(Nicolas Stulberg)
(Nicolas Stulberg)

Mauricio Macri y María Eugenia Vidal perdieron por paliza. El Presidente estaba tan atontado por la magnitud de la derrota que ni siquiera felicitó a los ganadores, Alberto Fernández y Cristina Fernández. Tampoco terminó de procesar por qué perdió. No debería tardar mucho: es la economía, los tarifazos, la estampida del dólar y la devaluación. 

Antes que ratificar el rumbo, debería haber dicho que se tiene que sumergir en una profunda autocrítica. Y no plantear la provocativa idea de que ahora le tocará a Alberto decir qué es lo que van a hacer con la economía. 

Para Macri y para Vidal, revertir semejante derrota parece prácticamente imposible. Solo un milagro podría dar vuelta semejante diferencia. 

Un párrafo aparte merecen los encuestadores y consultores que no la vieron venir ni de cerca ni de lejos. Es probable, quizá, que deban revisar sus sistemas de medición. La abrumadora mayoría de las encuestas le daba al Frente de Todos no más de 5 puntos de diferencia. Muy lejos de los 15 puntos que registran los datos oficiales a esta hora.

En efecto, como algunos suponían, había un voto subterráneo, un voto vergüenza, un voto no dicho a los encuestadores. Pero ese no fue el voto de Juntos por el Cambio. Fue un voto contra Juntos por el Cambio. Un voto a favor del Frente de Todos. 

Es una gran incógnita lo que puede pasar a partir de ahora. En los mercados. Con la justicia. Con las causas que pesan sobre Cristina y también las denuncias penales que hay contra Macri y a las que los jueces les van a empezar a prestar mayor atención. 

¿Qué hará Alberto a partir de ahora? ¿Intentará acelerar la transición para hacerse cargo antes de que el actual presidente termine el mandato? Hay unas elecciones generales el 25 de octubre y se deberían cumplimentar, si es que se quiere respetar a las instituciones. 

Ahora quedó claro que Jaime Durán Barba y Marcos Peña se equivocaron. Que la estrategia de la polarización no funcionó. 

Sería un error, también, que Alberto no cumpla con su promesa de no amenazar a nadie. De no vengarse de nadie. De terminar una grieta que él mismo, a veces, ayudó a fomentar. Tiene una tarea enorme. La tarea de controlar y contener a Cristina Fernández, su vicepresidenta, la mujer que aceptó dar un paso al costado para permitir la victoria del peronismo que nunca la terminó de aceptar.

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