Nunca fue más fácil vigilar y castigar

Foto de archivo: un hombre con barbijo camina al lado de un comercio cerrado por la cuarentena obligatoria dispuesta para evitar la expansión del coronavirus en una calle céntrica de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. 22 mayo, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian
Foto de archivo: un hombre con barbijo camina al lado de un comercio cerrado por la cuarentena obligatoria dispuesta para evitar la expansión del coronavirus en una calle céntrica de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. 22 mayo, 2020. REUTERS/Agustin Marcarian

Al tratarse de un virus nuevo y desconocido, es frecuente encontrar información contradictoria sobre el COVID-19 por parte de científicos y epidemiólogos en lo que se refiere a su comportamiento y evolución. Por ese motivo, conviene atender principalmente a los datos fríos cuando se busca hacer un análisis que vaya más allá de lo puramente fenoménico.

El 26 de marzo, científicos del Imperial College de Londres dieron a un conocer un informe en el que, basados en los modelos matemáticos con los cuales trabajaban, pronosticaban que el coronavirus dejaría 40 millones de muertos si no se tomaban medidas drásticas de confinamiento y, aún ese caso, las muertes no serían, en el escenario más optimista, menores a los 20 millones, 500.000 de las cuales solamente en Gran Bretaña. Fue sobre este informe, severamente cuestionado, que el Reino Unido cambió su política sobre el modo de enfrentar la pandemia y también fortaleció el convencimiento de la mayor parte de los países del globo de imponer cuarentenas estrictas a toda su población, aún con el riesgo cierto de una masiva destrucción de la economía y de un sinfín de muertes colaterales ocasionadas por esas mismas medidas.

A dos meses de la publicación de ese informe, y según los datos actualizados de la Universidad John Hopkins, en el mundo hay 380.000 muertos por Covid19. El seguimiento de las curvas de contagios, además, muestra que así como fue abrupta su escalada, abrupto es también su descenso. Es razonable pensar que, cuando la epidemia termine su recorrido por el planeta, dejará en torno al millón de muertos, apenas un 5% de lo que pronosticaba el informe del Imperial College para el mejor escenario, y un número similar al que dejó la pandemia del H3N2 de 1968, y que ya nadie recuerda.

Estos datos fácilmente constatables permiten concluir que se creó un monstruo, en el que todos creyeron, y que no era tal. Y que fue con el convencimiento más o menos sincero de la existencia de ese monstruo imaginario que se tomaron decisiones que afectarán al mundo durante los próximos años. Como lo admitió hace pocos días la primera ministra de Noruega Erna Solberg, ella tomó la decisión de poner en cuarentena a su país “por miedo” y “algo de pánico”. Viene bien recordar la metáfora que usó el profesor John Ionnidis, de la Universidad de Stanford, del elefante que saltó al vacío por temor a un gato doméstico.

Pero lo interesante de la experiencia por la estamos transitando, convertida en un incuestionable ensayo de ingeniería social, es que se ha demostrado que resulta muy fácil infundir pánico, en los gobernantes y en los gobernados. “Basándonos en la información que teníamos, tomamos una estrategia de precaución”, explicó la misma premier noruega. ¿Y quiénes proveían esa información que se ha revelado brutalmente equivocada? Una élite científica. Esos datos erróneos, expandidos con la ayuda de buena parte de los medios de comunicación, crearon rápidamente un monstruo que generó miedo en la población y que pronto se convirtió en pánico. Afirma Yoram Lass, ex director general de Sanidad de Israel: “Se ha lavado el cerebro de poblaciones enteras. Lo que resulta de ellas es miedo, ansiedad e imposibilidad de analizar estadísticas reales. Ello genera todos los ingredientes para una histeria monstruosa”.

En tal estado de terror, resulta muy fácil convencer a la población a que resignen derechos, aún los más básicos, ya que sus gobernantes los están protegiendo de un temible monstruo que ronda por la ciudad listo para devorarlos. Y la gente, en un primer momento al menos, se muestra conforme y agradecida por el padrecito zar que los está protegiendo, incluso con aplicaciones en sus celulares que permiten rastrear cada uno de sus movimientos. Nunca fue más fácil vigilar y castigar. El panóptico de Foucault, ese dispositivo de vigilancia permanente cuya mayor efectividad consiste en que la persona se autolimite porque se sabe controlada, puede alcanzarse de un modo mucho más sencillo que construyendo enormes y costosas cárceles. Basta crear un monstruo y una app.

No se trata de negar la existencia de un virus desconocido y particularmente agresivo y contagioso que se ha extendido por toda la geografía terrestre. Tampoco de cuestionar la conveniencia o inconveniencia de las medidas tomadas por el gobierno nacional y los gobiernos provinciales en el ámbito de la cuarentena obligatoria. Pero sí es necesario discutir las situaciones concretas que ocasionan y que constituyen avasallamientos de derechos fundamentales. Si aislamos los hechos, despojándolos de las circunstancias que lo han originado, vemos fácilmente que son disposiciones que corresponden más bien a una dictadura de tipo soviético y que resultan inconcebibles en regímenes democráticos.

Se trata de medidas tomadas por gobiernos que intentan evitar que el monstruo devore a sus poblaciones y a ellos mismos. Y en una situación de incertidumbre como la actual, podrían estar justificadas. Lo peligroso e inquietante, como señala Yuval Harari, es que la excepcionalidad se transforme en hábito.

Cuando el Covid-19 haya pasado, lo cual ocurrirá más pronto que tarde, opino que las sociedades deberán tomar varias previsiones frente a la eventualidad de la aparición de casos semejantes. Y una de ellas será impedir la creación de nuevos monstruos, para lo cual, los informes científicos sobre los cuales los gobiernos deciden las medidas adecuadas de protección social, deberán ser debidamente contrastados, del modo más amplio posible, a fin de evitar que las élites científicas hegemónicas sean las que establezcan indiscutidamente sus criterios.

El autor es profesor de la Universidad Nacional de Cuyo, investigador del Conicet y científico invitado de la Universidad de Oxford.


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