
Y bueno, nos tocó a nosotros. Los que creíamos que nos llevábamos el mundo por delante. Los conquistadores de planetas y de la Luna. Los que con buenas vitaminas vivíamos hasta los 100. Los que surcábamos los cielos y los mares para otear el mundo. Los que podíamos viajar en primera o en colectivo. Derrochar energía, luz o agua. Cada tanto alguna patera africana venía a darnos muestra del espanto posible, pero eran las menos. Y luego de algún gesto humanitario nos olvidábamos de ellas. Cada tanto algunas bombas desquiciadas rompieron nuestra ficticia tranquilidad y nos dieron lo que creíamos era un susto de muerte.
A nuestros abuelos y ancestros les tocaron cosas peores. No tener penicilina. No tener derechos. Ir a la guerra sin celulares. Morir de una puta otitis. No tener alisados ni Botox. Alguna peste bubónica horrorosa. No tener quimio ni esperanzas. Hambre de hambre verdadera, esa de pelar cebollas para sobrevivir.
Hoy rompemos moldes. Las mujeres fuimos empoderadas. Hoy todos votamos y opinamos. Podemos denunciar maltratos. Nos salvan de un infarto con un pituto que llaman stent. Nos ponen cristales en los ojos para ver hasta que cumplamos un siglo. Los remedios limpian nuestras arterias de las malas grasas que adoramos consumir. La comida viene limpia y empaquetada, no la salimos a cazar y el wifi nos conecta con todo el planeta. Le pusimos temperatura al aire que nos rodea y ruedas a nuestros universos personales para llegar adonde sea.
Eso sí. Un invisible y pequeñísimo bichito nos mandó a guardar. A reflexionar. Tenemos la oportunidad y el tiempo de preguntarnos qué hemos hecho con nuestros talentos. Dónde dejamos nuestra solidaridad y responsabilidad. Hacia dónde queremos ir, de poder hacerlo. Cuánto nos soportamos a nosotros mismos entre nuestras cuatro paredes. Qué se siente en este arresto domiciliario forzoso. Podemos preguntarnos qué sintió Ana Frank tras el ropero. Cuánto miedo asoló sus días mientras los nazis la cercaban. Qué sintió la madre del soldado que no volvía por meses y meses de lejanas fronteras. Y que quizá jamás volvió. De qué vale el dinero que no podemos gastar. Cómo se siente el miedo de ser el próximo prójimo con un tubo clavado en el cuello para poder respirar. Eso, si efectivamente hay un tubo. ¿Para qué tener el mejor camarote si vamos todos a la deriva en el mismo trasatlántico infestado?
Es el momento de que los más jóvenes apaguen por un rato la pantalla que los ilumina y miren el horizonte que les toca. No será fácil. Porque quizá haya alguna lección escondida en este virus con corona que reina y nos acorrala. Somos un ejército de humanos vulnerables en tiempos en que las murallas de las que escribió Camus no son suficientes.
El Covid-19 no discrimina, quizá a los más vulnerables los ataque antes, pero tiende a ser profundamente democrático. Viene a decirnos al oído que el tiempo de las certezas se nos ha acabado. Que debemos empezar a decidir qué valorar. Que la fiebre es síntoma de una enfermedad. Una enfermedad que ha impregnado de prepotencia a la sociedad moderna. Que hemos gastado más en pagar sinsentidos y frivolidades que invertido en mejorar al mundo. Esto ya lo dijo el mismo Bill Gates hace varios años.
No alcanzarán los barbijos ni los alcoholes en gel para preservarnos de morir de ese horrible egoísmo de querer salvarnos solos. De esto se sale con amor y cuidado. Con conciencia y prudencia. Con colaboración y sin pánico.
Aplaudir a los médicos y a los científicos que exponen sus propias vidas y hacen un esfuerzo denodado por salvar al mundo, es lo menos que se puede hacer desde los balcones del confinamiento. A ellos les debemos casi todo.
Resulta claro que debemos andar más livianos, más desnudos de ambiciones y más llenos de alma.
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