
Cada 6 de agosto celebramos el Día del Nutricionista Peruano, una fecha para reconocer la labor de quienes contribuimos, desde la nutrición y la alimentación, al cuidado y la mejora de la salud de la población. Pero también debería ser una oportunidad para detenernos y preguntarnos, con honestidad, qué profesión estamos construyendo y qué lugar queremos ocupar frente a los grandes desafíos del país.
Después de quince años de ejercicio profesional, estoy convencida de que la nutrición tiene una enorme capacidad para transformar vidas. Lo hace cuando un nutricionista acompaña a un paciente durante una enfermedad, diseña un plan dietético o dietoterapéutico, evalúa sus necesidades nutricionales o contribuye a la recuperación de su salud. También cuando garantiza la calidad de un servicio de alimentación, trabaja para mejorar el rendimiento de los deportistas, investiga, enseña, emprende, gestiona programas, interviene en una comunidad o participa en la construcción de políticas públicas.
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No existe una sola forma de ser nutricionista. Nuestra profesión es amplia, diversa y necesaria. Cada campo responde a necesidades distintas y demanda conocimientos sólidos, actualización permanente, sensibilidad y compromiso. Detrás de cada evaluación, cada cálculo, cada orientación y cada decisión existe una persona que confía en nuestro trabajo. Esa confianza es uno de los mayores reconocimientos que podemos recibir, pero también una valiosa responsabilidad.

Sin embargo, esta manera de entender la profesión se fue construyendo a lo largo de mi trayectoria. Durante mis primeros años combiné el voluntariado con el trabajo en programas sociales, experiencias que me acercaron a la realidad de muchas familias y me permitieron comprender que los problemas nutricionales no dependen únicamente de decisiones individuales. Detrás de una alimentación poco variada o de una recomendación que no logra cumplirse existen, muchas veces, limitaciones económicas, falta de servicios básicos y políticas públicas que no responden adecuadamente a las necesidades de las personas. Fue entonces cuando entendí que ejercer la nutrición también exige mirar las condiciones sociales que determinan lo que una familia puede llevar a su mesa.
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Esta realidad despertó en mí la necesidad de ampliar mi campo de acción, por ello tiempo después decidí emprender y crear una organización desde la cual tuve la oportunidad de trabajar con niñas, niños, mujeres y familias en situación de vulnerabilidad. Fue una etapa de mucho aprendizaje, porque me permitió acercarme directamente a los territorios y descubrir una dimensión de la nutrición que terminaría marcando profundamente mi vida profesional.
Esa convicción me llevó a tomar una decisión que marcó un nuevo rumbo en mi trayectoria, participar directamente en política. Tuve entonces la enorme responsabilidad de convertirme en la primera nutricionista en ejercer como regidora metropolitana de Lima. Asumí ese espacio con mucho respeto, no como un logro únicamente personal, sino como la oportunidad de abrir un camino para nuestra profesión en uno de los ámbitos donde se toman decisiones que impactan en la vida cotidiana de millones de personas.
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Durante esa gestión trabajamos para posicionar las políticas alimentarias en la agenda municipal. Impulsamos normas, promovimos espacios de articulación y defendimos la necesidad de que los gobiernos locales asumieran también sus responsabilidades frente a problemáticas como la anemia y la inseguridad alimentaria. Esa experiencia me confirmó que la presencia de nutricionistas en los espacios de decisión puede contribuir a que la alimentación y la nutrición sean abordadas desde una perspectiva más integral.
Mientras ejercía esa responsabilidad pública llegó la pandemia y, con ella, una de las crisis alimentarias más graves de los últimos años. Miles de familias perdieron sus ingresos y las respuestas institucionales resultaron, en muchos casos, insuficientes. Fue en ese contexto cuando, desde mi labor como regidora, pude conocer de cerca el surgimiento y la organización de las ollas comunes.
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Me encontré con mujeres que, en medio de la incertidumbre y contando con recursos muy limitados, decidieron organizarse para alimentar a sus comunidades. Las vi buscar alimentos, gestionar donaciones, distribuir responsabilidades, dialogar con las autoridades y defender el derecho de sus barrios a no pasar hambre. Frente a una emergencia que amenazaba la alimentación diaria de miles de personas, ellas convirtieron la necesidad en organización y el cuidado en una respuesta colectiva.

Ese encuentro transformó y profundizó mi compromiso con la seguridad alimentaria. Comprendí que no bastaba con responder a la urgencia del momento, sino que era necesario construir espacios permanentes que promovieran la gobernanza alimentaria y permitieran articular las experiencias de los territorios con el conocimiento de las organizaciones sociales, la academia, los profesionales y las instituciones públicas. Solo mediante esa articulación sería posible avanzar desde la respuesta inmediata hacia la construcción de políticas sostenibles que garantizaran el derecho a la alimentación.
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Más adelante asumí con honor la representación de mi gremio en Lima Metropolitana, convencida de que los nutricionistas necesitamos instituciones que nos escuchen, protejan nuestra dignidad y defiendan el valor de nuestro trabajo ante la sociedad. Esa responsabilidad me permitió conocer más de cerca las necesidades, expectativas y desafíos de muchos colegas, pero también me llevó a atravesar uno de los momentos más complejos de mi trayectoria profesional.
En esa etapa me correspondió defender mi nombre, mi trabajo y los principios que han orientado mi ejercicio durante todos estos años. No fue un proceso sencillo, pero decidí afrontarlo con firmeza, confiando en la verdad, en la coherencia de mi trayectoria y en la importancia de no renunciar a aquello que consideraba justo. Finalmente, se hizo justicia.
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Sin embargo, más que quedarme en la dificultad, prefiero valorar el aprendizaje que esa experiencia me dejó. Comprendí que los momentos adversos no tienen por qué detenernos ni definir por completo nuestro recorrido. También pueden reafirmar nuestras convicciones, fortalecer nuestro carácter y recordarnos por qué elegimos servir desde esta profesión. Pero, sobre todo, me hicieron reflexionar sobre la manera en que nos relacionamos como comunidad profesional.
Los nutricionistas podemos discrepar, tener miradas distintas sobre la profesión, posiciones opuestas frente a una decisión o formas diferentes de ejercer el liderazgo. Las diferencias son naturales y, cuando se procesan con madurez, pueden ayudarnos a crecer. Lo que no deberíamos permitir es que se conviertan en exclusiones, enfrentamientos permanentes o barreras que nos impidan volver a dialogar y trabajar juntos.
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La unidad no significa estar de acuerdo en todo, callar frente a lo que consideramos injusto ni renunciar a nuestras convicciones. Una unidad verdadera se construye cuando somos capaces de expresar nuestras diferencias con respeto, revisar nuestras decisiones, reconocer los errores y reparar aquello que haya podido causar daño. No necesitamos pensar igual para avanzar juntos, pero sí necesitamos comprender que nuestra profesión será más fuerte en la medida en que aprendamos a escucharnos, reconocernos y sumar esfuerzos.

Desde esa convicción, también aprendí que el avance de un nutricionista no debilita a los demás. Por el contrario, cada colega que investiga, enseña, emprende, desarrolla una iniciativa, ocupa un espacio de decisión o realiza un trabajo destacado contribuye a que toda la profesión gane presencia, reconocimiento y nuevas oportunidades.
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Necesitamos comprenderlo porque los desafíos que enfrentamos son demasiado grandes como para abordarlos separados. La anemia, la desnutrición, la inseguridad alimentaria, la precariedad de los servicios y la escasa presencia de nutricionistas en diversos espacios públicos requieren que sumemos conocimientos, experiencias y capacidades.

Por eso, este 6 de agosto quiero celebrar a quienes ejercen la nutrición desde sus distintas áreas, y sobretodo a quienes han atravesado momentos difíciles y, aun así, han decidido continuar; a quienes han tenido que defender su trabajo, empezar nuevamente o encontrar otras maneras de aportar. Una trayectoria profesional no se define únicamente por los cargos alcanzados o los reconocimientos recibidos, sino también por la capacidad de levantarse, aprender y seguir avanzando sin perder el propósito que dio sentido al camino.
Después de quince años, la nutrición me ha dado una manera de mirar el Perú, pero también me ha enseñado a mirar a mis colegas con mayor respeto y comprensión. Detrás de cada profesional existe una historia, una vocación, un esfuerzo sostenido y, muchas veces, sacrificios que no siempre son visibles.

Mi deseo en este Día del Nutricionista Peruano es que podamos reconocernos más, apoyarnos más y aprender de las diferencias que alguna vez pudieron separarnos. Que las experiencias difíciles no se conviertan en heridas permanentes, sino en aprendizajes que nos permitan construir instituciones más justas y una comunidad profesional más madura.
Sigamos defendiendo nuestros espacios, aportando desde nuestras especialidades y atreviéndonos a ocupar los lugares donde el país necesita nuestra presencia. Pero hagámoslo comprendiendo que el verdadero crecimiento no consiste únicamente en avanzar de manera individual, sino también en abrir caminos a las nuevas generaciones.
Más allá de nuestras diferencias, compartimos una misma responsabilidad, contribuir a construir un país donde alimentarse adecuadamente sea un derecho verdaderamente garantizado.
Feliz Día del Nutricionista Peruano.

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