
Cristina Kirchner es la cabeza del kirchnerismo y quien manda. Sin asumir esta premisa, el resto sería sarasa.
CFK tiene una apasionada relación con el Poder Judicial y con el mundo del derecho. Estando en el Consejo de la Magistratura (2010-2014) varias veces viví la suspensión de reuniones para que sus representantes pudiesen consultarla, en temas que eran menores o de detalle para un presidente, teóricamente dedicado a otros menesteres.
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Tampoco podemos olvidar otro factor determinante: las imputaciones de delitos que pesan sobre la presidenta virtual, porque son materia de juicios en trámite, por ahora y pese a la ralentización que un Poder Judicial recesivo le ha impuesto al derecho humano a la Justicia, tan antiguo que parece que ha sido olvidado.
Recordemos, ya que estamos, su curiosa negativa a mostrar su título, a la inversa que el 100% de los abogados, que nos salimos de la vaina por enmarcarlo y mostrarlo hasta a los vecinos.
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Claro que hay cosas peores, como el supino desprecio K por la Corte Suprema cuando ordenó reponer en su cargo al procurador Eduardo Sosa, defendido con capacidad y pasión por Daniel Sabsay.
No fue menor la derogación del Código Civil, algo que a nadie le parecía necesario ni urgente pero que fue decidido y hecho por CFK, para gloria propia y de algunos otros, que creen que la historia los recuerda como a Napoleón o a Vélez Sarsfield, lo que es dudoso.
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Pensemos en las reiteradas modificaciones logradas o no, pero intentadas, al Consejo de la Magistratura, organismo concebido por Alfonsín para terminar con el todopoderoso dedo presidencial, pero que el dedo presidencial quiere usar solo como un guante.
Ni que hablar de las presiones contra las minorías en el Consejo, que quienes lo integramos vivimos y sufrimos, incluyendo denuncias penales, amenazas… y algunas “vías de hecho”.
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Pensemos en las persecuciones contra jueces independientes y la protección sistemática a jueces de la servilleta o, mejor dicho, del sobre.
Pensemos en su actitud como imputada ante los jueces del Tribunal que le tomó declaración, nunca visto en la historia judicial argentina, y en su convicción del resultado del juicio de la historia…
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Pensemos en las barbaridades jurídicas cometidas en el caso Vicentin, que en la facultad implicarían un aplazo para el alumno que las plantease.
¡Hay tanto para recordar y pensar en ese triste vodevil entre kirchnerismo y Justicia!
Por eso es que siquiera siendo ingenuo es creíble la reforma que el presidente designado Fernández presentó en sociedad, ya que contradice varias de sus afirmaciones más rotundas de los últimos años.
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No importa si la Justicia funciona mal, algo de lo que nadie duda. Ni si el Poder Ejecutivo tiene el derecho de rodearse de comisiones asesoras de sus amigos y partidarios, aunque hay quienes creemos que es más constructivo escuchar también a opositores y a quienes se atrevan a disentir. Y no incluir a jueces en actividad, siguiendo los principios del Código de Ética Judicial de Bangalore, que propuse hace ocho años en el Consejo de la Magistratura y sigue cajoneado.
Menos importa una redacción inclusiva risible y ciertos disparates jurídicos, porque en nuestra materia es difícil encontrar verdades absolutas: admitamos que tras obtener el título, algunas ideas que en la facultad implicaban un aplazo, se convierten en una teoría y así es que hay bibliotecas para respaldar casi todo. Casi, no todo.
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Hoy somos un país que está bajo la lona y nadie sabe cómo se levantará cuando termine -aunque sea por ley natural- la cuarentena eterna.
Nuestras idas y venidas económico-políticas son tan rápidas que ya hay mucha gente aún joven que se acuerda y conoce a quienes gobiernan, que no pueden aprovecharse de la efímera memoria colectiva y del recambio generacional que hace por ejemplo que Entel sea una sigla ignorada por la mitad de la población.
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Ahora hay redes que no pueden apretarse con pautas, amenazas u ofertas tentadoras, que pese a las fake news, son un maravilloso tábano para un periodismo imprescindible, que revele lo que al poder no le gusta que se sepa.
En este entorno, pretender que alguien crea que la reforma a la Justicia tiene como objetivo reformar la Justicia es despreciarnos demasiado.
Es impensable que la Corte se agrande o achique según una misma persona lo decida en cada etapa de su vida. Si hubiese sinceridad en esta intención, se demostraría fácilmente: que la ampliación y las nominaciones de jueces rijan recién en el próximo gobierno, como ha escrito Martín Oyhanarte (h) hace un año.
Es impensable es que la Corte sea multitudinaria y dividida en salas, alterando letra, espíritu y tradición constitucional bicentenaria no solo argentina sino de nuestras fuentes constitucionales.
Es impensable que se inventen masivamente juzgados sin realismo económico (no hay fondos ni siquiera para algunos ya creados), que para peor no implicarán mas eficiencia, porque de dos secretarías pasarán a una y cualquier abogado que ejerce sabe que nada ocurre sin pasar por el secretario, así que si hay uno por juzgado, poco se gana duplicando o triplicando jueces…
Salvo un detalle tan obvio como despreciable: se ganan vacantes para poner amigos, llamados ahora “jueces militantes”, monstruosidad conceptual que contradice la regla liminar de la judicatura, que no es juzgar por la ideología del juez sino por la letra de la ley, como tan bien demostró la recordada Carmen Argibay y muchos otros jueces menos famosos, además de decenas de autores en todos los países libres del mundo.
Esta creación de vacantes para colocar amigos militantes, encima, contradice una regla de la lógica y de la Corte, aunque ni la lógica ni la Corte inhiben al kirchnerismo: no se debe ni puede crear un juzgado y designar en él a un juez subrogante.
En fin, mucho se puede decir y mucho se dirá de esta nueva manada de elefantes creada por el kirchnerismo para ocultar al único elefante que les importa: las causas contra CFK.
Estará bien o mal que lo hagan. Creo que está mal, pero es entendible, ya que es su principal defensa.
Estará bien o mal que la oposición y la gente los dejen hacerlo. Pero si los dejamos, será inentendible.
El autor es abogado y ex integrante del Consejo de la Magistratura del Poder Judicial de la Nación.
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