
Este martes por la tarde me enteré por Infobae del fallecimiento del médico argentino Fernando Morales en Tanzania.
Sufrí un fuerte impacto emocional por varias razones.
En primer lugar por la muerte de un argentino que dedicó 25 años de su vida a su vocación inquebrantable de médico al servicio de las poblaciones más vulnerables del continente africano. También por la situación en que quedaron sus dos pequeños hijos en la lejana Tanzania y su esposa en la Argentina, imposibilitada de estar junto a su familia en tan terribles momentos, debido a este “hecho social total” como describen las ciencias sociales a la pandemia del coronavirus, que nos convoca a un verdadero multilateralismo inclusivo que se base en la solidaridad.
En segundo término, el fuerte impacto también tuvo que ver con el hecho de haberlo conocido en mayo del 2000, en ocasión de haber sido secuestrado junto a 318 Cascos Azules de las Naciones Unidas por las fuerzas rebeldes de Sierra Leona.
En aquel momento me encontraba como embajador de la Argentina en Nigeria y al mismo tiempo era embajador no residente argentino en otros 11 países, entre ellos Sierra Leona.
Recuerdo el llamado del Canciller argentino de aquel entonces, Adalberto Rodriguez Giavarini, a las 4 de la mañana, instruyéndome para hacer todo lo que estaba a mi alcance para saber su exacto paradero y posterior liberación. Los principales medios de nuestro país informaban de su secuestro y de los 318 hombres de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas.
La distancia entre Freetown (capital de Sierra Leona) y Lagos (Nigeria) es de más de 2500 kilómetros. Llamé en forma inmediata al embajador de Sierra Leona en Nigeria -un buen amigo- para que solicitara noticias a su Canciller sobre el paradero de Morales; un poco más tarde me reuní con la directora de Médicos sin Fronteras para el África Occidental y con autoridades nigerianas.
Nadie tenía la menor noticia de dónde se encontraba ni en que condiciones físicas estaba, ya que podría estar herido.
Finalmente recurrí al embajador de los Estados Unidos en Sierra Leona, a quien conocía por haber sido anteriormente el Ministro Consejero de la embajada de ese país en Nigeria.
Alrededor de ocho horas después recibí el llamado del embajador norteamericano en Sierra Leona quien me dio la formidable noticia que habían conseguido liberar al doctor Morales, quien se hallaba en camino a su residencia en un helicóptero de las FFAA de su país.
Sentí una alegría inmensa y un enorme alivio e inmediatamente informé al Canciller argentino, quien lo transmitió a la familia de Fernando y a los medios argentinos que se hallaban muy pendientes del la situación del médico.
En nuestra carrera diplomática, frecuentemente nos encontramos en situaciones difíciles, a veces extremas. Cuando superamos esos momentos de extrema tensión, particularmente en países tan lejanos y muchas veces sin contar con recursos ni infraestructura suficientes, nos sentimos satisfechos y orgullosos por el deber cumplido, acorde con nuestro juramento de lealtad y servicio a la nación argentina.
Con posteridad a su liberación, charlamos horas con el Dr. Fernando Morales, un joven de escasos 32 años en aquel entonces, un ser excepcional que estaba dedicando lo mejor de sí como médico y como persona de enorme sensibilidad para ponerse, desde la organización de Médico sin Fronteras, al servicio de las más desposeídas poblaciones del África Subsahariana.
Valga pues esta sincera y emotiva nota, mediante la cual brindo mi más sentido homenaje al doctor Fernando Morales y su familia.
El autor fue embajador de la Argentina en Nigeria y Filipinas
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