
En medio, y al borde y afuera y adentro, de una terrible explosión económica aparece el murciélago, que es verdad que existe, que no es joda, que nos tenemos que quedar en casa, que nos mata, que todo lo que ya dijeron los medios durante los últimos 15 días hasta generarnos un terror de no poder mirar al de al lado ni hablarle; denunciarlo si escuchamos que se ríe y putearlo si escuchamos el picaporte de su puerta.
Mientras tanto, nos preguntamos por qué la prisión domiciliaria, cuando algunos con el dedo parado nos siguen ordenando lo que tenemos que hacer y en realidad ellos no tienen ni idea de lo que van a hacer con lo que nos pasa.
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Sospechas, vacunas, antídotos, espera y cuarentena. Nadie se queja, nadie habla y nos sentimos dichosos si conseguimos un salvoconducto para ir al baño y se amplía la cuarentena y las clases no empiezan y todos cumplimos, porque hay que cumplir.
Esto es real, porque si no nos cuidamos nos morimos. Lo que no entiendo es que haya una parte del país pudiente que consiguió el salvoconducto y otra gran parte del país pobre que no lo necesita ya que no tiene casa, ni cama, ni servicios sanitarios donde refugiarse.
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Mientras tanto las miserables especulaciones políticas nos llevan a creer que el aplauso de las nueve es para el héroe nacional, el hijo de Néstor y Raúl, nos llevan a imprimir en nuestro cerebro que hay un gran hermano que nos vigila, y que dice que nos va a salvar, que ha sacado a la calle unas vapuleadas fuerzas armadas a las que se encargaron sistemáticamente de denostar durante años para que en algún reducto de nuestra conciencia recordemos la maldita dictadura y recuperemos el miedo que tanto tardamos en perder.
Otra vez el documento en la mano, otra vez el “me dejaron pasar”, otra vez la sospecha hacia el de al lado, todo cubierto por un discurso proteccionista de unidad nacional que cierre la grieta y nos olvidemos de los choreos sistemáticos de los últimos 20 años.
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Lo malo es que en la angustia del adentro lo único que nos preocupa es cuándo podremos volver a ser libres, salir a la calle, comer con nuestra familia, abrazar a un amigo; ya las ambiciones quedaron relegadas a un barbijo y un poco de alcohol en gel.
En el periodismo se reavivó la frase “a Cristina no se la toca”, y la censura vuela al lado del murciélago, y lo que hasta ayer era una banda de delincuentes hoy se ha convertido en Noe conduciéndonos en el arca hacia la tierra prometida.
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Ojalá que cuando el murciélago se vaya no quedemos muertos en vida siendo victimas de la censura y teniendo que portarnos bien para no ser castigados y lograr el salvoconducto, porque tal vez cuando todo esto pase nos habrán destruido tanto que nos preguntaremos qué sentido tiene haber sobrevivido si otra vez perdimos la libertad.
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