
Aunque la infancia no es ajena, es en los años juveniles cuando, con más fuerza y casi sin saberlo, se empieza a presentar la idea de pertenencia en nuestras vidas.
Así, las primeras pertenencias que yo identifico tienen que ver más con lo social. No es lo mismo ir a un colegio que a otro, como no lo es ir a un club que a otro. Hasta la ciudad o el barrio definen la pertenencia en esos años.
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En el colegio secundario, cuando estamos en el crucial proceso de fortalecer y consolidar la personalidad y nuestra identidad, también es importante formar parte de los grupos que mejor consideramos o valoramos. Tener o no habilidades deportivas es algo que define ciertas pertenencias en la etapa de formación. Así, por ejemplo, la pertenencia al grupo de los buenos deportistas genera ventajas en un terreno muy valorado en la adolescencia: el éxito con las chicas.
Cierto es que en ello gravitan mucho nuestras creencias, que son esencialmente mutables a medida que vamos madurando.
En la etapa universitaria, si la hay, a todo lo descrito se suma un nuevo escenario existencial en el que comienza a regir poco a poco la presencia del talento intelectual; y se empieza a elegir con quién queremos estar según nuestras afinidades personales e incluso políticas.
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La pertenencia en la adultez
En la adultez, la idea de pertenencia, lejos de perder gravitación, cobra la mayor relevancia y es el fruto de un proceso vital vinculado con nuestro entorno y nuestra historia personal. Nuestras creencias se han asentado y elegimos pertenecer a los segmentos sociales, laborales y profesionales en los que encontramos identificación.
Pertenecer nos da seguridad, confianza y hasta placer. La pertenencia social se exhibe en las elecciones concretas que hacemos en nuestra vida. Por ejemplo, en el lugar de veraneo, en la elección de los colegios para nuestros hijos, etc. De allí que, naturalmente, el tener una buena posición económica gravite de manera importante a la hora de hacer posibles unas u otras pertenencias.
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Llegados a este punto, es imprescindible mencionar el fenómeno global que se observa en torno a las denominadas “tribus urbanas”. Son muy variadas, pero con una nota común: el deseo de los individuos de agruparse en torno a valores, costumbres y maneras de vivir.
Una pertenencia que conviene promover: a la Sociedad Civil
Pero también buscamos estar con personas que sienten como nosotros en términos cívicos y/o políticos: nuestros semejantes. En esta elección cuenta la sensibilidad común frente a lo que pasa en el país y en el mundo.
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Aquellos que dedican un tiempo a la labor cívica pueden calmar, de alguna manera, la angustia y la ansiedad por todo lo negativo que sucede en la actualidad (catástrofes naturales, guerras, pobreza, corrupción política, etc.).
Vivimos en una realidad frente a la cual nuestra capacidad de incidencia es muy reducida, lo que conlleva el peligro de que aparezca una tentación nihilista, la que puede operar como liberadora del para mi imperativo deber de los ciudadanos de implicarnos con lo público, por ejemplo, como integrantes activos de la Sociedad Civil.
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Hace 50 años, Víctor Massuh escribió en su libro “Nihilismo y experiencia extrema” (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1975): “El nihilismo es la bomba terrorista lanzada en la cultura contemporánea para hacerla saltar en mil pedazos“, una metáfora inquietante y provocadora, aunque al mismo tiempo útil e inspiradora; quizás capaz de lograr el necesario e imprescindible fortalecimiento de la pulsión cívica y de la Sociedad Civil.
Dice el profesor chileno de Derecho Administrativo Gustavo Fiamma Olivares: “La mayoría de los males que afectan al sistema social serían evitables si los ciudadanos, en vez de pensar que nada podrían hacer para remediarlos, tomaran conciencia de que lo público es también parte de lo suyo, y que, por consiguiente, estarían legitimados para accionar ante los tribunales de justicia en pos de su protección y defensa”.
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“Lo público lo defiendo, es mío” (publica defendo, mea sunt), está llamado a ser un principio general del Derecho.
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