Braden, entre Hemingway y Perón

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Spruille Braden fue embajador de los Estados Unidos en Argentina entre el 21 de mayo y el 23 de septiembre de 1945, cuando regresó a Washington para suceder a Nelson Rockefeller como secretario asistente de Asuntos Latinoamericanos durante la presidencia del demócrata Harry Truman, quien había reemplazado a Franklin Roosevelt tras su muerte ocurrida en abril de 1945.

Hijo de un empresario acaudalado, el diplomático nacido en Montana en 1894 y fallecido en Los Angeles en 1978, heredó una importante suma de dinero en acciones de una empresa minera que tenía inversiones en Chile, y también poseía fuertes inversiones petroleras en el Chaco Paraguayo.

El propio Braden relata en sus memorias la tensa relación que mantuvo con el ex canciller argentino Carlos Saavedra Lamas, galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1936 por sus intervenciones para lograr el armisticio entre Paraguay y Bolivia como consecuencia de la guerra que ambos países disputaron entre septiembre de 1933 y junio de 1935.

El 1° de junio de 1945 el embajador Braden mantuvo su primera conversación personal con Juan Domingo Perón, quien por entonces se desempeñaba como vicepresidente de la Nación y ministro de Guerra del presidente de facto Edelmiro Farrell.

El diplomático informó sobre el contenido del intercambio, de 75 minutos de duración, al secretario de Estado Edward Stettinius. Destacó los esfuerzos que Perón había intentado hacer “en cuatro ocasiones distintas” para transmitirle “su absoluta falta de interés por la política”, manifestando que su cargo en el gobierno era de “emergencia”, remarcando enseguida, “sin hacer una declaración directa en ese sentido, que no sería candidato a la presidencia”.

El jefe de la misión diplomática en Buenos Aires mantuvo otros tres encuentros personales con el coronel Perón. El último tuvo lugar el 5 de julio de 1945 y terminó de manera intempestiva.

En su informe al Departamento de Estado, Braden escribió que la reunión de una hora de duración giró en torno a los dichos de Perón sobre la incapacidad del gobierno argentino para garantizar la seguridad de los periodistas norteamericanos acreditados en la Argentina. “Repitió que su gobierno era incapaz de brindar seguridades contra un ataque de un fanático de las provincias”.

Pocos días después Braden informó a Washington que había evidencias abundantes y convincentes de que “la campaña difamatoria en mi contra fue instigada, organizada y llevada a cabo por organizaciones del gobierno que operan bajo la supervisión directa de Perón”.

Estados Unidos e Inglaterra, juntos pero separados

En simultáneo a los sucesos ocurridos tras la jornada histórica del 17 de octubre de 1945 los gobiernos de Estados Unidos y de Inglaterra presentaban una visión estratégica muy diferente respecto a los intereses de ambos países sobre Argentina, que pocos meses antes, el 27 de marzo de ese año y tras muchas indecisiones políticas, le había declarado la guerra a Alemania y Japón.

Mientras que las administraciones de los presidentes demócratas Franklin Roosevelt y Harry Truman presionaban por cambios políticos en el escenario local, el premier laborista Clement Attlee intentaba mantener y acrecentar la vinculación comercial con Argentina en pos de satisfacer las urgencias sociales británicas tras el fin de la guerra.

El embajador inglés en Argentina David Kelly envió un cable a la cancillería de su país en julio de 1945 en el que, contradiciendo a su colega Spruille Braden, señalaba que "se acusa a Perón de ser nazi, fascista e incluso comunista; pero lo cierto es que la diferencia de opiniones respecto de la etiqueta que hay que adherirle es tan grande que por sí misma indica que ninguna resulta apropiada”.

La Cámara de Comercio Británica en Argentina había expresado durante los días del golpe de estado de junio de 1943 que "la vida económica argentina atravesó una sorprendente transformación, y que la producción fabril en ramas que anteriormente se consideraban ajenas en lo que que respecta a la esfera profesional del país se han desarrollado con sorprendente éxito”.

En ese mismo sentido, un año antes de la famosa jornada del 17 de octubre de 1945, la organización corporativa que nucleaba los intereses comerciales de la corona británica en nuestro país, afirmó que “al aproximarse la guerra a su quinto año de duración, la estructura económica argentina muestra una notable solidez y estabilidad”.

Lo que carecía de estabilidad era el sistema político argentino de entonces. Tanto desde el gobierno de los Estados Unidos como el de Inglaterra comenzaba a avizorarse un agotamiento del fraudulento orden conservador frente al lento pero firme crecimiento de una burguesía de perfil industrial, respaldada por amplios sectores de la clase obrera.

Sólo faltaba un líder político que interpretara una realidad política muy diferente a la presentada por la mayoría de los diarios de la época y, también, por los más destacados dirigentes políticos y empresarios que participaban en las numerosas tertulias sociales que semanalmente se realizaban desde principios del trascendente año 1945.

En este sentido fue el entonces secretario de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, Ernest Bevin, quien le propuso al embajador argentino en Londres Miguel Cárcano (un conservador de pura cepa) que adelantara las elecciones presidenciales.

Los comicios que finalmente se realizaron el 24 de febrero de 1946 llevaron a Juan Domingo Perón por primera vez a la Casa Rosada con el 52,84 por ciento de los votos contra el 42,87 por ciento obtenido por la Unión Democrática.

Cuando Hemingway engañó a Braden

Una de los aspectos menos conocidos en la vida política de Braden fue su relación con el escritor Ernest Hemingway. Tras haberse desempeñado al frente de la misión diplomática de los Estados Unidos en Colombia entre los años 1939 y 1942, Braden fue nombrado embajador en Cuba por Cordell Hull, el secretario de Estado del presidente Franklin Delano Roosevelt.

En diciembre de 1940 Ernest Hemingway junto a su tercera esposa, la corresponsal de guerra y escritora Martha Gellhorn, establecieron su hogar en Cuba tras adquirir la famosa Finca Vigía, ubicada a quince kilómetros al sur de La Habana.

La residencia donde Hemingway vivió hasta 1960 es actualmente un famoso museo que cuenta con más de 9 mil libros, folletos y papeles personales del gran escritor nacido en Illinois en 1899, y galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1954.

Durante sus días en Cuba Hemingway tuvo relación con el espionaje norteamericano a partir de sus actividades clandestinas con la Oficina de Inteligencia Naval (ONI), la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) y con el Federal Bureau of Investigations (FBI).

Además de su relación personal con Braden, cimentada en la común aversión de ambos al nazismo, los contactos de Hemingway eran el cónsul Kenneth Potter y el secretario político de la embajada, Robert P. Joyce, quien coordinaba las actividades de inteligencia para toda la isla gobernada entonces por Fulgencio Batista.

Las operaciones de inteligencia de Hemingway en favor del gobierno norteamericano dirigidas a la captura de espías nazis no solo fueron un fracaso, sino que, además, permitieron que los sabuesos del director del FBI, J. Edgar Hoover descubrieran que el afamado novelista era un doble agente también contratado por la NKVD, la agencia de espionaje de la Unión Soviética predecesora de la KGB.

Peronismo, eterno work in progress

Antonio Cafiero en el prólogo al libro Braden o Perón, escrito por Alieto Guadagni, expresa que el embajador norteamericano en Buenos Aires, Norman Armour, afirmó en 1944 que Perón decía haber sido señalado como “nazi por algunos y como comunista por otros". "No soy ni lo uno ni lo otro. Yo soy argentino, posiblemente nacionalista, pero no en el modelo europeo”, explicaba.

A 75 años de esos acontecimientos sigue siendo una tarea casi imposible encontrar la acepción correcta de “peronismo” en el diccionario político argentino y mundial.

Ernesto Sabato intentó cerrar la grieta abierta por Spruille Braden durante su paso por Buenos Aires cuando en 1958 sostuvo: "El problema del país hoy no es peronismo o antiperonismo, sino síntesis; pero la síntesis no se hace aniquilando a una de las tesis contrapuestas sino integrándola en la síntesis superior. Y para eso hay que comprenderla y hasta hay que admitirla con pasión. O hacemos síntesis o no tendremos Nación. Eso para mí es claro y trágico”.


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