
El Fondo Monetario Internacional (FMI) acaba de publicar sus últimas proyecciones económicas. Si bien es cierto que en medio de este caos global es difícil hacer predicciones, los datos han sido fulminantes.
Las economías de todos los países de la región enfrentarán una recesión, el mundo caerá 4,9% y se espera que el PBI argentino se contraiga en 9,9%. Es decir que, si se cumplen los pronósticos del Fondo, la economía nacional enfrentará el peor derrumbe económico desde el año 2002, cuando el PBI cayó 10,9%.
Ahora bien: ¿qué quiere decir esto? ¿por qué los economistas se preocupan cuando estos datos se conocen y, más aún, cuando los mismos efectivamente ocurren?
Porque como en cualquier familia, el ingreso y la producción van de la mano. Lo que está proyectando el FMI es la evolución del Producto Bruto Interno de Argentina. Es decir, la cantidad de bienes y servicios que se producirán en 2020.
Así, si el año pasado Argentina produjo 100, se espera que en 2020 produzca 100 menos 9,9. Es decir, 90,1.
Traslademos eso al plano de una panadera que tiene un negocio de producción de galletitas. Nuestra panadera el año pasado produjo en su negocio 1.000 latas de galletitas, pero ahora solo produjo 901. Si cada lata era vendida por, digamos, $ 100, el año pasado generó ingresos por $ 100.000, que este año solo serán $ 90.100.
El problema es que al mismo tiempo que se cayeron los ingresos, el gasto de la empresaria aumentó. Es que como estaba yendo bien su negocio, ella y su esposo decidieron tener un segundo hijo. La pareja se enfrenta ahora a la situación de tener más bocas que alimentar y menos ingreso para hacerlo.
Volviendo al a economía en su conjunto, una caída del PBI implica que habrá menos bienes y servicios producidos, pero que esos bienes y servicios deberán ser distribuidos entre más personas. Cada año se estima que la población crece en un 1%. O sea que, si la producción cae un 9,9%, la producción per cápita caerá 10,8%. Esto lleva a una nueva y lamentable conclusión: los argentinos seremos todos más pobres, por el simple hecho de que ahora hay menos bienes para satisfacer las necesidades de una mayor cantidad de personas.
La caída del PBI también afectará los niveles de empleo. Si hay menos producción, quiere decir que hay menos empresas fabricando bienes o produciendo servicios. En concreto, algo que ya está viendo es que un número increíblemente grande de empresas está decidiendo cerrar sus puertas.
Esto ocurre por varios motivos. El Covid-19 ha afectado negativamente la demanda de esos negocios. Por otro lado, la cuarentena impide que muchas empresas siquiera puedan facturar una mínima parte de lo que facturaban. Por último, las trabas para despedir empleados condenan a la empresa a la muerte.
Así las cosas, menos producción es menos empresas funcionando y, finalmente, una mayor tasa de desempleo, que podría llegar tranquilamente al 15%. Durante la crisis del 2002 el desempleo llegó a superar el 20%. Trayendo esos números a la actualidad, la cantidad de desempleados podría llegar a superar los 3 millones, incrementándose en un millón las personas afectadas por esta situación.
El Covid-19 ha caído como un terremoto sobre las economías globales. Pero no menos fuerte han impactado las medidas restrictivas que todos los gobiernos, en mayor o menor medida, tomaron para enfrentar una enfermedad que hasta el momento solo contagió al 0,13% de la población global.
La historia dirá si nos pasamos de rosca con la reacción frente a esta pandemia. Pero a la luz de los datos que van conociéndose, uno ya podría intuir que sí.
El autor es director de Iván Carrino y Asociados y subdirector de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE
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