
Luis Lacalle Pou ha ganado por algo más de un punto, 30.825 votos. Esto está fuera de discusión. Pero los votos observados son 35.019, más que la diferencia, aunque no mucho.
El Frente Amplio, la coalición de centroizquierda que gobierna el país desde hace 15 años, hizo una presentación para que se postergue anunciar el resultado, hasta que se verifiquen los votos observados. El candidato que había quedado primero lo aceptó. Se trata de una demora de tan sólo algunos días; el resultado final podría conocerse el próximo viernes 1° de diciembre.
Ello no impide reflexionar sobre el cambio que en la política regional tendrá un eventual triunfo de Lacalle y lo que ello puede implicar para la política exterior del nuevo gobierno argentino. Esto ya permite una reflexión: en política exterior, la dimensión de los países juega, pero es relativa y no absoluta.
Si se confirmara el triunfo del candidato opositor, con este resultado, 8 de los 10 países iberoamericanos de América del Sur estarían reconociendo al gobierno provisional de Bolivia. Sólo Argentina y Venezuela seguirían sin hacerlo. En América Central, sólo Nicaragua mantiene la misma posición.
Cuando se esperaba un giro hacia el centro-izquierda en la región, esto hoy no parece tan claro.
Hasta el año pasado, en la región, Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua integraban la Alianza Bolivariana de las Américas, el ALBA, fundada por Fidel Castro y Hugo Chávez.
Desde entonces, dos, Ecuador y Bolivia, han abandonado esta posición.
Puede decirse que hay tres gobiernos de centroderecha que se ven amenazados por protestas en la calle: Ecuador, Chile y Colombia. Pero también lo están los dos únicos países del ALBA que quedan en el territorio continental: Venezuela y Nicaragua, mientras que Cuba no lo está políticamente, aunque si económicamente.
Si bien puede no estar clara la dirección de la región, sí parece estarlo la foto de hoy.
Queda México, que mantiene su posición tradicional en materia de política exterior: la no intervención en asuntos externos de otros países.
No hubo presencia de funcionarios del gobierno mexicano en la Cumbre del Grupo de Puebla en Buenos Aires, sí de un ex candidato, como Cuauhtémoc Cárdenas; el gobierno de López Obrador postergó la visita de Alberto Fernández después de las PASO, hasta que fuera Presidente electo, para no interferir en el proceso electoral argentino; recibió a Evo Morales, por “razones humanitarias”; mantiene una posición “neutral” en Venezuela de acuerdo a su tradición de defensa de la soberanía de los Estados y se niega a asumir roles de “liderazgo”, tanto en la política regional como global.
La postura del nuevo gobierno argentino es de tipo “militante” en relaciones internacionales -como muchas veces la asumía también Mauricio Macri en la orientación contraria-, en una línea que hoy es claramente minoritaria en América del Sur y en la América Latina continental.
Pero el nuevo gobierno recién asumirá el 10 de diciembre y esto le puede permitir realizar “ajustes” en su política exterior.
<b>Antecedentes de no injerencia en política exterior en la Argentina</b>
La de Argentina tiene antecedentes similares a la posición tradicional mexicana. El momento más “brillante” tuvo lugar en las primeras décadas del siglo cuando en la segunda presidencia de Julio A. Roca se mantuvo una estricta neutralidad en las guerras de la época, la de los Boers en el Sur de África y la que tuvo lugar entre España y Cuba por su independencia. El reconociendo de Panamá se realizó en conjunto con Brasil y Chile, en una actitud en la cual se reconoció que había comenzado a funcionar un nuevo Estado. Se fijó la doctrina Drago, por la cual Argentina rechazó que una coalición militar de Gran Bretaña, Alemania e Italia ocupara la aduana de Venezuela para cobrar las deudas de un default. Esta posición tuvo amplio apoyo regional y global.
La misma tradición mantuvo el gobierno de Figueroa Alcorta, para reconocer el gobierno de Francisco Madero en México en 1910, que también se realizó en conjunto con otros países de la región.
En 1914, al iniciarse la Primera Guerra Mundial, el gobierno de Victorino de la Plaza mantuvo una estricta neutralidad, pese a los intereses económicos que vinculaban a Argentina con el Reino Unido.
Esta tradición de no involucrarse en asuntos de otros países continúa en la posguerra de Hipólito Yrigoyen: en la de Agustín P. Justo, al obstaculizar la hegemonía regional de los Estados Unidos y luego con la Tercera Posición de Perón. Gestos de esta política se dan con Arturo Frondizi frente a la exclusión de Cuba del sistema interamericano y con Arturo Illia respecto a la intervención extranjera en Santo Domingo.
Es la plenitud de la “Guerra Fría” en la región lo que ideologiza las relaciones exteriores en América Latina desde la segunda mitad de los años sesenta.
La diferencia entre neutralidad y política militante es el enfoque que quizás debería analizar el gobierno que asume el 10 de diciembre, para que Argentina mantenga libertad de acción y evite el riesgo de quedar alineada con los países del ALBA.
El autor es director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría
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