
“Desde lejos no se ve”, reza en una de sus frases más icónicas el cancionero nacional. La regla parece cumplirse, cuando en la vorágine por saber el precio diario del dólar, o en la ansiedad (justificada) por conocer cuáles serán las medidas económicas del nuevo gobierno, o incluso las del saliente, dejamos allá lejos en el olvido las décadas que nos costaron a los argentinos poder celebrar una nueva alternancia presidencial dentro del marco de la democracia. Algo del pasado, pero no tanto.
Al mismo tiempo, entre las múltiples aristas destacables de esta elección, está el reconocimiento implícito de que la política, en la mixtura entre sus formas más conservadoras y otras nuevas que tienen pie en las tecnologías de la información, sigue tan vigente como nunca. Los movimientos de este ballet tan humano que es el político fueron evidentes al observar cómo en pocas semanas se tejieron alianzas que resultaron exitosas, en cómo se volvió a apelar a los actos tradicionales para descontar una ventaja que ya parecía abrumadora, y en cómo unos y otros danzaron al son de esa música silenciosa pero siempre presente que hace que el destino nunca sea necesariamente obvio para ninguno de los protagonistas de la contienda.
Lo que parece que no estamos viendo en su dimensión real es que un nuevo presidente fue elegido en las urnas, que en pocas horas fue reconocido como vencedor por el presidente en ejercicio, y que al otro día fue recibido por éste. La foto de aquel desayuno entre Macri y Fernández, escueta en formas y tan solo orlada por un blanco bouquet de flores, es de una contundencia que excede el presente. Todo en el marco de una elección que no generó mayores inconvenientes. Valorar el proceso, independientemente de sus resultados. Máxime en un país que parece vivir en eterna tensión entre las coyunturas y las instituciones.
Por otro lado, y en gran parte por esto mismo, también se vuelve imprescindible señalar que Argentina ha dejado de ser un país de tercios, para convertirse en un país polarizado, que no necesariamente está, sin embargo, partido en dos mitades, sino que, tal vez, invita a las fuerzas políticas a ordenarse de una forma más previsible e institucionalizada, como sucede hace décadas en otras latitudes. Sin embargo, para que ello ocurra, unos y otros deben mostrar la madurez política que hasta ahora ha estado ausente en nuestros usos y costumbres. No es necesario discutir nuevas normas, sino coincidir en los cambios que la cultura de los partidos y de los políticos deben hacer.
Empezando por reformar un sistema electoral con boletas de papel del partido, sin la necesidad de discutir la boleta electrónica, pero llegando al menos a la boleta única papel para terminar con el problema de fiscalización e impresión de las mismas. Que los políticos sin necesidad de leyes que lo restrinjan pongan limites al nepotismo y a las reelecciones y pases de unos cargos a otros, serían señales que, en tiempos de marchas y movilizaciones por toda la región, darían una buena señal a la ciudadanía. La consigna sería escuchar, antes que sea tarde: en la plataforma de peticiones de Change.org, hay una solicitud sobre un “acuerdo social anticorrupción” que reza “es el momento de empezar a exigir al nuevo gobierno que asumirá el 10 de diciembre que se comprometa a acabar con la corrupción”, ya juntó más de 120.000 firmas en una semana. En la misma plataforma, más de 300 mil personas (si, 300.000) apoyaron la petición de ficha limpia: “Esta petición tiene por objeto solicitar a los legisladores, nacionales y provinciales, la aprobación de una ley que impida que cualquier persona que tenga condena confirmada por otro tribunal superior pueda ser candidata a cargos de elección popular”. El ciudadano descree de la democracia porque los políticos no son iguales a los ciudadanos. La distancia se ha ido agrandando a pasos agigantados. Tienen privilegios, como los nobles de la edad media. El problema no es jurídico sino político y atañe a nuestra creencia en la misma institucionalidad democrática. Esperamos que nuestros partidos y nuestros políticos estén a la altura que los tiempos exigen.
Constanza Mazzina es doctora en Ciencias Políticas. Mauricio Vázquez es magíster en Políticas Públicas
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