticos las hacen avanzadas. Tales naciones abarcan apenas al 10% de la humanidad y generan la mitad de los ingresos mundiales, con un promedio de USD 55.000 anuales por habitante.
En los otros 170 países, donde la propiedad está menos reconocida, más obstaculizada, los ingresos promedian entre USD 240 por año por habitante y USD 37.000, según acuerden su aceptación.
La propiedad individual competitiva reconoce que los humanos tienen habilidades y necesidades diferentes, educables en tanto compitan, se especialicen, en las tareas que mejor convengan a cada uno. A tal fin, van acordando entramados institucionales liberadores de trabas redundantes a las transacciones individuales. }
Reglas estables e iguales para todos, eliminando los privilegios de tratos desiguales. Una organización más compleja, pero similar a la de los deportes y actividades colectivos competitivos, donde cada jugador ocupa el lugar donde es más valioso.
La propiedad individual competitiva resulta en que cada persona es remunerada según el valor que produce satisfaciendo necesidades ajenas, a lo largo del tiempo y ocasiones. Y pueda distribuir esos ingresos en el tiempo, según le parezca. Ninguno tiene derechos a recibir pagos y bienes por valores superiores al de las satisfacciones producidas para otros.
Las propiedades individuales son menos competitivas donde están enervadas por imposiciones, reclamos, apropiaciones, de quienes no contribuyen satisfaciendo las necesidades ajenas contratadas.
Mientras las transacciones voluntarias generan valor, las imposiciones de transferencias forzadas siempre empobrecen. El equilibrio entre las remuneraciones recibidas y los valores de las satisfacciones producidas para otros es una condición de la propiedad individual competitiva. Tanto más valiosa cuanto más libre de imposiciones redundantes.
¿Cómo se reconoce que las cargas impuestas son excesivas? En la medida que unos cobran más que las satisfacciones que producen están siendo subsidiados por quienes cobran menos que las satisfacciones de necesidades ajenas que producen.
En suma, los obstáculos a la propiedad individual competitiva, la pobreza del promedio de los ingresos, mide las injusticias de las reglas diferenciales que privilegian a unos y empobrecen mucho más al resto. Sociedades erran cuando pretenden remediar esas injusticias imponiendo nuevas y mayores cargas.
En los últimos 40 años, los argentinos redujeron sus ingresos individuales a menos de la mitad, cuando los ingresos mundiales casi se duplicaron. La penosa consecuencia de empeorar la propiedad individual competitiva imponiendo privilegios a elegidos con reglas cada vez más desiguales. La injusticia mayor impulsa el aumento de la pobreza.
El autor es Consejero Académico de la Fundación Libertad y Progreso. Escribió los libros: Dolarizar (2001), La riqueza de los países y su gente (2005), Fin de la pobreza (2018) y Por un país más justo y floreciente (2020)
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