
Esa mañana tenía la quietud del feriado. Se realizaba, en el año del Bicentenario, el décimo Censo Nacional de Población y Hogares.
Llegué al canal como siempre para conducir el noticiero de las 10 de la mañana. Nada hacía suponer que sería un día crucial para la historia política Argentina.
Ya en el piso unos minutos antes del aire comenzaron los rumores. Néstor Kirchner estaba grave. Internado en el hospital de El Calafate.
La redacción comenzó a vibrar al compás de esa información trascendente. Teléfono en mano, productores, periodistas, redactores, todos intentábamos chequear con las fuentes más cercanas la veracidad de lo ocurrido.
Ningún medio aun publicaba la noticia que se extendía por las redacciones como una mancha de aceite. Patinarse en ella, sin tener certezas, podía ser el final de la carrera periodística de cualquiera que se apresurara.
Luego los rumores sobre el grave cuadro de salud de Néstor Kirchner, se transformaron en información sobre su muerte.
La barrida que daba comienzo al noticiero ya estaba corriendo. No había aún confirmación oficial.
Esperé, con la adrenalina propia de estar a punto de dar una noticia trascendente. Minutos después fuentes inobjetables corroboraron el dato irreversible.
Finalmente, 13 minutos después de las diez lo dije: “Primero en C5N, murió Nestor Kirchner”.
Inmediatamente me llegó la orden de dejar el estudio y partir desde el aeropuerto de San Fernando hacia El Calafate en un vuelo privado.
Su lugar en el mundo me estaba esperando.
Pasé por mi casa a buscar un abrigo y algunos otros efectos personales. Al llegar me encontré con dos censistas. Nunca entendieron mi negativa a responder el cuestionario y la despedida rápida de mis hijos a quienes dejé al cuidado de mi marido.
A los periodistas la realidad nos modifica nuestra cotidianeidad. Un suceso de impacto convierte a la sociedad en espectadora de la noticia, a nosotros nos atraviesa en nuestro devenir diario.
Al cabo de unas horas estaba en la profundidad patagónica. Cubriendo una noticia tan impactante como inesperada. La tarde se transformó rápidamente en madrugada. Yo seguía allí, buscaba acercarme los más posible a la reconstrucción de sus últimas horas con vida.
El grito que emergió algún tiempo después desde la blancura de los hielos eternos y la oscuridad del dolor fue “vamos por todo”.
La sociedad política que constituyeron Néstor y Cristina Kirchner tenía un plan. La alternancia en el poder sucediéndose entre sí. Néstor pensaba que en el segundo mandato, ya sin reelección posible, la presidencia carecía de poder.
La fórmula no tenía fisuras. El Kirchnerismo que había nacido en el 2003 soñaba con la perpetuidad dentro del marco constitucional. No contaba con la finitud de la existencia humana, tan efímera como inmanejable.
Alguna vez me pregunté que pensaría hoy Néstor Kirchner. Aquel que asumió con el 22 por ciento de los votos y reconstruyo rápidamente la autoridad presidencial.
¿Qué diría si viera a su jefe de gabinete hoy ejerciendo la primera magistratura de la república? ¿Y si le contaran que Alberto Fernández busca en la presidencia del Partido Justicialista algún salvoconducto para reconstruir algo de la autoridad perdida?
Kirchner renunció a la presidencia del PJ en favor de Daniel Scioli. No le otorgaba ni siquiera valor simbólico a ese deslucido cargo.
¿Y si viera a Cristina Kirchner, vicepresidenta, refugiada en el Instituto Patria, intentando una vez más, como si el tiempo no hubiera pasado, imponer su agenda histórica? Ir contra los medios y la justicia.
Quizás, como Karl Mark, pensaría: “La historia ocurre dos veces, la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.
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