Michel Houellebecq y el conservadurismo popular

Michel Houellebecq (Shutterstock)
Michel Houellebecq (Shutterstock)

Hace unos días terminé de leer Plataforma, mi quinta novela de Michel Houellebecq. Este célebre autor francés, considerado por muchos el novelista más importante de nuestro tiempo, no sólo ha despertado interés por sus cualidades estilísticas sino por la manera en que retrata a la sociedad occidental.

De esta manera Houellebecq retoma la tradición de aquellos grandes novelistas que, como es el caso de Honoré de Balzac y Fiódor Dostoievski, han tenido la capacidad y la ambición suficientes para describir la psicología y los vínculos que unieron a los hombres y mujeres de su época. Y al igual que Balzac y Dostoievski, el autor de Las partículas elementales es un crítico de la modernidad, un conservador que pone foco en las miserias (y bondades) que definen a nuestro tiempo.

En primer lugar, Houellebecq considera que Francia y Occidente están en decadencia. Un posible responsable es el islam. No solo por su presencia en las calles de Francia, sino por el rol que ya ocupa en el pensamiento de su país. Recordemos en este sentido que su obra Sumisión causó gran revuelo en Occidente. La novela describe a una Francia del futuro, ubicada más precisamente en 2022, que de manera paulatina y sin demasiada resistencia es tomada por el islam. Pero detrás de las críticas que Houellebecq presenta sobre el islam se esconde cierta admiración por una civilización que se muestra más segura de sí misma que la occidental.

Efectivamente, para el autor Occidente y Francia ya no saben qué son. En parte esto se debe a la obsesión liberal por alcanzar la igualdad “hasta el ridículo”, utilizando para ello el poder de un Estado que intenta eliminar diferencias culturales y sociales que una parte importante de la población (la menos poderosa) aún quiere preservar. Culpa de esto a las élites parisinas, pero también podría referirse a las de Nueva York o Londres. Sus proyectos, como el de la Unión Europea, que para el pensador francés intenta “matar” a las naciones que la componen, no responden a los deseos del ciudadano común sino a una ideología definida por el liberalismo en lo económico y el progresismo en lo social.

El principal aliado de las élites en esta tarea es la cultura de lo políticamente correcto, herramienta que les ha permitido, mediante su presencia en los medios de comunicación, incentivar la autocensura de los que piensan diferente. De esta manera, el único mensaje que según Houellebecq le llega a la población es el que ellos proponen, produciendo así un estado de atomización en donde el individuo se preocupa por sí mismo y pierde el deseo de defender a su nación o a la cultura a la que pertenece.

Para Houllebecq el liberalismo en su forma actual ha empobrecido la vida de numerosos individuos que, al no tener un modelo fuerte de familia, un trabajo fijo o una religión que ayude a sociabilizarlos tienen que resignarse a vivir un tipo de vida que no eligieron. Lo que termina prevaleciendo entonces, sobre cualquier otro tipo de consideración, es la búsqueda de la eficacia económica. De hecho, los personajes de las novelas Houellebecq carecen tanto de capital físico y familiar como de estabilidad psicológica. Y esto es lo que los lleva a una depresión que es tratada a través de fármacos o mediante una vida sexual completamente desligada del amor.

El conservadurismo del autor también se ve reflejado en sus críticas a la sociedad, y al feminismo en particular, por haber destruido el sentido de virilidad. Esto no solo se traduce en una pérdida de voluntad al momento de enfrentar a los enemigos externos de su país, sino en una baja en la natalidad que, según esta visión, está llevando a Occidente, y a Europa en particular, a la muerte.

Ni el islam, ni ninguna otra amenaza externa son entonces responsables de la degradación moral de Occidente. Son las élites, que desprecian a su propio pueblo. Y como respuesta, ahora el pueblo comienza a odiar a sus élites. Esta tensión, sostiene Houellebecq, explica el desmembramiento que están experimentando muchos sistemas políticos. Podríamos incluso entender la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y la aparición de los chalecos amarillos en Francia -que Houllebecq predijo en su novela Serotonina- como productos del descontento popular con la clases dirigentes.

De hecho, la relevancia del pensamiento de Houellebecq en parte se debe a que es uno de los pocos antecedentes intelectuales del conservadurismo popular. Este movimiento político, que en los últimos años se ha expandido alrededor del mundo, continúa con la tradición conservadora, pero se diferencia de esta en al menos dos aspectos: su falta de moderación y su profundo antielitismo. Esto es algo que encontramos en Donald Trump, Vladimir Putin, Narendra Modi y Benjamin Netanyahu, entre otros líderes actuales.

Muchos de los temas que sobrevuelan los libros de Houellebecq pueden disgustarnos, pero no por ello debemos dejar de reconocer su talento y originalidad. Sus libros nos ayudan a tomar consciencia sobre aspectos de nuestras vidas y sociedades que muchas veces preferimos ocultar. Particularmente el estado de alienación en el que se encuentran millones de individuos, carentes de la contención y del sentido de identidad que los trabajos estables e instituciones como la familia y las religiones les brindaron a sus antepasados.

El autor es secretario general del CARI y global fellow del Wilson Center.



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