
Suena el teléfono de Roberto Lavagna. En la pantalla dice “Alberto”. Es el presidente. Lo llama para consultarlo e intercambiar impresiones. Cada uno habla desde su lugar. Hasta no hace mucho también sonaba el teléfono de Lavagna y en la pantalla podía leerse “Mauricio”. Era el entonces presidente, quien lo llamaba con los mismos fines. Hablaba, también, cada uno desde su lugar.
Es cierto que con Alberto las conversaciones son más frecuentes. Pero la disposición es la misma con uno y otro. La frecuencia tiene que ver con la iniciativa de los presidentes. Y la disposición a conversar con franqueza responde a la necesidad de sostener el diálogo político y ciudadano para mantener las perspectivas dentro de un cauce, en un contexto muy difícil.
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Sería bueno también que en el teléfono de Mauricio apareciera el nombre “Alberto” y viceversa. Que las condiciones para sostener un diálogo se convirtieran en argumentaciones en medio de ese diálogo. Y sería asimismo bueno que esas conversaciones radiales se convirtieran en tertulias, en un círculo virtuoso, donde el motivo central fueran los problemas de los argentinos y las posibles vías para encaminar las soluciones.
No aceptar el diálogo con un gobierno, que aunque a muchos no les guste tiene origen democrático, equivale a cortar los frenos antes de iniciar la carrera.
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Interpretar que participar de la conversación con el oficialismo es formar parte de él, es maniqueo. El diálogo conlleva una expectativa de acuerdos posibles en beneficio del pueblo; la negativa, en cambio, nunca será antesala de algo bueno. ¿Qué cosa positiva puede sobrevenir después de romper los puentes?
Mantener posiciones enconadas solo sirve a los intereses de quienes encuentran ventajas en el enfrentamiento y, por ende, ven la conveniencia de tensar la cuerda. No es momento para hacerlo. En rigor, nunca lo es.
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Claro que pretender avanzar sobre la propiedad privada está mal, que diseñar una justicia a medida no es bueno, que hacer la “vista gorda” ante la ocupación de tierras es pésimo, que afirmar una política económica a base de más y más impuestos no es lo conveniente, pero el mejor sitio para expresarlo son los ámbitos del diálogo: los existentes y los que hay por crear.
No hay una forma mejor y eso ha quedado demostrado de manera reiterada en los últimos 50 años en la Argentina. Ocurrió con La Hora del Pueblo, en 1970; con la Multipartidaria en el ’83; con el Pacto de Olivos en el ’94 y con el Diálogo argentino en el 2002. Las primeras experiencias fueron protagonizadas por los partidos organizados, que por entonces tenían prevalencia en la sociedad. Una de las misiones pendientes es, precisamente, posibilitar que se vuelvan a consolidar. En las siguientes se incorporaron las fuerzas de la producción –capital y trabajo-, las iglesias y otras instituciones de la sociedad.
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Pero el puntapié inicial del partido, jugando por el mismo equipo, la Argentina, aunque en distintas posiciones en el campo, deben darlo en conjunto los líderes elegidos por el pueblo.
Quizá una manera de emprender el diálogo sea a través de los representantes más dialoguistas de cada parte. Su misión sería generar protocolos; allanar el camino.
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El autor es periodista y consultor
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