FOTO DE ARCHIVO: El ministro de Economía argentino, Martín Guzmán, asiste a una conferencia de prensa en Buenos Aires, Argentina, el 11 de diciembre de 2019 en esta foto de archivo. REUTERS/Mariana Greif
FOTO DE ARCHIVO: El ministro de Economía argentino, Martín Guzmán, asiste a una conferencia de prensa en Buenos Aires, Argentina, el 11 de diciembre de 2019 en esta foto de archivo. REUTERS/Mariana Greif

La economía argentina está en “pausa”. No avanzamos ni retrocedemos. Tenemos múltiples problemas que no progresan o a los que no se les encuentra solución. Si fuera un dibujito animado, parecería detenida en el aire, y no sabemos si pronta a volar o a estrellarse. A diferencia de los dibujos, donde el protagonista casi siempre sale bien parado a pesar de las vicisitudes, en la vida real eso no puede asegurarse.

Desde las PASO y fundamentalmente desde que asumió el nuevo gobierno, tenemos múltiples cambios en reglas de juego. Mejor dicho, múltiples suspensiones de reglas de juego “sólo por 180 días”, hasta tanto haya nuevas decisiones. Esto paraliza a la economía: no sabemos lo que ocurrirá el día 181 y así es difícil para empresas y personas tomar decisiones. En esta situación están las jubilaciones, la ley del conocimiento, las obras sociales, las exportaciones, las tarifas, y muchos temas más. Ni hablar de la deuda del Estado nacional y provincias.

Las razones por las que se tomó la decisión de una Ley de emergencia tan amplia y de iniciar conversaciones para reestructurar la deuda se basan en la falta de fondos para cumplir con todos los compromisos. Aquí el primer dilema del Gobierno: ¿lograr más recursos en el corto plazo, con mayores retenciones e impuestos, a costa de menor crecimiento? ¿O fomentar el crecimiento sin aumentar impuestos y reduciendo el gasto? Se optó por una mezcla de ambos: menos gastos en jubilaciones y más impuestos. Otro dilema es la necesidad de financiar al Estado sin acceso a nueva deuda, pero sin generar más inflación por mayor emisión. Se decidió por anunciar renegociación de deuda -que no genera más fondos- y utilizar las reservas del BCRA para pagar los vencimientos actuales debilitando aún más a la ya muy golpeada política monetaria.

Ninguna de estas decisiones puede mantenerse en el tiempo. Si a esto sumamos el cúmulo de temas a definir en el corto plazo, no es de extrañar que haya un “impasse” en la economía. Para ser justos, es difícil que la inmensa cantidad de nuevos funcionarios pueda estar al tanto de las actividades y decisiones -buenas, regulares o malas- que en cada caso se estaban tomando hasta que asumieron. Esto también necesariamente demora todo tipo de definiciones.

Más útil sería un enfoque en que se “anclan” algunas variables, para que sirvan de referencia. Por ahora se está utilizando solamente el valor del dólar, con grandes restricciones. Pero no es útil ni sostenible. Hasta que no se defina qué ocurrirá con la política energética no podremos saber qué inversiones habrá, hasta que no se definan las tarifas no podremos saber qué subsidios habrá, hasta que no se vea el impacto de las retenciones y aranceles en comercio exterior no podremos saber qué saldo en divisas habrá. Por lo tanto, no podremos saber por cuánto tiempo se puede mantener el ancla del dólar.

Podría hacer el mismo razonamiento respecto a la deuda: hasta que no se sepa en qué condiciones se pacta la tasa de interés la misma será fenomenal, con esa tasa no hay crédito interno posible, sin crédito es imposible crecer, sin crecimiento es imposible pagar la deuda… ¡cualquiera sea las condiciones que se pacten!

No quiero aburrir con más ejemplos: ¿queda claro que no se pueden tomar decisiones aisladas? Justamente por eso en las economías desarrolladas se establecen ciertas reglas de juego que ayudan a las familias y empresas a tomar sus decisiones. Esperemos tenerlas pronto… y que sean consistentes entre sí.

La autora es economista de la UCEMA