
La pandemia impactó fuertemente en las bases de sustentación de los sistemas educativos, derribando algunos mitos largamente instalados. Su correlato, el confinamiento obligado, hizo estallar categorías e inauguró un gran experimento natural del que somos parte y que nos exigió -con mayor o menor éxito- la puesta a prueba de la propia flexibilidad. Nuestros saberes previos y nuestras habilidades se volcaron así a la construcción de nuevas prácticas de formación, que serán objeto de análisis por largo tiempo ex post y pasarán a la historia bajo la denominación de docencia remota de emergencia.
Desde el advenimiento del aislamiento social, en aquel lejano mes de marzo, directivos, docentes y estudiantes vimos alteradas las rutinas y jaqueadas las certezas. Debimos desaprender antiguas metodologías y ensayar otras, involucrándonos en el montaje de una propuesta distinta, fundada en criterios inéditos, por inexplorados o ignorados. Algunas tensiones preexistentes se exacerbaron y también se profundizaron las desigualdades en un escenario signado por múltiples brechas, donde las tecnologías intentaron cubrir un vacío que no se completa sin planificación pedagógica y objetivos claros. En educación superior se aplicaron programas de contingencia, digitalizando la oferta, poblando campus virtuales y delineando opciones al modelo transmisivo imperante, en el entendimiento de que la adversidad vino a acelerar procesos que hubieran demorado años en decantar.
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Porque lo cierto es que hoy en día, aún persiste un prejuicio manifiesto contra la educación a distancia en sus diferentes formatos. Y que las resistencias, como siempre, se ubican en las primeras filas del propio sistema. En los claustros universitarios predominan los profesores expertos en su episteme que, por diversos motivos, no cuentan con un herramental didáctico extenso. A pesar de ello y con un manejo intuitivo notable, son muchos los que se han animado a ir por más, capacitándose para mejorar sus clases, sobreponiéndose a la sobrecarga de tareas y nutriéndose de estrategias alternativas. Procurando dar un salto cualitativo auténtico, en lugar de destinar esfuerzos a la migración de un bloque expositivo hacia aplicaciones de videoconferencia. A pesar de ello, la disparidad se patentizó. Si bien se sucedieron propuestas de valor en medio de esta actuación apremiante, coexistieron con clases unidireccionales, lejanas del core de una auténtica educación en línea promotora de pedagogías activas y colaborativas con foco en los estudiantes.
En este marco, la evaluación se presenta como un problema a la hora de acreditar conocimientos. Pues se agiganta la obsesión por que el alumno no se copie, dentro de un enfoque que rinde culto a la memorística de datos fácticos y otorga un peso contundente a la instancia final. No obstante, en la actualidad sabemos que la clave parece estar lejos de este empeño y que descansa en el diseño e implementación de actividades potentes de aprendizaje, dentro de un esquema evaluatorio continuo y formativo anclado en la lógica del seguimiento y la retroalimentación.
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Como vemos, la presencia social es un componente central en una educación que otorga relevancia a las interacciones, posibilitando la personalización de la experiencia. Está probado que presencialidad no es sinónimo de comunidad. Y que sí puede serlo una propuesta híbrida que brinde una vivencia de cercanía a los diferentes actores, trascendiendo las pantallas. Porque, si bien es verdad que el cara a cara abre perspectivas de diálogo y encuentro, no las asegura. De ahí que el vínculo profesor-estudiante no esté ya definido por la proximidad física, sino por la presencia real, marcada por una disposición empática y una escucha atenta que no son excluyentes de uno u otro entorno.
Dentro de este paradigma educativo, se podrán alcanzar altos estándares de calidad, ya que su esencia favorece el desarrollo de competencias transversales, como la autonomía, la autorregulación y el aprender a aprender. Comporta un saber hacer, un querer hacer y un poder hacer, que despejan el camino de la futura inserción de los graduados en el mundo del trabajo, integrando los insondables abismos subyacentes entre la teoría y la práctica.
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La autora es profesora de la Universidad Austral, especialista en Educación y Nuevas Tecnologías.
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